13/11/2019
Análisis

El debilitamiento atlántico

Una parte fundamental del valor que representa Londres para los intereses políticos y económicos de Washington reside precisamente en su pertenencia a la Unión Europea

Peter Landelius - 11/03/2016 - Número 25
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La crisis abierta en la Unión Europea incluye factores como la demografía y otros generados por la amenaza del abandono británico. Sobre ambos reflexionaba Joseph Nye en una columna reciente en El País. Allí comparaba las fuerzas y debilidades de la Unión Europea con las de Estados Unidos y subrayaba el interés mutuo que tienen ambos en la fortaleza del otro. Una UE debilitada plantearía un problema a Washington y el profesor Nye no es el primero en recordarles a los británicos la importancia para ellos de que su país siga siendo miembro de la Unión. Pudo haber añadido que, hoy en día, gran parte del valor que representa Londres para los intereses políticos y económicos de Estados Unidos reside en esa pertenencia. 

Repetía John Foster Dulles, secretario de Estado estadounidense entre 1953 y 1959, que los estados no tienen amigos, solo intereses. Un asesor del primer ministro Tony Blair me lo dijo de manera muy parecida cuando le indagué sobre la visión europea de Gran Bretaña. Y Joseph Nye sostiene que la UE, pese a tener en muchos campos fuerzas comparables con las de EE.UU., en absoluto puede amenazarle. De ahí que Washington tema más una Europa débil, pues a ambos lados del Atlántico se comparten intereses políticos y económicos además de valores humanos y democráticos en mayor proporción que con otras regiones del mundo.

Las aventuras bélicas de George W. Bush han creado más problemas para Europa que para Estados Unidos

Coincido con los criterios expresados en el brillante artículo de mi antiguo profesor de la Universidad de Harvard, pero me hubiera gustado ver alguna reflexión sobre el papel que desempeñan Gran Bretaña y el propio Estados Unidos en los intentos de fortalecer o debilitar a la Unión Europea, más allá del problema del Brexit. Por la parte británica es visible su reticencia ante el proceso de integración entre los estados miembros y su afán por incorporar a nuevos socios y llevar la frontera de “Europa” hasta el interior de Asia. Esas dos ambiciones se complementan mutuamente, como hemos visto al aflorar los problemas y dificultades que la incorporación de nuevos países miembros plantea a los que ya formaban parte de la Unión. De modo que cuanto más se amplía la UE, menor es su grado de integración.

En el ámbito de la defensa, la posición de Londres ha coincidido en líneas generales con la de Washington. Por ejemplo, británicos y estadounidenses cuestionan la creación de capacidades militares europeas, alegando que sería redundante con la existencia de la OTAN.  Hace 25 años, muchos nos preguntábamos si la OTAN sobreviviría a la caída de la Unión Soviética. Pero dos acontecimientos disiparon de modo contundente las dudas. De una parte, la ineptitud diplomática y la debilidad militar de la UE hicieron necesaria una intervención norteamericana en los asuntos de la antigua Yugoslavia. De otra, la indignación máxima ante el ataque a las torres gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001 propició la ampliación de la OTAN hacia el este, iniciada ya en la presidencia de Clinton y potenciada bajo la de Bush Jr.,  que nos ha dejado unas guerras de las que todavía no vislumbramos ni fin ni finalidad.

A los europeos nos falta confianza en el valor de nuestro proyecto histórico y en nuestra capacidad de realizarlo

Sucede que las aventuras del presidente George W. Bush han creado más problemas para Europa que para Estados Unidos. Basta mirar el mapa para entender por qué. Bush dijo del presidente Putin: “Le miré a los ojos y le tengo confianza”. Pero el ruso ha mostrado su aventurerismo y sus intentos de restablecer las tablas de una guerra fría desprovista de sentido y cuya relación de fuerzas nunca fue tan equiparable como se pretendía (por motivos diferentes) en Moscú y Washington. De momento, los candidatos republicanos, por improbables que parezcan, ya se afanan en mostrarse dispuestos a pelear dondequiera que se los llame. Y sabemos que la tensión mutua trae ventajas a quienes pueden manejarla y crea problemas a quienes se queden en medio. De manera que si ayer Europa era el campo de batalla preparado, hoy es el puerto más cercano para millones de refugiados.

Para ser fuerte, Europa tiene que fortalecer su integración, y para tener una política exterior común necesita dotarse de una defensa común. ¿Aceptarían en Washington tener un aliado independiente? Espero que sí, porque de lo contrario tendrán un cliente cada vez más difícil y costoso, y de esos no le faltan en otras partes del mundo. Al mismo tiempo podrían conseguir mayor espacio económico para subsanar las crecientes lagunas de su propia economía, presentes y venideras.

No quiero decir que los estadounidenses y los británicos tengan la llave del futuro de Europa. Pero lo que a los europeos nos falta más que nada es la confianza en el valor de nuestro proyecto histórico y en nuestra capacidad de realizarlo. Lo que nos sobra es la mentalidad clientelista. Estamos acostumbrados a seguir la pauta de nuestros grandes amigos, incluso cuando se equivocan.