22/11/2019
Literatura

El reportaje que condenó a Azaña

Viaje a la aldea del crimen, la crónica de los sucesos de Casas Viejas de Sender, vuelve a las librerías en una nueva edición

Jaime G. Mora - 15/04/2016 - Número 29
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El reportaje que condenó a Azaña
Guardias de asalto en una calle de Casas Viejas, después de sofocar la revuelta anarquista. EFE / FOTOTECA NINES
Al grito de “¡No queremos más limosnas!” y “¡A labrarlo tó!” un grupo de sindicalistas asaltó en 1933 el cuartel de la Guardia Civil de Casas Viejas, una pedanía de Cádiz, y proclamó el comunismo libertario. “El sindicato es dueño del pueblo. Ha habido nesesidá de derramá sangre, pero ha sido al otro lao. Del nuestro, ná.” Creían formar parte de un levantamiento anarquista extendido por todo el país. En realidad se habían quedado solos.

El gobierno republicano-socialista, presidido por Manuel Azaña, envió a la guardia de asalto, que reprimió con rifles, ametralladoras y granadas el levantamiento. Murió una veintena de jornaleros. En la masacre de Casas Viejas —así se recuerda este episodio tan relevante en la historia reciente de España— comenzó la agonía del ejecutivo de Azaña, que solo duró unos meses más. Fue una de las primeras estocadas que recibió la Segunda República.

Ramón J. Sender (Huesca, 1901 - San Diego, 1982) viajó a Casas Viejas una semana después de la matanza como enviado especial del periódico La Libertad. Autor ya de varias novelas, Sender publicó 10 reportajes con 49 episodios sobre lo ocurrido los días 10, 11 y 12 de enero. Meses después, con el material que recopiló de las investigaciones judiciales y la comisión parlamentaria, los publicó en forma de libro en el volumen Casas Viejas, que en una nueva versión tituló Viaje a la aldea del crimen (Documental de Casas Viejas).

Libros del Asteroide reedita ahora, después de que lo hiciera Ediciones Vosa sin demasiado éxito en el año 2000, una obra esencial para entender la narrativa periodística en España. Como dice Eduardo del Campo en Maestros del periodismo (Los libros de fronterad, 2014), “este episodio de represión criminal de los pobres por uniformados al servicio de las clases dominantes se convirtió en un hito del siglo XX español gracias en parte al esfuerzo de Sender y otros por revelar lo ocurrido en esta lejana aldea del sur”.

La masacre de Casas Viejas fue una de las primeras estocadas que recibió la Segunda República

El libro comienza con las reflexiones del escritor oscense a bordo de un avión que le lleva hasta Sevilla. En un juego literario y nada periodístico, según los criterios actuales, Sender imagina que le gana unos días al tiempo para presenciar los hechos desde el principio, y se sitúa en las horas previas a la insurrección. Describe una aldea aislada, donde la democracia era “cosa de las tertulias de los diarios del corro”. El comunismo libertario, para los miembros de la CNT, consistía en cultivar 33.000 hectáreas de buena tierra y vivir de ellas. Describe una aldea donde sus habitantes estaban condenados a la miseria: “Hay un hambre que no es ya humana, ni ciudadana. Un hambre cetrina y rencorosa, de perro vagabundo”. Donde solo se puede comer una sopa de pan al día gracias al subsidio, a la limosna: “Aquí me tiene usté tó er día —le dice un joven a Sender—. Acurrucao en esta esquina. ¿Me dirá usté qué hago? Ganando el jorná”.

Un relato directo y crudo

Sender narra la revuelta desde la óptica de Seisdedos, un carbonero de 72 años al que señala como uno de los cabecillas. Seisdedos resistió durante horas el acoso brutal de las fuerzas de asalto, hasta que incendiaron su choza, donde se habían atrincherado los rebeldes. “Al olor de maderas quemadas sucedió el de la carne. El humo era más denso y apelmazado. Habían cesado los lamentos y los disparos”, escribe Sender. En el interior de la vivienda de Seisdedos murieron ocho personas. “En Numancia murieron los celtíberos sobre las hogueras. En Valladolid y Toledo, los herejes, también sobre ellas. El Seisdedos y los suyos murieron debajo.” Sofocada la resistencia de los pistoleros, los agentes, con “órdenes rigurosas y concretas de hacer un escarmiento”, salieron en busca de una decena de campesinos, tuvieran relación o no con los disturbios, para ejecutarlos sobre las cenizas de la casucha de Seisdedos.

Hasta aquí, Viaje a la aldea del crimen resiste esa aproximación al género del nuevo periodismo que le atribuye Antonio G. Maldonado en el prólogo del libro, 40 años antes de que Tom Wolfe pusiera nombre a esa forma de narrar. Siempre que se obvie el regreso al pasado que imagina Sender, claro, y el diálogo ficticio con una estatua prerromana colocada en una iglesia. Dos licencias que no restan agilidad al relato, directo y crudo, con diálogos muy bien elegidos. “¿Qué es una razzia? —se preguntan dos guardias cuando les obligan a sacar de sus casas a los supuestos rebeldes con la excusa de tomarles declaración—. Que hay que cargarse a María Santísima.”

Aunque acertó en la técnica narrativa, Sender se equivocó en la interpretación política, expresada en los últimos capítulos. Adscrito al anarcosindicalismo y al comunismo durante los años 30, culpó a la República del atraso en Andalucía y acusó a Azaña de ordenar los fusilamientos: “La fuerza pública, el Gobierno, el Parlamento y la República socialista asesinan a los campesinos de Casas Viejas y confirman su sumisión ante los feudales terratenientes andaluces”.

Consecuencias impredecibles

Las crónicas que publicó La Libertad llevaron el desánimo a la izquierda y dieron argumentos a la derecha contra un Azaña que defendía que en Casas Viejas no había ocurrido “sino lo que tenía que ocurrir” y pedía sin éxito no creer en “relatos más o menos realistas” como los de Sender. El gobierno cayó en septiembre. Pero Azaña no ordenó los asesinatos ni los conocía cuando compareció en el Parlamento, según confirmó Antonio G. Maldonado en la lectura de los diarios del exjefe de gobierno. Sin su prólogo es difícil entender el libro.

Narra la revuelta desde la óptica de Seisdedos, un carbonero de 72 años al que señala como uno de los cabecillas

Viaje a la aldea del crimen tuvo unas consecuencias que el autor no buscó, como el asesinato de su esposa, Amparo Barayón, en el 36, a quien mandó a Zamora con la esperanza de que su familia conservadora la protegiera de la Guerra Civil. Azaña murió en el exilio en Montauban. En esa ciudad francesa también se refugiaron algunos descendientes de Casas Viejas. Catalina Silva, nieta de Seisdedos, se encontró con Azaña poco antes de que el expresidente muriera. “Nunca olvidaré, nunca, lo que le oí susurrar aquella vez que me crucé con él: ‘Los muertos de Casas Viejas me persiguen’”, dijo a El Mundo. Ahora los dos están enterrados en el cementerio de Montauban a 100 metros de distancia.

Viaje a la aldea del crimen
Viaje a la aldea del crimen
Ramón J. Sender
Prólogo de Antonio G. Maldonado Libros del Asteroide,
Barcelona, 2016,
212 págs.