18/9/2019
Análisis

El secreto del panda. Apuntes de política de innovación para una nueva legislatura

Para impulsar el emprendimiento de base tecnológica no basta con esfuerzo individual, autoconfianza e incentivos fiscales: es necesaria una política pública completa y equilibrada de I+D

  • A
  • a
El secreto del panda. Apuntes de política de innovación para una nueva legislatura
Pruebas en un túnel de viento vertical de un traje espacial desarrollado en el Massachusetts Institute of Technology (MIT). Jim Oliva / Polaris / Contacto
Todos los años, como en una peregrinación religiosa, cientos de responsables políticos y gestores de todo el mundo viajan a Boston y a la bahía de San Francisco en busca de un secreto: el que ha convertido a estos dos lugares en centros mundiales del emprendimiento innovador. En ellos, algunas de las más prestigiosas universidades del mundo como Harvard, MIT o Stanford conviven con una febril actividad emprendedora e inversora que da lugar a numerosas empresas de base tecnológica. No todo el mundo sabe que Boston es uno de los centros neurálgicos de la biotecnología mundial, pero ¿quién no sabe que Silicon Valley es la cuna de la economía digital? Y, sobre todo, ¿quién no querría tener un Silicon Valley en su país?

Es posible que, en pocos meses, algún nuevo responsable de la política española de innovación caiga en esa tentación de peregrinar a EE.UU. en búsqueda del secreto —o alternativamente a Israel, la autoproclamada Start-Up Nation—. Si para entonces ha visto la tercera película de Kung Fu Panda, estrenada hace unas semanas en España, hará bien en volver la vista a la primera entrega de la saga en busca de algunos aprendizajes.

La película cuenta la historia de Po, un torpe oso panda que debe convertirse en el Guerrero del Dragón: aquel que, cumpliendo la leyenda, emerge para vencer a un temible enemigo y devolver la paz al valle. En la culminación de su entrenamiento, Po debe desvelar el secreto del Guerrero del Dragón que está oculto en un pergamino sagrado. Con sorpresa, descubre que el pergamino solo esconde un espejo, un truco para hacerle comprender que la clave está en sí mismo: confía en ti, busca la fuerza en tu interior.

Con un espejo no basta

Esta vieja enseñanza oriental es desde luego trasladable al mundo del emprendimiento —y en lo que aquí importa, al emprendimiento de base tecnológica—. El primer paso para que España sea un líder internacional en este terreno es que nuestros investigadores e innovadores crean en sí mismos, porque el primer cambio necesario es cultural y una de las políticas públicas prioritarias debe consistir en apoyar este proceso. “Así es en EE.UU. o en Israel”, le dirán algunos expertos al futuro ministro, “y no como en la vieja Europa”. Le enseñarán los estudios que muestran que Europa apenas tiene empresas líderes en innovación nacidas después de 1975 y le recordarán que la UE, y desde luego España, no cuenta con ninguna empresa de internet en el top mundial. Acertará si deduce que tenemos un problema nacional con la traducción de nuestro potencial científico en riqueza económica, pero se equivocará si considera que es un problema individual: que basta con poner un espejo delante de los potenciales emprendedores, de nuestros investigadores y egresados universitarios, y decirles: “Adelante, confía en ti, emprende”.

La financiación privada está en torno al 5-10% en muchas universidades de EE.UU.  y en el MIT no pasa del 17%

Se equivocará por dos razones. En primer lugar, porque nuestros jóvenes han cambiado y ya no tienen tanto miedo a fracasar como en el pasado: según el último informe del Global Entrepreneurship Monitor, el factor “miedo a fallar” pesa más en España que en EE.UU., pero es similar al de otros países europeos e inferior al de los israelíes. Y en segundo lugar, porque para que el emprendimiento de base tecnológica se generalice en torno a nuestras universidades y centros de I+D, hace falta mucho más que esfuerzo individual acompañado de incentivos fiscales: es necesaria una política pública completa y equilibrada de I+D y de innovación, lo que en la OCDE denominan un adecuado policy mix.

En este punto, conviene recordar que Po no comprendió el secreto del Guerrero del Dragón al verse reflejado en el pergamino, sino gracias su padre, un humilde ganso propietario de un popular restaurante conocido por su plato estrella: la sopa del ingrediente secreto. Una sopa que escondía el mismo truco que el pergamino y que, en contra de lo que pensaban sus clientes, no tenía ningún componente secreto, sino una equilibrada combinación de los ingredientes tradicionales. Un adecuado policy mix.

Asumamos por tanto que necesitamos una receta equilibrada, que no se trata de encontrar el ingrediente secreto que falta en España. Comprendamos también que no es posible elaborar nuestra sopa con los mismos ingredientes que en el país de origen: que no podemos copiar y pegar las soluciones de otros. Y construyamos sobre todo aquello que ya funciona y que estamos haciendo bien; porque no hay que reinventar la rueda pero, sobre todo, porque al hacerlo nos reconocemos como un país que, pese a todo, ha avanzado mucho en ciencia y en innovación en las últimas tres décadas: las que van de los años de la Ley de Ciencia de 1986, que marca el arranque de nuestra política moderna de investigación, a los años de la vigente Ley de Ciencia e Innovación de 2011, que lo hace en el campo de la innovación. Tres de los ingredientes más importantes, aunque no los únicos, son la financiación, la profesionalización y la estabilidad.

Financiar la excelencia

Dentro de la financiación, el mundo de la innovación debe asumir una premisa: la necesidad de invertir en investigación de excelencia. Como recuerda la propia OCDE en su “Estrategia de innovación 2015”, el conocimiento de frontera es imprescindible en el crecimiento de la productividad a largo plazo y muchas de las innovaciones más disruptivas de hoy se apoyan en investigación fundamental realizada hace años. La política de I+D europea —y afortunadamente cada vez más la española— camina hacia la solución de grandes retos sociales, pero otorgando un espacio de libertad a la investigación basada en la curiosidad. Porque la clave de una correcta transferencia de conocimiento entre centros de investigación y sector privado no es que todos los científicos orienten su investigación a objetivos de corto plazo, sino que en los centros de I+D convivan, bajo el mismo techo, la ciencia de frontera y la colaboración con el sector privado.

Decenas de centros de I+D y departamentos universitarios españoles han comenzado ya ese camino, empezando por los mejores: los que ostentan desde 2011 el distintivo de excelencia Severo Ochoa. Ellos rompen cada día el mito de que no es posible compaginar excelencia y trasferencia, y reclaman una mejora de la financiación pública tras cuatro años muy duros. Su objetivo: competir en condiciones menos desiguales con sus homólogos de todo el mundo, incluidas las mejores universidades de EE.UU. Y es que, si algún futuro responsable de la política española de innovación decide visitarlas, podrá romper otro mito: el que afirma que la financiación de su I+D proviene, fundamentalmente, del sector privado. No es así. Su origen mayoritario son las agencias federales. La financiación privada está en torno al 5-10% en muchas universidades y en el MIT, pese a su ADN innovador, no pasa del 17%. Una proporción muy parecida a la que tiene el Instituto de Ciencias Fotónicas (ICFO) de Barcelona, una de nuestras joyas de la corona.

La apuesta por incrementar la inversión se debe extender, en lo público y en lo privado, a la innovación empresarial, cuidando especialmente a las nuevas empresas de base tecnológica. Las start-ups tienen necesidades muy particulares y tienen que hacer malabares para encadenar, en su crecimiento, la financiación pública, la del capital riesgo y la bancaria. Este ha sido históricamente uno de nuestros talones de Aquiles, aunque aquí también hemos mejorado. El lanzamiento del programa INNVIERTE por CDTI en 2011 o los créditos fiscales de la Ley de Emprendedores de 2013 son buenas noticias. Lo es también el creciente interés del capital riesgo por las empresas tecnológicas españolas, como explicaba Pilar Blázquez en este medio el pasado mes de febrero. Un interés que también ha sido respaldado desde el lado público, con los 1.500 millones de euros de FONDICO global, lanzado por el ICO hace tres años.

Dicho esto, seguimos teniendo un déficit crónico en el apoyo a los procesos de transferencia de tecnología, a esas iniciativas de alto riesgo que en muchos casos son todavía proyectos de I+D, ni siquiera empresas, y que necesitan un tipo particular de recursos y servicios muy especializados que nuestro sistema público de I+D, salvo excepciones, no consigue ofrecer.

Promover la transferencia

Esto nos lleva al segundo de los ingredientes: la profesionalización de la transferencia de tecnología. Paradójicamente, aunque España cuenta hoy con una generación de expertos en transferencia de tecnología de la que carecía hace pocos años, la mayoría de universidades, hospitales y centros de I+D no tiene estructuras suficientemente profesionales en este terreno —la mayoría de las Oficinas de Transferencia de Resultados de Investigación (OTRI) están más orientadas a gestionar la investigación bajo contrato que a promover sistemáticamente la valorización y la transferencia—. Nuestro sistema público tiene el reto de homologarse con modelos habituales en los países nórdicos, Alemania o Reino Unido, cuyas universidades cuentan con estructuras privadas pero de titularidad pública, dedicadas exclusivamente a promover la transferencia: verdaderas sociedades comercializadoras de la I+D capaces de retener mayor valor económico para los centros públicos en su relación con el sector privado. Hay que reconocer el esfuerzo de algunas instituciones por la puesta en marcha de programas específicos en esta línea, como es el caso de la Agencia Gallega de Innovación o de la Universidad Politécnica de Valencia, pero nos quedamos muy cortos en capacidades. Entre los casos recientes de éxito, dentro del terreno de la investigación biomédica, cabe citar la apuesta del Instituto de Salud Carlos III con su iniciativa FIPSE. Un modelo original que necesitará estabilidad en los próximos años para consolidarse.

Estabilidad y perseverancia

Y con ello llegamos, precisamente, al último elemento: la estabilidad. Una de nuestras principales debilidades. Por un lado, la estabilidad en ciertas políticas que requieren años para consolidarse y dar frutos y que, en algunos casos, superan el ciclo de una legislatura. Es el caso, por citar un ejemplo, de la Compra Pública Innovadora —el uso de la demanda pública para dar oportunidades a las empresas de introducir nuevos productos y servicios, usando a la Administración como primer cliente de referencia—. Lanzada en 2010, el mantenimiento de los equipos pese al cambio de gobierno y la perseverancia nos han colocado en una buena posición relativa dentro de la UE en una política emergente que es compleja por definición.

En los últimos 20 años, la arquitectura institucional pública de la función de I+D ha cambiado 6 veces

Y por otro lado, estabilidad administrativa. En los últimos 20 años, la arquitectura institucional de la función de I+D de la Administración General del Estado ha cambiado seis veces, todo un récord internacional. Cada nuevo gobierno de España ha retocado la estructura ministerial responsable de las políticas de ciencia y de innovación, en muchos casos en profundidad. Esto es algo infrecuente en otros departamentos de la Administración e inimaginable en otros países de nuestro entorno, más partidarios del viejo lema estadounidense: “Si no está roto, no lo arregles”. En política de ciencia e innovación, arreglar lo que no funciona requiere reformas normativas y programas inteligentes, pero no necesariamente cambios en la Administración. Con una excepción: la creación de la nueva Agencia Estatal de Investigación, que no es —y no debería ser— una mera reorganización dentro del ministerio competente, sino un paso imprescindible en la homologación internacional de la gestión de la financiación de la I+D. Su puesta en marcha es otra buena noticia, aunque el momento de hacerlo, con el Gobierno en funciones, no haya sido el más oportuno para tomar ciertas decisiones estratégicas y abordar los costes organizativos de la transición.

Financiación generosa, articulada mediante instrumentos —de oferta, de demanda y fiscales— adaptados a las nuevas necesidades de la cooperación público-privada; profesionalización de los equipos gestores públicos y privados y, sobre todo, de los que trabajan en la interfaz; estabilidad en las inversiones públicas, en los programas que funcionan y en la arquitectura administrativa. Son tres ingredientes imprescindibles para que las políticas de ciencia e innovación funcionen, tanto en el plano nacional como en el autonómico. Recordemos la lección de Kung Fu Panda: aquí no hay ingredientes secretos ni claves escritas en pergaminos legendarios. El único secreto, si acaso, es confiar en nuestras capacidades colectivas como país para que estas políticas tengan la capacidad transformadora que España necesita.