30/11/2020
Arte

El valor de la ruina en el primer franquismo

Belchite, el Alcázar de Toledo o la Ciudad Universitaria fueron utilizados por el régimen para su legitimación política

Zira Box - 22/04/2016 - Número 30
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El valor de la ruina en el primer franquismo
DESTRUCCIÓN. Ruinas de Eibar (Guipúzcoa). Indalecio Ojanguren / Ministerio de Educación, Cultura y Deporte / Archivo General de la Administración
No hay prueba de civilización que no sea al mismo tiempo una prueba de barbarie”, escribió el filósofo alemán Walter Benjamin durante los años de entreguerras. La aseveración, unida a la tragedia de su propia vida, pareció sintetizar buena parte del significado del pasado siglo XX, una centuria en la que las democracias cayeron tras el implacable ascenso del fascismo y en la que las sucesivas contiendas mostraron que el progreso también servía para producir la muerte a gran escala.

Puede que pocas cosas ejemplifiquen mejor la intuición de Benjamin como las ruinas de las guerras. Confirmaciones de la violencia y del terror, contienen, simultáneamente, el recuerdo y la fuerza de aquello que ha sido destruido. También en esto el s. XX impuso su novedad. Si en el s. XIX, tal y como ha recordado Stéphane Michonneau, las ruinas sirvieron para identificar los remotos orígenes de las naciones en tanto que pruebas históricas del pasado esplendor, en el siglo posterior pareció inventarse el valor específico de la ruina como testimonio de los enfrentamientos bélicos que las originaron. Estas se convirtieron, así, en instrumentos políticos, en muestras de la barbarie del enemigo y del heroico sufrimiento de las víctimas, en innegables utillajes propagandísticos.

En España, el franquismo también supo utilizar con eficacia la devastación ocasionada por la Guerra Civil para su propia legitimación política. Señalando algunos lugares especialmente destacados como escenarios de la encarnizada violencia republicana y del martirio del bando sublevado, el nuevo régimen los invistió con un fuerte carácter simbólico y adoctrinador. Así ocurrió con el Alcázar de Toledo, probablemente uno de los episodios más mitificados y utilizados por el régimen a la hora de narrar la supuesta valentía del ejército del general Moscardó, sitiado por las tropas republicanas en el mismo verano de 1936. Sus ruinas se convirtieron, consecuentemente, en un exitoso ejemplo del coraje franquista, como escribiría en el órgano oficial de la Dirección General de Regiones Devastadas, la revista Reconstrucción, Joaquín de Arrarás en febrero de 1941. En ellas se podían “contemplar las cumbres del valor y medir los abismos de la abyección”, proseguía el periodista; se podía “admirar el prodigio del heroísmo y comprender la crueldad de los sitiadores”.

Si el Alcázar fue la ruina heroica por excelencia, el símbolo del horror y de la brutalidad de la guerra lo constituyó el pueblo aragonés de Belchite, escenario de uno de los más cruentos episodios de la contienda ocurrido a principios de 1938. La decisión de mantener las ruinas “como precioso monumento y santuario de patriotismo para las generaciones venideras” se tomó apenas dos meses después de la entrada del ejército franquista en el pueblo. Junto al escenario devastado de la vieja población se decretó la construcción del nuevo Belchite, espectacular contraste con el que acentuar la ferocidad del enemigo frente al esfuerzo reconstructor del nuevo Estado. Lo explicitaba Pedro Gómez Aparicio en abril de 1940 en un extracto: “Junto a los escombros, la reconstrucción; junto al montón de ruinas que sembró el marxismo como huella inequívoca de su fugaz paso, el monumento alegre de la paz que la España de Franco edifica. Símbolos de dos épocas y dos sistemas, los dos Belchites hablan, con el lenguaje mudo de sus escombros y de sus blancas piedras, de barbarie y cultura, de miseria y de Imperio, de materia y de espíritu, de la Anti-España sojuzgada y la España vencedora y eterna”.

Muerte y resurrección

Aparte de la dimensión educadora y propagandística de las ruinas, cabe destacar un último uso de las mismas, en este caso, el que hizo la Falange a partir de su concepción mística de la violencia. Así, para los fascistas españoles, la violenta destrucción inherente a las ruinas servía para enfatizar el discurso sobre la necesaria muerte y resurrección de la nación, porque solo muriendo —repetirían incansablemente desde su pleno convencimiento de la palingenesis de la patria— la “Nueva España soñada, henchida de imperio y esplendor”, podría volver a nacer de nuevo. “Así nos unimos definitivamente a los muertos, y los resucitamos con nuestra muerte”, escribía Agustín de Foxá en abril de 1937 en el primer número de la revistas Vértice. “Con la alegre primavera de la Falange ya viene el deshielo de las vitrinas. Ya corren en manantial vivo los cálices y las espadas, congelados antaño en medio de una raza morena con los ojos entornados.” Así es como querían los fascistas a España, proseguía Foxá, “con la fe intacta aunque ardan todas sus iglesias románicas, con la sangre heroica aunque se derrumben todos sus alcázares”. Porque habían conocido el dolor, concluía el escritor, sabían ya de la hermosura de la ruina.

A los enclaves aludidos se fueron sumando otros: el Cerro de los Ángeles, Santa María de la Cabeza o la significativa Ciudad Universitaria de Madrid se concibieron, también, como ruinas expresivas de los mensajes que la dictadura utilizó para su asentamiento en los puestos de mando. Más de 40 años después de su desaparición, no puede dejar de sorprender que un régimen inequívocamente legítimo como la democracia constitucional que le sucedió siga sin decidirse aún por cuál es la mejor manera de hacer frente a las ruinas legadas por un sistema dictatorial que fue tan hábil a la hora de aprovechar las cenizas devastadas desde las que emergió para llegar y consolidarse en el poder.