20/11/2019
Ciencia

Esa música azul

El fenómeno de la sinestesia, cuya base neurológica está por determinar, enriquece y amplifica la percepción del entorno y por eso se relaciona con actividades creativas

Toni Pou - 17/06/2016 - Número 38
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Esa música azul
diego quijano
A negra, E blanca, I roja, U verde, O azul: vocales.” Con este verso empezaba el precoz poeta francés Arthur Rimbaud (Charleville-Mézières, 1854) un soneto que desde su publicación en 1883 ha generado una hermenéutica larga y compleja. Además de las interpretaciones místicas u ocultistas, muchos críticos lo han visto siempre como una ilustración de las relaciones entre sentidos que otro poeta maldito, Charles Baudelaire, sugería en otro soneto. Según Baudelaire, los olores, los sonidos, los colores, las texturas y los sabores están relacionados de maneras que solo puede desvelar la verdadera poesía. Escribía en el poema “Correspondencias” que un perfume puede ser tierno como la carne de un niño, dulce como un oboe o verde como un prado inefable. Estos poemas hicieron sospechar a algunos críticos que tanto Rimbaud como Baudelaire no estaban expresando una mera asociación de ideas, sino que experimentaban realmente estas conexiones entre estímulos correspondientes a un sentido y respuestas sensoriales correspondientes a otro distinto. En el caso de Rimbaud, por ejemplo, se puede interpretar que cuando veía u oía la vocal u se disparaba en su cerebro la misma respuesta que cuando veía algo de color verde. Sin embargo, para disgusto de los autores de tales interpretaciones, Rimbaud confesó en una carta que simplemente se había inventado los colores de las vocales.

Aunque el caso de Rimbaud no fuera real, el fenómeno existe. Hay personas que, por ejemplo, cuando oyen cierto tipo de sonido experimentan, además de la respuesta cerebral de tipo auditivo, una respuesta parecida a la que se produce cuando se ve un color. En otros casos, sucede lo mismo cuando en lugar de un sonido se ve una letra, un número o una palabra entera. Esta percepción simultánea de dos realidades sensoriales en respuesta a un solo estímulo se conoce como sinestesia y fue descrita por primera vez en 1812 por el médico austriaco Georg Tobias Ludwig Sachs, que era albino y además tenía sinestesia.

Fue descrita por primera vez en 1812 por el médico austríaco Georg Tobias Ludwig Sachs, sinestésico

Doscientos años después de la primera aproximación científica al fenómeno, está bastante claro que ni Rimbaud ni Baudelaire eran sinestésicos. Quien parece que sí lo era, en cambio, era el escritor apasionado de las mariposas y el ajedrez Vladimir Nabokov (San Petersburgo, 1899 - Montreux, 1977). En su extraordinario Habla, memoria —una autobiografía revisitada— (Angrama, 2006), Nabokov explica que para él la letra a evocaba el ébano pulido, la e y la i correspondían a dos tipos de amarillo, la o era un espejo de mano con reverso de marfil y la u, un tono de latón con reflejos de oliva. Esta asociación tan precisa no obedecía a ningún truco o engaño literario, como se podría sospechar en Nabokov. Los neurocientíficos que han estudiado el caso están bastante seguros de que respondía a una sinestesia real.

Una persona, una sinestesia

Los colores que Rimbaud asoció falsamente a las letras solo coinciden con la sinestesia de Nabokov en el caso de la a. Si se comparan las percepciones de sinestésicos reales también se observa que cada uno experimenta sensaciones distintas ante el mismo estímulo. Helena Melero, una joven neurocientífica que trabaja en la Universidad Rey Juan Carlos, solo coincide con Nabokov en la letra i y tal vez en la o. Para ella la a es roja; la e, verde; la o, blanca y la u es de un lila grisáceo. El caso de Melero es especialmente interesante porque a pesar de haber vivido siempre con la sinestesia, descubrió que su condición tenía nombre y era excepcional cuando cursaba estudios de psicología en la universidad. Para una de las materias le encargaron un trabajo sobre la palabra sinestesia y cuando empezó a documentarse descubrió la peculiaridad de su percepción. Desde ese momento, Melero se ha dedicado a estudiar el fenómeno y ha escrito una tesis doctoral en la que lo analiza desde un punto de vista neurocientífico. Antes de este encargo universitario, Melero era muy aficionada a la lectura y conocía la figura retórica de la sinestesia, que muchos autores han utilizado para enriquecer su estilo: desde el popular “verde chillón”, los “melodiosos oros” y la “caricia rosa” de Juan Ramón Jiménez hasta el “sonoro marfil” de Rubén Darío, pasando por el sabor azul del agua después de comer alcachofas de Ramón Gómez de la Serna. Lo que no había sospechado nunca Melero, hasta que empezó a documentarse para el trabajo, era que su percepción de la música en colores, por ejemplo, fuera algo tan poco habitual. Porque Melero, además de ver colores asociados a las letras, experimenta varios tipos más de sinestesia: ve colores distintos cuando sufre ciertos tipos de dolor, cuando escucha sonidos o música, cuando ve o piensa en ciertas personas e incluso cuando se mueve o baila. “También veo las palabras escritas mientras me hablan, lo cual resulta muy útil a la hora de aprender idiomas”, añade con cierto toque de humor.

Para las personas no sinestésicas, que son la gran mayoría, es prácticamente imposible imaginar la experiencia. “Aunque muchas veces se ha descrito así, la sinestesia no es una mezcla de sentidos —explica Melero— sino más bien la experiencia simultánea de dos respuestas sensoriales asociadas a estímulos distintos.” La sinestesia es, pues, una condición que enriquece y amplifica la percepción del entorno. No se trata de una patología, como se pensaba en siglos anteriores, sino que es una condición neurológica que se estima que afecta al menos a un 4% de la población. Sin embargo, algunos estudios han encontrado porcentajes mayores. Un estudio de la propia Helena Melero, realizado en el año 2014 con 803 participantes españoles, indica que un 14% de la muestra estudiada experimentaba algún tipo de sinestesia. Otros estudios a nivel internacional han encontrado porcentajes que se elevan hasta el 22%.

Es una condición neurológica que se estima que afecta al menos a un 4% de la población

Los numerosos estudios que se han realizado ya sobre este fenómeno han permitido caracterizar cerca de 80 tipos distintos de sinestesia. Entre estas tipologías, se dan algunos casos especialmente curiosos. Hay gente, por ejemplo, en cuyo cerebro, cuando percibe ciertos olores, se dispara una respuesta correspondiente a una textura. Otras personas experimentan lo que se llama sinestesia tacto-espejo, que consiste en una empatía literalmente física. Cuando estas personas ven que alguien sufre dolor, sienten dolor real. No se trata de una mera identificación, como cuando se ve que alguien sufre un accidente aparatoso y se experimenta una aprensión más o menos intensa. Mediante técnicas de neuroimagen, se ha comprobado que los sinestésicos tacto-espejo sufren físicamente el mismo dolor que observan. Otro caso curioso de sinestesia consiste en sentir una sensación desagradable cuando se mira hacia el norte, cosa que permite orientarse con facilidad. Los tipos de sinestesia más frecuentes son los denominados grafema-color, que asocian colores a letras y números, y los que se conocen como sonido-color, en los cuales los estímulos sonoros despiertan respuestas asociadas a colores.

Bases neurológicas

A pesar de la existencia de este amplio y detallado catálogo, se sabe poco de las bases neurológicas del fenómeno. Algunos estudios basados en escáneres cerebrales han encontrado peculiaridades anatómicas en los cerebros de personas con sinestesia. Más concretamente, los neurocientíficos han observado que los cerebros sinestésicos tienen mayor volumen de sustancia gris —asociada a procesos como la percepción sensorial, la memoria, las emociones, el habla, el autocontrol y la toma de decisiones— y mayor volumen de sustancia blanca —el tejido encargado de transmitir información entre distintas partes del cerebro—. También han encontrado un mayor grado de conexiones cerebrales en las regiones encargadas de la atención, la percepción sensorial y el procesado de las emociones. De todas maneras, no todos estos estudios han obtenido exactamente los mismos resultados, y además, en la mayoría de ellos se han estudiado sinestesias de los tipos grafema-color y sonido-color, dejando fuera muchos otros. Aunque estos resultados pueden indicar algunas características sobre la base neurológica del fenómeno, todavía estamos lejos de comprender con detalle todos los procesos que intervienen en la sinestesia.

Tiene una base genética compleja y poco localizada, es decir, no se puede hablar del “gen de la sinestesia”

Lo mismo sucede con las causas. En este sentido, una de las hipótesis que ha recibido mayor atención en los últimos 15 años defiende que la sinestesia se origina como consecuencia de una evolución peculiar del cerebro desde los primeros meses de vida. Según esta hipótesis, en esa época todos somos sinestésicos, es decir, ante estímulos correspondientes a un sentido, el cerebro recién nacido genera respuestas asociadas a varios sentidos. La sinestesia, en este caso, se podría producir por el exceso natural de conexiones neuronales que existe durante esta fase del desarrollo. A medida que va pasando el tiempo, el número de conexiones se reduce porque las neuronas van muriendo mediante el proceso conocido como apoptosis. También conocido como muerte celular programada, este proceso es un mecanismo biológico que evita la proliferación incontrolada de células como la que se produce en un cáncer. Según esta propuesta, en un cerebro no sinestésico la apoptosis reduciría las conexiones neuronales de manera que la respuesta a un solo estímulo sensorial acabaría siendo única. Por el contrario, en los cerebros sinestésicos la apoptosis no se produciría con tanta intensidad y permitiría la supervivencia hasta la edad adulta de algunas de las conexiones que generan varias respuestas a un estímulo concreto. Esta hipótesis sobre las causas de la sinestesia es apoyada fundamentalmente por investigadores de Toronto y California, pero todavía no tiene suficiente respaldo experimental como para afirmar que se trata de la causa real del fenómeno.

Genética y creatividad

Si los neurocientíficos tienen claro que la sinestesia de Nabokov era real es porque, entre otras cosas, tanto la madre del autor como su hijo Dmitri eran también sinestésicos. Hoy se sabe, efectivamente, que la sinestesia tiene una base genética. Es habitual encontrar varios sinestésicos en la misma familia. Sin embargo, hasta la fecha solo se han publicado dos estudios que indaguen en la base genética de la sinestesia. Los resultados indican que la base genética del fenómeno es compleja y poco localizada. No se puede hablar, pues, del “gen de la sinestesia”. Así que, también desde este punto de vista, sigue siendo un fenómeno en gran medida desconocido.

La sinestesia siempre se ha asociado con la creatividad y la práctica artística. Las personas sinestésicas perciben el mundo de una forma más rica y compleja. Este aumento de la percepción provoca más respuestas cerebrales, más intensidad emocional y, por lo tanto, más capacidad de generar asociaciones entre conceptos, experiencias o sensaciones. Desde un punto de vista intuitivo no resulta difícil llegar a la conclusión de que la sinestesia favorece la creatividad. Sin embargo, cuando se estudia la relación entre sinestesia y creatividad desde un punto de vista científico, no todo es tan sencillo. En primer lugar, no se dispone de una definición cerrada del concepto de creatividad, de manera que por el momento solo se han llevado a cabo estudios de tipo cualitativo. Los resultados muestran, efectivamente, una correlación entre sinestesia y lo que mayoritaria y cualitativamente se entiende por creatividad. También se han encontrado correlaciones entre sinestesia y mayor inteligencia, y entre sinestesia y mejor memoria. Esta última correlación se explica por el hecho de que las percepciones más vívidas —y las de las personas sinestésicas lo son— son más fáciles de recuperar en forma de recuerdo.

A la luz de estos resultados, no es sorprendente que muchos sinestésicos desarrollen carreras relacionadas con la música, la pintura o la literatura. Muchos de ellos se dedican también a la ciencia, una actividad que, aunque no lo parezca, es también muy creativa. En este sentido, conviene recordar que el genio sinestésico de Nabokov ya se dio cuenta de que las fuentes del placer auténticamente humano son el arte y la ciencia, porque ambos aportan la medida adecuada de estímulo intelectual y emocional.

Muchos sinestésicos desarrollan carreras relacionadas con la música, la pintura, la literatura o la ciencia

Helena Melero pertenece a los sinestésicos que se dedican a la ciencia, pero las manifestaciones artísticas como la música también forman parte importante de su vida. “La sinestesia es algo maravilloso —explica—. Me permite vivir la vida más intensamente, sobretodo la experiencia musical.” Además de trabajar en el Laboratorio de Análisis de Imagen Médica y Biometría de la Universidad Rey Juan Carlos, donde actualmente investiga la sinestesia que dispara respuestas de color y textura a partir de estímulos olfativos, a Melero le gusta tocar la guitarra y el piano. Gracias a su condición, cuando escucha, interpreta o compone canciones no puede separar la experiencia sonora de los colores que dispara la música en su cerebro, de manera que su forma de vivir la música es, efectivamente, más rica que la de la mayoría.

Lo que le pasa a Melero no es nuevo. Una de las anécdotas más hilarantes de la historia de la música en las cuales interviene la sinestesia la protagonizó el pianista, compositor romántico y sinestésico Franz Liszt. Cuando empezó su carrera como director de orquesta en Weimar, durante un ensayo en 1842, Liszt dirigía con intensidad a unos músicos cuando percibió que algo en la música empezaba a desajustarse. Viendo que mediante gestos no podía corregir el desajuste, Liszt exclamó: “Por favor, caballeros, ¡un poco más azul! ¡Este tono lo necesita!”.

Sinestesia tecnológica

Toni Pou
El londinense Neil Harbisson nació con acromatopsia, una alteración genética que impide la visión de los colores, de manera que ha vivido y vivirá siempre en un mundo en blanco y negro. Después de una infancia desconcertante durante la cual fue tomado por un daltónico desmemoriado, se instaló una cámara en la frente, el eyeborg, que ha ido evolucionando hasta un sistema que no solo capta la luz visible sino también la luz infrarroja y ultravioleta. El dispositivo transforma la luz que recibe en un impulso sonoro aplicado directamente sobre el cráneo, que se transmite al oído interno sin pasar por el externo. La experiencia de Harbisson, por lo tanto, se puede calificar de sinestesia porque a parte de ver los colores, aunque solo sea en blanco y negro, es capaz de oírlos. Los oye, además, de manera distinta a como percibe el resto de sonidos. “Los primeros días de llevar el eyeborg mi cerebro recibía demasiada información y tenía unos dolores de cabeza terribles”, explica Harbisson. Superado el periodo de aclimatación y habiendo perfeccionado el dispositivo, hoy no solo es capaz de oír y distinguir cerca de 400 colores, sino que ha experimentado una especie de fusión entre el cerebro y el software que gobierna la traducción de luz a sonido. Cuando lee, se imagina los sonidos asociados a los colores de los objetos descritos; el olor de una naranja o una mandarina lo remiten al fa sostenido, y cuando en un sueño mira el cielo oye un do sostenido. En su casa pintó la nevera de color violeta porque el zumbido que emitía se correspondía con este color, y el suelo de color rojo porque se trata del sonido más grave, más bajo, de la luz visible. A Harbisson le gusta especialmente el sonido de la berenjena, que es agudo y juguetón. Su plato preferido son las ensaladas, por la variedad de sonidos que emiten. A veces, música que no ha escuchado nunca le recuerda directamente objetos que ha visto o personas que ha conocido. Le gusta Mozart porque utiliza siempre todos los colores de la octava. Adora la música oriental y contemporánea por la presencia de microtonos que, para él, amplían drásticamente la paleta de colores de la canción. En general, le gustan los pintores Rothko, Miró, Van Gogh y Warhol, porque son fáciles de escuchar. El grito de Munch le provoca angustia por el exceso de microtonos que contiene. Pollock, cacofónico, lo aterra. Las noches, con o sin luna, son silencio para él. El brillo del sol también. Las puestas de sol, los desiertos y las montañas le resultan monótonas y aburridas. Los supermercados, en cambio, ricos en colorines, lo estimulan. Son su paisaje preferido.

Neil Harbisson. robotsia



Junto a la coreógrafa Moon Ribas, Harbisson creó en 2010 la Cyborg Foundation, con el objetivo de ayudar a la gente a ampliar sus sentidos mediante la aplicación de dispositivos cibernéticos en el organismo y convertirse en cíborgs, es decir, en un organismo modificado con dispositivos electrónicos (el propio Harbisson es la primera persona reconocida oficialmente como cíborg por un gobierno). Desde entonces, la fundación ha recibido centenares de correos electrónicos de gente interesada en convertirse en cíborg. Harbisson ha constatado que la mayoría de gente de más de 25 años que lo pide se acaba echando atrás. “Solo he detectado una determinación sin fisuras en los jóvenes de entre 12 y 15 años —explica—. Se trata de gente que en su casa es capaz de construir robots sofisticados, a quien no resultaría difícil construir un eyeborg o, por ejemplo, unos pendientes que vibran cuando detectan movimiento.

Todos ellos —concluye— ven con gran claridad que el próximo paso o la próxima revolución es integrar la tecnología en el cuerpo.”
Si, tal como pronostica, esta revolución se produce, la ampliación de los sentidos que conlleva la integración de tecnología en el organismo probablemente inaugure una nueva época en la historia del arte. Una época en la que el tamiz por el que pasa la realidad será menos delimitado y la experiencia del mundo que acaba convertida en arte será más abundante y compleja.