18/6/2019
Opinión

España: de ‘Borgen’ a Borges

Podría argüirse que un entendimiento entre el PP y el PSOE representaría el auténtico final de la Transición

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España: de ‘Borgen’ a Borges
MIKEL JASO

Aunque nos hemos ido acostumbrando a interpretar la realidad a través de las series televisivas, hubo un tiempo en que hablábamos de cine o literatura. Y me parece que podemos recurrir otra vez a esta última para explicar la endiablada situación en que se encuentra la política española, que se resume en la endiablada situación en que las urnas han situado al PSOE codirigido por Pedro Sánchez y sus barones territoriales. Si la referencia favorita de la izquierda agonista es la predemocrática Juego de tronos, el reformismo multiconfesional apuesta por Borgen, la serie danesa que nos cuenta las peripecias de una primera ministra centrista en un sistema político habituado a las coaliciones formales de gobierno derivadas de parlamentos fragmentados sin mayorías fuertes. Sucede que los actores políticos de Borgen forman ya parte de una cultura deliberativa y negociadora donde el deseo de poder no es el único factor en juego: si un partido no es capaz de influir en las políticas públicas, terminará por abandonar una coalición. Nosotros no hemos llegado todavía a esa temporada, sin por ello habitar un mundo de conspiraciones asesinas tramadas en pleno bosque. En realidad, el dilema al que se enfrenta el PSOE es de otra naturaleza y diría que una metáfora borgiana lo ilustra mejor.
 

Hay una oportunidad única para desactivar el conflicto ideológico que contamina la vida política y civil  

La metáfora no es otra que el jardín de senderos que se bifurcan que da título al relato que Borges escribió en 1941 y que se convirtió, siete años más tarde, en el primero de sus textos traducido al inglés. Para nuestros propósitos, baste señalar que el escritor argentino relata la historia de Yu Tsun, un espía que busca para los alemanes al sinólogo Stephen Albert, quien a su vez reconoce en su perseguidor al bisnieto de un astrólogo chino de quien se ocupa en sus estudios. Este había tratado de construir un laberinto infinitamente complejo y escribir un libro interminable titulado El jardín de senderos que se bifurcan. Albert termina por revelar a Tsun que el libro es el laberinto: uno que no es temporal, sino espacial. En palabras del narrador, “un volumen cíclico, circular [...] cuya última página fuera idéntica a la primera, con posibilidad de continuar indefinidamente”. O sea, el laberinto en el que se encuentra el PSOE y en cuyo interior, a modo de homenaje involuntario al fallecido David Bowie, se empeña en permanecer. Y ello, off-Borges, a pesar de tener delante un sendero que se bifurca: uno conduce de vuelta al laberinto y otro lleva a su salida.

Es sabido que, a pesar de las distintas voces que así lo reclaman, los dirigentes del PSOE han rechazado tajantemente la posibilidad de llegar a un entendimiento con el PP. En alguna ocasión, Pedro Sánchez ha recurrido al lenguaje partisano para decir que se hace necesario “cortar el paso a la derecha”. Por esa razón se ha aproximado a Podemos y a sus socios en las últimas semanas, buscando con ello el apoyo de quienes también tienen como prioridad impedir la investidura de un presidente conservador. Los votos suplementarios vendrán del PNV o de ERC, pero en todo caso tendrán ascendencia nacionalista, justo ahora que el independentismo catalán se dispone a redoblar su ofensiva. Por lo demás, negarse a hablar con el PP dificultará sobremanera cualquier reforma constitucional, dada la mayoría de bloqueo que este partido atesora en el Senado. Ni que decir tiene que la lamentable parálisis en que parece haber caído este partido, incapaz de tomar la iniciativa política ni de concebir un audaz cambio de liderazgo, no contribuye tampoco a imaginar una solución distinta.

Pero todo esto, siendo importante, es accesorio. Esta crisis de gobernabilidad no debe leerse atendiendo a la lucha por el poder, por decisiva que esta sea para explicar la conducta de los distintos actores sobre el terreno, sino prestando una atención preferente a la cultura política española. Porque esta es el laberinto del que habla Borges, un tiempo cíclico y circular cuyo último episodio continúa en el primero. En nuestro caso, su tema no es otro que el antagonismo irreconciliable entre la izquierda y la derecha, que conduce periódicamente a una santa alianza multipartidista, nacionalismos incluidos, contra el PP: tras cada curva del laberinto hay una copia del Pacto del Tinell. Y como soporte emocional del mismo, una caricatura de raigambre guerracivilista que medios y ciudadanos reproducen ad nauseam fuera del sistema político: los democristianos como franquistas encubiertos. Tal es el régimen de percepción dominante en nuestra sociedad: ideológico antes que pragmático, más expresivo que persuasivo, menos racional que sentimental. Una receta infalible para la disfunción.
El PSOE está en el laberinto borgiano del jardín de los senderos que se bifurcan, dando vueltas sin cesar

Pues bien, estamos ante una oportunidad única para desactivar el conflicto ideológico que ha contaminado la atmósfera política y civil de nuestro país desde la recuperación de la democracia. De hecho, podría argüirse que un entendimiento entre PSOE y PP representaría el auténtico final de la Transición. Se trata de un argumento dialéctico: esta no habría terminado con la victoria del socialismo en 1982, ni con el retorno al poder de los conservadores en 1996, sino que solo concluirá cuando la alternancia histérica entre estos dos partidos deje paso a la histórica posibilidad de una razonable colaboración. Ahora que se ha convertido en moneda discursiva de uso corriente sostener que la Transición fue una estafa y el régimen del 78 una continuidad del franquismo por otros medios, no sería malo poner fin a esa anomalía y dar a luz una reforma constitucional de calado que simbolice un reset de la España democrática. Esto nos alejaría de la cansina polarización meridional y nos aproximaría a los modos consensuales centroeuropeos. Nos llevaría, en fin, fuera del laberinto desesperante en que damos vueltas sin cesar.

Son muchos quienes, dentro del PSOE y fuera de él, sostienen que ese entendimiento (que seguramente incluiría a Ciudadanos) equivaldría al suicidio del partido. Después de haber maleducado a sus votantes durante décadas presentando a la derecha democristiana como un monstruo neoliberal, aquellos huirían despavoridos a los brazos de Podemos a las primeras de cambio. En realidad, no tendría por qué ser así. Si el PSOE pactase con PP y Ciudadanos una legislatura corta que incluyese reformas constitucionales de calado, ¿qué imagen daría Podemos negándose a apoyarlas? Estaríamos ante nuevas dinámicas psicopolíticas y los estrechos cálculos de hoy dejarían de ser aplicables. Y la subsiguiente modernización del PSOE contribuiría a la modernización de España. Pero, aun suponiendo que esa fuga de votantes llegase a producirse, conviene preguntarse si un partido debe retenerlos a toda costa. Si no llega un momento en su historia en que los principios deben anteponerse a los votos, en que el mercadeo debe dejar paso a la integridad. Así es el laberinto en que se encuentra el PSOE, que es también el laberinto de España: un jardín de senderos que se bifurcan. Pero, a diferencia del espía de Borges, del nuestro podemos salir tomando el sendero correcto. Que es justamente haciendo el camino de vuelta de la literatura a la cultura pop, aquel que conduce a Borgen: a una democracia sin mayorías fuertes donde la cultura del pacto desconoce los cordones sanitarios y el acuerdo entre los rivales constituye la norma antes que una excepción escandalosa.