13/10/2019
Opinión

¿Pueden evitarse unas nuevas elecciones?

A pesar de que la situación política es endiablada, hay razones serias para que los partidos busquen una forma de gobierno viable y estable

Joaquín Almunia - 15/01/2016 - Número 17
  • A
  • a
¿Pueden evitarse unas nuevas elecciones?
Álvaro Valiño

Vistos los resultados del 20-D, proporcionar estabilidad al próximo gobierno no es una tarea fácil. No existen precedentes de un escenario tan complicado como este. Desde 1978 siempre se ha logrado investir, tras las elecciones, a un nuevo presidente con apoyos más o menos estables. De hecho, frente a lo que es habitual en la gran mayoría de países europeos, aquí no hemos tenido nunca un gobierno de coalición.

Pero esta vez hay que hacer frente a una situación política inédita, de una complejidad endiablada. Ningún candidato puede aspirar a formar gobierno sin lograr el apoyo explícito o implícito de, al menos, otras dos fuerzas políticas, salvo en el caso de una gran coalición PP-PSOE, que los socialistas han rechazado hasta ahora de forma contundente.

A pesar de ello, hay razones serias para buscar una fórmula de gobierno viable y a ser posible estable. La elección del nuevo presidente catalán y la reanudación de la hoja de ruta hacia la independencia añaden un argumento de mucho peso en ese sentido. El esfuerzo para no recurrir de nuevo a las urnas es exigible a los partidos con experiencia de gobierno contrastada —PP y PSOE—, pero también a Ciudadanos y a Podemos. Entre los cuatro partidos disponen del 90% de los escaños en el nuevo Congreso y de ellos tienen que surgir las propuestas que faciliten la gobernabilidad.

Hasta ahora, unos y otros han dado la impresión de preocuparse más por subrayar obstáculos y marcar líneas rojas que por tender puentes y apuntar vías que conduzcan hacia un escenario de gobernabilidad. Rajoy se ha autoproclamado como el único legitimado para vivir en La Moncloa, pese a su espectacular batacazo electoral y la innegable apuesta por el cambio de una gran mayoría de votantes. Por su parte, los barones del PSOE han intentado atar las manos a Pedro Sánchez, e incluso algunos han parecido más interesados en moverle la silla y discutir su liderazgo que en ayudarle a explorar alternativas al fracaso de Rajoy. Ciudadanos se ha resignado a ser un comodín al servicio del PP sin exhibir ideas propias. Y Podemos, vigilado de cerca por sus socios territoriales, está enredado en el ovillo del referéndum catalán, cuando Junts pel Sí y la CUP ya no están interesados en llevarlo a cabo.

Cualquiera de las hipotéticas salidas parecen inalcanzables a primera vista. Pero no hay que tirar la toalla cuando la partida no ha hecho más que empezar. Tras la primera votación de investidura, de la que Rajoy saldrá derrotado con apoyos muy alejados de la mayoría requerida, empezará en serio la cuenta atrás con la apertura un periodo de dos meses para encontrar una solución. Y dos meses en política es mucho tiempo, durante el que pueden pasar muchas cosas.

Rajoy es un obstáculo prácticamente insalvable para que su partido logre un acuerdo parlamentario

La primera de ellas ya ha sucedido. El pasado lunes día 11 se desatascó el punto muerto en el que se encontraba el Parlamento catalán tras el 27-S. La renuncia de Artur Mas y las cesiones de la CUP han evitado la repetición de las elecciones autonómicas en Cataluña. ¿Por qué no pedir a Mariano Rajoy que haga lo propio? Hasta el momento, ni él ni el PP se plantean dar ese paso, pero a medida que transcurran las semanas preveo que habrá voces dentro y fuera de su partido que le inviten a reflexionar. Pues Rajoy es, como Mas, un obstáculo prácticamente insalvable para que su partido logre un acuerdo con otras fuerzas.

Pedro Sánchez ha anunciado que, una vez derrotada la opción Rajoy, está dispuesto a intentar construir una mayoría alternativa progresista. La suya es una aspiración lógica, pero la aritmética no le ayuda. Incluso suponiendo que Podemos y sus “confluencias” territoriales le ofreciesen finalmente su apoyo, cosa muy poco probable, su investidura tendría que contar con el apoyo explícito o con la abstención de los independentistas. Artur Mas ha dejado caer que podría apostar por esa opción, pero el precio a pagar sería imposible de asumir. El PSOE tiene que usar todo el margen de maniobra de que dispone en vez de achicar sus propios espacios.

Pablo Iglesias y Albert Rivera también pueden contribuir a la gobernabilidad, dadas las circunstancias. A ambos les convendría ser más coherentes. Se presentaron como los campeones de una supuesta “nueva política” basada en el diálogo en vez de en la confrontación desde trincheras inamovibles, y ahora no pueden dedicarse a establecer barreras infranqueables. Quienes han subrayado la necesidad de poner fin al bipartidismo perderán toda credibilidad con su rigidez, dando además argumentos a los partidarios de un nuevo sistema electoral que lo incentive, lo que sería letal para sus propios intereses.

Hay que encontrar pronto una vía de salida a este laberinto. En vez de elucubrar en abstracto sobre con quién quiere o no puede pactar cada uno de los partidos relevantes, cabe poner ya sobre la mesa lo que cada uno de ellos haría si llega al gobierno: qué asuntos consideran prioritarios, qué decisiones urgentes deben abordarse, qué margen existe para aproximar los respectivos compromisos electorales. Y a partir de ahí, abrir un proceso de diálogo serio en torno a esos puntos, pensando en los intereses generales y no en los particulares de cada partido. La experiencia europea muestra que siempre se pueden encontrar terrenos de entendimiento, cosa que es mucho más fácil en 2016 que hace un siglo, cuando los planteamientos socioeconómicos de izquierda y derecha eran radicalmente opuestos.

En mi opinión, hay que abordar como mínimo tres temas imprescindibles. Comenzando por lo que es más urgente además de importante, se necesita definir una línea clara de actuación respecto a Cataluña. El respeto a la Constitución, al Estatuto y a la legalidad es la condición necesaria. Pero la mayoría gubernamental tiene además que concretar qué tipo de reforma se plantea para desbloquear la situación y salir al encuentro de quienes en Cataluña rechazan por igual las aventuras independentistas y el inmovilismo. Se ha perdido demasiado tiempo, es imprescindible retomar la iniciativa política en términos constructivos.

Para ello, y en segundo lugar, el Parlamento está llamado a encauzar sin demora el debate sobre la reforma de la Constitución. La lista de artículos a reformar habrá que acotarla, aunque no basta con introducir ajustes en el Título VIII. Y el acuerdo requiere que nadie pretenda imponer en el nuevo texto su programa electoral excluyendo a los demás. El acierto histórico del texto de 1978, en cuyo seno todos los partidos pueden desarrollar su proyecto político, debe mantenerse como guía para una reforma orientada a revitalizar nuestro entramado institucional y a mejorar la calidad de nuestra democracia. El tercer asunto prioritario y urgente tiene que ver con las finanzas públicas. La Unión Europea ya ha avanzado que el Presupuesto de 2016 necesita ser revisado. El nuevo gobierno debe atender ese requerimiento por respeto a los compromisos adquiridos y sobre todo por nuestro propio interés. De otro modo, la confianza en nuestra economía puede deteriorarse rápidamente, cuando necesitamos  inversiones y emprendedores creadores de empleo. Pero velar por la sostenibilidad de nuestros niveles de endeudamiento no puede suponer un nuevo incremento de la desigualdad ni nuevos recortes en los servicios públicos básicos. Al contrario. Y eso exige aumentos de ingresos, incluso al precio de dar marcha atrás en las recientes rebajas de impuestos.

Una izquierda y una derecha modernas pueden llegar a puntos de encuentro sin traicionar su identidad

Ninguno de esos puntos es privativo de una sola fuerza política ni de una determinada ideología. Una izquierda y una derecha modernas, comprometidas con la democracia y el Estado de derecho, pueden llegar a puntos de encuentro en torno a ellos sin traicionar su identidad política y sus principios.

Las mayores dificultades para el acuerdo, ya se trate de un acuerdo de gobierno o de un apoyo parlamentario sobre esos grandes temas, estriban por un lado en el modelo territorial y por otro en las personas. Quien quiera cambiar el modelo de Estado previsto en la Constitución sin pasar por el procedimiento previsto para su reforma no puede formar parte de la solución. Se estará autoexcluyendo y deberá asumir su responsabilidad. Obviamente Podemos se enfrenta a este dilema. Pero sin sus votos también puede encontrarse una mayoría suficiente.

Las personas serán finalmente la clave. Como ha ocurrido, bien es verdad que en un contexto político muy diferente, en Cataluña. Creo sinceramente que Rajoy constituye un obstáculo prácticamente insalvable para que se pueda formar una mayoría en el Congreso capaz de investir al futuro presidente y dar paso a una legislatura que necesita abordar cambios y reformas de gran calado. El peso de sus errores y de sus responsabilidades políticas, tanto como líder del PP cuanto en su papel al frente del Ejecutivo en estos últimos cuatro años, le deben llevar a dejar paso a quienes en su propio partido sean capaces de sacarlo del callejón sin salida en el que se encuentra, pese a sus 123 diputados. Si es verdad que piensan ante todo en el interés nacional, deben reflexionar cuanto antes sobre ello. Cuando lo haga el PP, estará legitimado para exigírselo a los demás.