Europa

¿Españoles? Não, obrigado

Una encuesta de Elcano indica que casi el 70% de los lusos quiere una Unión Ibérica. La realidad sobre el terreno sugiere justo lo contrario

¿Españoles? Não, obrigado
El puente Ajuda, situado sobre el Guadiana entre los municipios de Elvas y Olivenza, se encuentra en ruinas desde 1709. Más que unir, separa España y Portugal en la frontera conocida como la Raya. Ayto. de Olivenza Fotimap
Este verano los resultados de la última encuesta del Real Instituto Elcano acapararon titulares en los principales periódicos de España: según el Barómetro sobre la imagen de España, un 68% de los portugueses quiere avanzar hacia la unión política con el país vecino. La idea parece lógica. España y Portugal comparten un territorio común e innegables vínculos históricos, y los lazos culturales son tales que grandes mentes a ambos lados de la frontera han argumentado a favor de la Unión Ibérica. Pessoa, Unamuno, Saramago: todos se han pronunciado de manera favorable sobre la fusión de los dos países. Con dos tercios de los lusos a favor de la unión, ¿cabe pensar que la rojigualda ondeará sobre Lisboa próximamente?

“No. Los portugueses no quieren ser españoles”, dice el jurista Nuno Garoupa, presidente de la Fundación Manuel dos Santos, cuya misión es analizar la realidad portuguesa. “Es como preguntarle a un español si le gustaría ser anexionado por Francia, salvo que en este caso la desproporción geográfica y de población es incluso mayor”.

“La respuesta masiva a favor de España no es más que un voto de castigo al gobierno de turno”, dice Valladares

“Nos gusta España —afirma Garoupa— hacemos turismo ahí, los bancos españoles dominan nuestro sector financiero y el Corte Inglés de Lisboa siempre está lleno. Pero no tenemos el menor interés en formar parte de España.” Según este jurista, “la relación de Portugal con España siempre ha sido tensa, pues históricamente nuestro vecino también ha sido nuestro principal enemigo”. Cabe recalcar que a lo largo de su historia, España ha amenazado la independencia de Portugal, y que la última vez que Madrid planificó violar la soberanía de Lisboa fue hace apenas 40 años, cuando Franco planteó enviar tropas para sofocar la Revolución de los Claveles. “Desde la entrada en la Unión Europea ha disminuido la hostilidad antiespañola —ahora nos amenaza Bruselas, en vez de Madrid—, pero sigue habiendo tensión”, sostiene  Garoupa.

En cuanto a los datos de Elcano, el jurista cuestiona su rigor, ya que se basan en entrevistas con apenas 400 personas —entre una población de 11 millones—. “Tras el fiasco de las encuestas que auguraban el sorpasso, creo que lo mejor sería evitar tomar los resultados de estos estudios en serio. Por motivos de memoria histórica debe ser obvio que los portugueses no quieren otra Unión Ibérica. Hace siglos se intentó y no dio buenos resultados.”

El experimento fallido

En 1578 Sebastião de Avís, rey de Portugal, cometió la locura de embarcarse rumbo a África con el objetivo de conquistar Fez. Contaba 24 años y no tenía heredero. Al llegar a la aldea marroquí de Alcazarquivir, su expedición de 20.000 hombres —la flor y nata de la nobleza lusa— se encontró con los 60.000 soldados del sultán Abd al Malik, los cuales procedieron a aniquilar las tropas portuguesas. Más de la mitad de los portugueses —entre ellos el propio Sebastião— murió en el campo de batalla; quienes quedaron con vida fueron esclavizados.

El desastre de Alcazarquivir abrió una crisis sucesoria que fue decisiva tanto para Portugal como para el imperio español. Aprovechando su derecho al trono al ser hijo de Isabel de Portugal, en 1580 Felipe II invadió el país vecino y logró la ansiada Unión Ibérica. Durante las siguientes seis décadas los dos reinos tendrían un único soberano.

El historiador Rafael Valladares, experto en el periodo de la Unión Ibérica, explica que aunque la incorporación de Portugal al dominio de los Austrias fue “una mezcla traumática de negociación política y conquista militar”, una vez dentro del sistema el país no sufrió abusos a manos de los reyes españoles. “Portugal era un territorio más, dentro de una monarquía inmensa, y la Corona gobernaba por encima de todos. A veces se destinaba dinero portugués para empresas no portuguesas, pero también Portugal se benefició muchas veces de fondos castellanos en la defensa de su imperio. No se priorizaba a Castilla. Sin embargo, la pérdida de poder político de un sector de las élites lusas las llevó a politizar el anticastellanismo existente y aprovechar la debilidad de Madrid —envuelta en guerras por toda Europa a esas alturas— para dar un golpe de Estado en 1640”, afirma Valladares.

La Guerra de Restauración —que duraría hasta 1668— no fue especialmente cruenta, pero los reyes de la dinastía de los Braganza y los nacionalistas lusos del siglo XIX la convirtieron en un momento definitivo para la identidad portuguesa. Aunque Portugal existe como nación desde el siglo XII, el día de su fiesta nacional es el 1 de diciembre, fecha en la que las élites lusas asesinaron al representante de España en Lisboa en 1640 y declararon la independencia.

Al igual que Garoupa, Valladares considera que, aunque los portugueses no sienten particular hostilidad hacia España, hay un componente histórico que impide considerar la unión política como una opción real. “Portugal es un país con un sentido identitario muy fuerte y esto no encaja con ese supuesto alto porcentaje de gente a favor de la fusión con España. Es obvio que si en vez de hacer una encuesta se llevara a cabo un referéndum, el resultado sería el inverso: el 90% a favor de la independencia y un 10% simbólico —o antisistema— a favor de la unión con España.”

“El resultado del Barómetro es político —añade Valladares—. La respuesta masiva a favor de España no es más que un voto de castigo al gobierno de turno, una manifestación del malestar de la población ante la realidad de un país con graves problemas estructurales y que ningún gobierno resuelve. Y quienes formulan la pregunta buscan advertir o atacar al Gobierno luso. Valdría la pena llevar la reflexión más allá, pues no puede ignorarse el peligro potencial que conlleva insistir con esta pregunta que, por lo demás, incomoda a los gobiernos de ambos países.”

Un sinsentido en la UE

El catedrático de Derecho Paulo de Pitta e Cunha, miembro de la Academia de las Ciencias de Lisboa, indica que el mero concepto de Unión Ibérica es anacrónico hoy en día. En un cuarto de siglo que ha visto la desaparición de la U.R.S.S., Checoslovaquia, Yugoslavia y el aumento de movimientos nacionalistas por toda Europa, la idea de una nueva fusión entre España y Portugal resulta absurda.“El concepto de la federalización por contigüedad geográfica estilo Anschluss es una cosa del pasado”, explica refiriéndose a la anexión de Austria por la Alemania nazi entre 1938 y 1945. “Los vecinos pequeños de países grandes pueden lograr grandes éxitos siguiendo una política propia, como demuestran estados como Suecia, Austria, Dinamarca y Finlandia”, concluye.

Pitta e Cunha no niega que existe un impulso integracionista, pero destaca que es a nivel continental y plurinacional, dentro de la Unión Europea que ambos países integran. “Compartimos políticas comunitarias, un mercado común europeo, incluso la misma moneda. Ya nos relacionamos sin que uno u otro quede en una posición de inferioridad.” El catedrático recuerda que “Portugal es el Estado más antiguo de Europa. Sus fronteras no se han alterado desde el siglo XIII y el país ya había existido por más de dos siglos como Estado independiente, internacionalmente reconocido, con lengua y cultura propias, cuando España se consolidó como Estado con la unión de Castilla y Aragón”. En un contexto en el que “hay países que salen de la Unión, y en el que cabe la posibilidad de que Cataluña o el País Vasco salgan de España, incorporar Portugal a una Unión Ibérica sería remar a contracorriente”, concluye Pitta e Cunha.