17/9/2019
Arte y Literatura

Fiebre por el Lejano Oeste

Las tierras de los nativos americanos aún generan fascinación, tal vez porque están entre dos mundos

Fiebre por el Lejano Oeste
Indios y vaqueros. Dos Silbidos, Crow, 1908. Edward S. Curtis Prints & Photographs Division, Library of Congress, Washington, D.C.
Hay algo del Lejano y Viejo Oeste que todavía palpita en la cultura contemporánea, como una herida que permanece sin sutura. De otro modo no puede comprenderse la confluencia asombrosa de diversos proyectos y productos culturales que tienen en su entraña este espacio y tiempo míticos. La película que acaba de estrenar en España Quentin Tarantino, Los odiosos ocho, es un wéstern aderezado con la música de un viejo inmortal, Ennio Morricone —autor, entre otras, de las bandas sonoras de El bueno, el feo y el malo o Por un puñado de dólares—. También el cineasta mexicano Alejandro González Iñárritu ha rescatado en El renacido la historia de Hugh Glass (1780 - 1833), un frontiersman y trampero estadounidense. En el terreno literario, la visión anómala y desconocida de las biografías de Nube Roja (El corazón de todo lo existente, de Tom Clavin y Bob Drury) y Buffalo Bill (Tristeza de la tierra, de Éric Vuillard) añade nuevas perspectivas. El arte tampoco escapa a esta fiebre del Lejano Oeste: el Museo Thyssen-Bornemisza expone hasta el próximo 7 de febrero la primera y más amplia muestra en España de los artistas y exploradores europeos que hollaron aquel territorio: La ilusión del Lejano Oeste. Cabe preguntarse qué es lo que resulta tan fascinante para que la cultura del siglo XXI insista todavía en desentrañar aquel misterio.

Entre la lusión y el  mito

Algunos hombres salieron para buscar América y se toparon con el mito de la frontera. Era una época en la que las diferencias se resolvían con revólveres y el duelo era el modo favorito de comparar honores. Este mito se instaló en el imaginario nacional estadounidense a comienzos de 1800 con la compra de Luisiana a Napoleón. En esos años, el Oeste era considerado un territorio ignoto que únicamente había sido habitado por diversos pueblos amerindios. El avance del Este —civilizado y cabal— en busca de progreso supuso un choque entre dos pueblos excluyentes. El mito de la frontera y del Lejano Oeste tuvo en la llamada doctrina del destino manifiesto” una excusa para invadir indiscriminadamente cualquier territorio americano. No en vano, era dios quien lo proclamaba: “El cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la Providencia, para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno”, escribía el periodista John L. O’Sullivan en Democratic Review en 1845. ¿Qué sucedía entonces con los amerindios que durante milenios habían ocupado esas tierras?

Las películas de John Ford y Howard Hawks tejieron un imaginario colectivo en torno al Lejano Oeste


A esta cuestión intentó responder el cine con una firme dialéctica: el hombre blanco contra el indio nativo. En muchas ocasiones lo hizo de forma tramposa y maniquea. En otras, con una excelencia sublime. Hablar del Lejano Oeste es hablar de John Ford y Howard Hawks. Con sus películas se ha tejido un imaginario colectivo que tuvo su efervescencia en la década de los 50 con la popularidad del wéstern. De su decadencia habló precisamente John Ford en El hombre que mató a Liberty Valance (1962) y puso en boca del personaje que encarna James Stewart una frase con vocación de trascender eras y naciones: “Este es el Oeste, y cuando la leyenda se convierte en realidad, se imprime la leyenda”.

¿Supo el  wéstern captar la esencia de esta tierra prometida para los terratenientes americanos y el final de una civilización para los indios nativos? En ese momento crucial de la historia, un grupo de artistas aventureros provenientes de Europa —pintores y fotógrafos en su mayoría— quisieron adentrarse en un territorio hostil, casi inexplorado. El resultado de esa incursión proverbial puede admirarse en el Museo Thyssen gracias al comisariado de Miguel Ángel Blanco:  “La génesis de la muestra fue un viaje que hice a Monument Valley, el territorio sagrado navajo que filmó John Ford. Allí percibí que seguía vivo el poder espiritual del indio nativo y de su intercambio y relación con la tierra”, explica el comisario de La ilusión del Lejano Oeste. Este es el punto de partida de Blanco, un artista que realizó un recorrido por los parques naturales del oeste de EE.UU., recopilando materiales que ha sintetizado en 13 libros-caja que están presentes en la exposición bajo el nombre Biblioteca del Bosque, un proyecto escultórico que recrea paisajes, experiencias y visiones del Viejo Oeste.

Los artistas que reflejaron el ideal de vida indio, es decir, armonizar tierra y cielo, cuerpo y espíritu, “quisieron retratar a un indio salvaje en plena comunión con la naturaleza desde un entusiasmo romántico y una admiración verdadera”, sostiene Blanco. Con unos fines claramente antropológicos, reflejaron un momento crepuscular: el del último indio libre en sus territorios. Una imagen que nada tiene que ver con lo que el cine popularizaría más tarde. “Destacan las 55 láminas de Karl Bodmer. Son las primeras obras que compró el barón Thyssen y de ellas nace la pasión del coleccionista por el Oeste”, explica el comisario. El cuadro de Thomas Hill Vista de Yosemite impresiona por su inspiración en la pintura romántica y su matiz social. Fueron estas imágenes las que sensibilizaron a los gobiernos para la protección de los parajes naturales. “El cuadro de Hill fue elegido por Obama —de gran espíritu lincolniano— en 2009 para presidir una comida de gala en el Capitolio en el inicio de su mandato”, cuenta Miguel Ángel Blanco.

Resulta especialmente conmovedora la Indian Gallery de George Catlin, una suerte de gabinete de maravillas que se gestó durante seis años, visitando 48 tribus y acumulando 310 retratos de jefes, guerreros y hombres medicina. En contraposición, la muestra exhibe obras de fotógrafos como Carleton E. Watkins, que intentaba abarcar la inmensidad del edén indio con un equipo fotográfico de una tonelada, compuesto por negativos mamut y remolcado por dos mulas. Tal era el interés por atravesar el espejismo y documentar el mito.

Los protagonistas

La Nación Siux se componía de siete grandes tribus que podían a su vez dividirse en tres ámbitos lingüísticos: los lakota, los dakota y los nakota. A los lakota pertenecían los “habitantes de las praderas”, conocidos como la tribu de los teton. Dos de los jefes indios más conocidos, Toro Sentado y Caballo Loco, formaron parte de los lakota-teton. Nube Roja nació en el seno del clan oglala (“los que se dispersan”), vinculado también a los lakota-teton. Los tres formaron una alianza junto con otros pueblos nativos para combatir a los colonos estadounidenses y preservar sus tierras.

“Uno no vende la tierra por la que camina su pueblo”, afirmó Tashunka Witko, más conocido como Caballo Loco. Tuvo una vida agitada y fue Little Big Man, que le había acompañado en muchas de sus heroicas batallas, el que inmovilizó a Tashunka para que el soldado William Gentles le clavara la bayoneta.

Toro Sentado era un hombre solemne y regio. Cuando fue fotografiado en 1885 por D.F. Barry era ya un guerrero vencido que se ganaba la vida representándose a sí mismo en el circo de Buffalo Bill. Esa es la historia que cuenta Éric Vuillard en Tristeza de la tierra, la emocionante biografía de este cazador de bisontes, con predisposición a la locura, reconvertido a empresario de espectáculos que llegó a ser la celebridad más conocida del mundo a finales del siglo XIX. El extravagante espectáculo de Bill recorrió todo Estados Unidos. Los espectadores iban a ver indios de verdad que habían sido derrotados y a los que se podía despreciar. Había una recreación dramática de la batalla de Little Big Horn, que ganó Toro Sentado, uno de los 1.200 empleados del circo. “Toro Sentado fue el vencedor de la batalla de Little Big Horn, y por lo tanto no es un personaje, como sí lo fue Buffalo Bill, quien tan solo es el héroe de su propia fábula. Lo más espeluznante, tal como considera Vuillard, es que la asimetría favorece a Buffalo Bill: el personaje de circo aventaja al verdadero protagonista de la historia y las peripecias del espectáculo sustituyen a los hechos”, afirma Rubén Hernández, editor de Errata Naturae, que ha publicado el libro de Vuillard. “Seguramente, Toro Sentado nunca se sintió tan solo como en ese momento, en medio de banderas americanas, dentro de la gran máquina del entretenimiento”, escribe Vuillard.

Caballo Loco, Toro Sentado y Nube Roja formaron una alianza para combatir a los colonos


Bill se rodeaba de hombres poderosos: generales del ejército americano, empresarios, peces gordos e incluso presidentes de los Estados Unidos. Así quedó reflejado en la película que Robert Altman estrenó en 1976, Bufallo Bill y los indios. La impostura de Bill provenía de un concepto falaz: la utilización de los indios —incluido Toro Sentado— en sus espectáculos les otorgaba la posibilidad de una vida mejor. En el Wild West Show, los indios eran asesinados con balas de fogueo. En sus tierras, eran masacrados con balas verdad. ¿Qué otra cosa podía hacer para sobrevivir Toro Sentado, que cobraba 50 dólares a la semana, si no formar parte de este terrorífico escenario? En el simulacro del sufrimiento que se ponía en escena el público abucheaba a los indios linchados y aplaudía a los ejecutores.

La tríada india por excelencia incluye a Nube Roja, de cuya victoria en Big Piney Creek —hoy Wyoming— se cumplen 150 años. Es posible que la figura de Nube Roja sea más desconocida en comparación con Caballo Loco o Toro Sentado. De ahí la relevancia del libro de Tom Clavin y Bob Drury, El corazón de todo lo existente, basado en las memorias de Nube Roja, que fueron transcritas por dos amigos de la reserva y llevaban escondidas en un cajón varias décadas. La primera parte del libro describe la ascensión del ambicioso guerrero en la sociedad siux: nómada, orgullosa, mística y saturada de guerra. “Fue un político brillante y mejor estratega militar. Pragmático y atrevido, con una figura menos romántica que la de otros líderes indígenas más famosos y más trágicos de la misma época”, desvela Daniel Moreno, editor de traducción de la biografía.

Nube Roja fue el único comandante nativo americano que pudo derrotar a Estados Unidos en una guerra. El libro de Clavin y Drury insiste en una idea que subrayan todos los textos culturales acerca del pueblo indio: que el programa genocida del régimen colonial de asentamientos de EE.UU. ha sido, en gran medida, omitido.

La literatura también contribuyó a crear la forma perfecta de la ilusión, una construcción deliberada. Quizás la obra más popular del escritor francés que fundó el Romanticismo, Chateaubriand, sea la póstuma Memorias de ultratumba. A principios de 1800, para superar la muerte de su madre, Chateaubriand emprendió la escritura de una serie de textos. Entre ellos destaca Atala, el relato que el viejo indio Chactas, de la tribu de los natchez, hace a René, exiliado en América. Situada en Luisiana en el siglo XVIII, la historia de Chactas cuenta un amor de juventud con una india cristiana perteneciente a una tribu enemiga. Sucesora de Romeo y Julieta, de Shakespeare, Atala recogía la idea de la religión en comunión con una naturaleza bárbara que choca con el nuevo mundo. Es una obra profundamente melancólica y pasional.

El siglo XX dirigió su mirada nuevamente hacia este misterio. Lo hicieron las pinturas de Georgia O’Keeffe y la literatura de la generación beat con una nueva búsqueda de América y la idea de cruzar, esta vez metidos en una máquina, la inmensidad del territorio norteamericano. Nunca se ha dejado de insistir en la ilusión del Lejano Oeste porque el indio nativo no solo no se ha extinguido, sino que reivindica su papel en la sociedad y cultura estadounidense. En la literatura fronteriza —aquella que hibrida las culturas y las lenguas— destaca la figura de Sherman Alexie (Spokane, 1966), escritor, poeta, cineasta, nacido en el seno de la reserva india de la tribu spokane. “Es un escritor de una gran fuerza literaria, que mezcla la cultura indígena, la de la reserva y la estadounidense. Es uno de los grandes maestros del relato y posee un gran sentido del humor”, explica Chusé Raúl Usón, editor de Xordica, que ha publicado Diez pequeños indios (2010) y Danzas de guerra (2012), de Alexie.

¿Leyenda, sueño, espejismo, mito, ilusión? Hubo un tiempo en el que los niños jugaban a indios y vaqueros. Los más rebeldes elegían ser indios. Quizás lo único que no ha sido absorbido aún por la civilización es la noción de última frontera.
 
El corazón de todo lo existente
El corazón de todo lo existente
Bob Drury, Tom Clavin
Traducción de Esther Cruz Santaella
Capitán Swing,
Madrid, 2015,
479 págs.
La ilusión del Lejano Oeste
La ilusión del Lejano Oeste
Comisario: Miguel Ángel Blanco
Museo Thyssen- Bornemisza
Hasta el 7 de febrero de 2016.
Tristeza de la tierra
Tristeza de la tierra
Éric Vuillard
Traducción de Regina López Muñoz
Errata Naturae,
Madrid, 2015,
144 págs.