24/1/2019
Literatura

Giorgio Bassani o el compromiso con la memoria europea

El conjunto de libros La novela de Ferrara, obra cumbre del escritor boloñés, es la mejor muestra de su empeño por decir la verdad sobre una generación entera de víctimas

Joaquín Torán - 04/03/2016 - Número 24
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Giorgio Bassani o el compromiso con la memoria europea
Giorgio Bassani en su casa de Roma. MARISA RASTELLINI / MONDADORI / GETTY
En un momento (la dura posguerra) y un lugar (Italia) en que cineastas y escritores centraban su mirada en el incierto presente, Giorgio Bassani (Bolonia, 1916 - Roma, 2000) volvía inexorablemente la vista atrás. Mientras el país quería renegar de sus pecados fascistas, él sentía la imperiosa necesidad de no olvidar. Su obra es una toma de posición contra el paso del tiempo, un alarde de memoria. Su obra cumbre, La novela de Ferrara, un conjunto de seis libros escritos entre 1956 y 1972, retrata perfectamente este compromiso.

Bassani quiso que sus dos recopilaciones de relatos (Intramuros, 1956, y El olor del heno, 1972) y sus cuatro novelas de diferente extensión (Las gafas de oro, 1958; El jardín de los Finzi-Contini, 1962; Detrás de la puerta, 1964 y La garza, 1968) constituyeran una única unidad, formal y estilística, que cumpliera con el objetivo de evitar el olvido, tanto histórico como personal (lo que pasó y lo que cada uno fue). A tal efecto, Bassani hizo una revisión constante, hasta culminar la edición definitiva en 1980. La novela de Ferrara se lee como un todo en el que discurre una vida restringida y casi congelada en el pasado. El título más célebre de esta serie y una de las grandes novelas del siglo XX, El jardín de los Finzi-Contini, fue llevado al cine por Vittorio de Sica en 1970.

Bassani respetó la adaptación, pero se distanció de ella al estimarla demasiado bucólica. Juan Antonio Méndez, traductor del escritor en la editorial Acantilado, considera este libro “un ejemplo de rigor expresivo, contención afectiva y madurez sentimental”. Destaca también la última novela del ciclo, La garza, la única narrada en tercera persona. En ella Bassani pretendía retratar con eficacia la desesperación moral y particular de un rico terrateniente en su último día.

Pier Paolo Pasolini, amigo íntimo del autor, entendió con precocidad y tino el posicionamiento ético y temporal del escritor boloñés: en el prólogo que hizo para La novela de Ferrara (Lumen, 2008), escribió que “(su) prosa no expresa la realidad, pero remite a ella”. Años más tarde, Bassani confirmó la intuición del director en una entrevista: “Creo en la realidad espiritual como única realidad. [...] Y por eso me he empeñado en hacer de mis escritos una sola obra. Únicamente por esa razón he escrito y reescrito cada página de mis libros. He escrito y reescrito para decir, a través de mi obra, la verdad. Toda la verdad”.

En sus novelas y cuentos los espacios cumplen la función de prisión espiritual, social, cultural e ideológica

Y su verdad es dura, despiadada, franca. Es la verdad desnuda y descarnada de una víctima, de una generación entera de víctimas. Bassani fue judío en la Italia fascista. Él y sus allegados sufrieron la segregación, el desprecio, la brutalidad. Por eso sus personajes se sienten extraños, marginados. El joven protagonista de Detrás de la puerta termina por encerrarse en sí mismo tras sufrir un fuerte desencanto en sus relaciones sociales. Athos Fadigati, personaje central de Las gafas de oro, sufre un progresivo y cruel rechazo por su homosexualidad.

Varias mujeres, como Clelia Trotti (“Los últimos días de Clelia Trotti”, en Intramuros), Lida Mantovani o Gemma Brondi (“El paseo antes de la cena”, en Intramuros), son observadas con recelo por manifestar un carácter libre que termina chocando con un entorno (familiar o político) que las reprime. En sus novelas y cuentos, a veces incluso ya desde los  títulos, muros y espacios pequeños, como casas de habitaciones opresivas, sinagogas o aulas, cumplen una función de prisión espiritual, social, cultural e ideológica.

En la obra de Bassani la realidad se observa a menudo a través de un visillo, del resquicio de una puerta, de unas gafas de montura dorada, del hueco en un muro. Solo así se alcanza la verosimilitud, la claridad, dos de las claves innegociables para el escritor. Para impedir que el pasado caiga en el olvido, no basta con recordar las cosas: también hay que exponerlas como fueron. Por eso Bassani practica una nítida objetividad proustiana. Sus narradores son testigos que contemplan. Como el farmacéutico Pino Barilari, protagonista de “La noche del 43” (en Intramuros) y arquetipo de muchos de los personajes del boloñés: a partir de una presunta inacción, simplemente con ver, influye en los demás y en sí mismo.

Es el artista que ve el lienzo en su totalidad, en su complejidad, desmarcado aunque no distante. Barilari ve, desde la ventana de su habitación, la matanza de 11 ciudadanos en represalia por la muerte de un jerarca fascista. El suceso tuvo lugar realmente, en noviembre de 1943. Sacudió Ferrara y alteró el rumbo de la historia italiana al ser el primer brote de lucha fratricida en el país durante la Segunda Guerra Mundial. A partir de ese año, y hasta el final de la contienda, Italia quedó fragmentada entre la septentrional República Social de Saló, fascista, y la Italia aliada del sur. Florestano Vancini, natural de Ferrara, adaptó el relato al cine en 1960.

Un ciudad irrepetible

En La novela de Ferrara Bassani rememora la ciudad de su infancia, adolescencia y primera madurez, muy clasista y también devotamente fascista. La Ferrara evocada es un espacio casi mítico en el que se funden realidad y ficción: se recrean hechos históricos a través de personajes ficticios que conformarán la cerrada y circular mitología de un reducido mundo. Así, el trágico otorrinolaringólogo Athos Fadigati, el regresado (de entre los muertos) Geo Josz, molesto judío de “Una lápida en Vía Mazzini” (en Intramuros) que impide a la sociedad ferraresa, con su sola presencia, dejar atrás su historia reciente, o los intocables y legendarios Finzi-Contini, pululan intercambiables, a veces como un susurro, otras como un cotilleo, por las páginas de casi todas sus novelas y cuentos. Estas creaciones literarias resucitaron la Ferrara de los recuerdos del autor, una capital de provincia dramática, irrepetible y fastuosa.

Ferrara fue desde los tiempos de los señores de Este (regidores de la ciudad desde el siglo XIII hasta el XVI) un importante centro de acogida y de encuentro entre culturas: albergó entre sus muros medievales a buena parte del éxodo sefardí proveniente de Portugal y España. Los judíos, en su mayoría burgueses  con fortunas inagotables, fueron ocupando paulatinamente los puestos de poder más destacados. Muchos, como el padre de Bassani, médico que no ejercía y vivía de las rentas, abrazaron con decisión la causa del fascismo. En la Ferrara de la infancia de Bassani el alcalde era judío.

El año que cambió todo

Esta situación se truncó en septiembre de 1938 con la promulgación de las leyes raciales. Ese año puede interpretarse como el centro de toda la obra de Bassani. Es el punto de inflexión que suspende la acción o que marca un nuevo rumbo de los acontecimientos. Lo que hasta entonces era feliz, cotidiano y sereno, como la propia infancia del autor, cambia irremisiblemente, sin vuelta atrás. En los 14 años en que se ambientan el grueso de los libros de La novela de Ferrara —desde 1934 hasta 1948 (La garza)— 1938 sobrevuela como una herida abierta.

Por edicto de Mussolini, los judíos vieron interrumpido el curso normal de sus vidas, fueron apartados de toda actividad cultural, política y social, dejaron de juntarse (y arrejuntarse) con “arios” y fueron a todos los efectos ciudadanos de segunda. Bassani relata varios episodios de segregación: la marginación paulatina de los niños incluso en los recreos escolares, las actividades de enseñanza clandestinas de profesores judíos y su expulsión de recintos públicos como las bibliotecas municipales o los campos de tenis (estos dos últimos hechos serán nudo central de El jardín de los Finzi-Contini).

Ante esta tesitura, muchos judíos favorables al régimen, muy nacionalistas, se resignaron, convencidos de que Italia no era Alemania. Por desgracia, en 1943 Italia pasó a la órbita nazi y muchos terminaron siendo deportados: de los 400 que constituían la comunidad hebrea ferraresa, 183 fueron a Auschwitz o Buchenwald para no regresar jamás. Bassani se libró de compartir este destino por su militancia antisfascista: en el periodo más álgido de la represión antisemita cumplió condena como preso político. Sus amistades universitarias boloñesas (entre las que se cuentan Attillio Bertolucci, poeta, guionista y padre del futuro cineasta) y algunas de las ferraresas le encaminaron hacia la conciencia crítica contra la dictadura. El germen opositor lo plantó durante el bachillerato su idolatrado y temido profesor de latín y griego, Francesco Viviani, un modelo de integridad para él cuya profunda huella queda reflejada en Detrás de la puerta, libro que evoca los tiempos escolares y en el que fue inmortalizado (Viviani no sobrevivió a Buchenwald), como Gruzzo, el maestro de materias clásicas.

Bassani siempre consideró sus años de actividad antifascista fundamentales en su nacimiento como escritor. Fueron “los más bellos” de su vida, aquellos que le supusieron una comodidad moral al saberse de parte de la justicia y de la verdad. “Me salvaron de la desesperación en la que cayeron tantos judíos italianos, incluido mi padre”, dijo. También interrumpieron su producción literaria, muy exigua hasta el final del fascismo: hasta entonces tan solo había publicado, en 1940 y bajo seudónimo, la antología de relatos de juventud Una città in pianura. El volumen incluye fogonazos de lo que se puede apreciar en sus mejores obras: la influencia del escritor Benedetto Croce, otro ídolo para Bassani por sus postulados de libertad formal, ética y filosófica; la plasticidad de sus imágenes y su deseo de una “contemplación activa” de la realidad.

Tras la liberación, la producción literaria de Bassani se aceleró. Además de las novelas de su ciclo más famoso, escribió ensayos (mayoritariamente sobre literatura), artículos y poemas. “La obra poética de Bassani —sostiene Juan Antonio Méndez—, comparada con la narrativa, es corta, aunque nunca dejó de cultivarla. En diciembre de 1984, es decir, con cerca de 70 años, todavía publicaba algunos poemas en Il Corriere della Sera. Cabe considerarla complementaria del resto de su obra.” Bassani fue, además, guionista: entre sus trabajos en el ámbito cinematográfico destaca el guion de Senso, la adaptación de la novela homónima de Camillo Boito realizada por Luchino Visconti en 1954.

Consideró elementales sus años de actividad antifascista en su nacimiento como escritor

Finalizada la guerra, Bassani se trasladó a Roma para quedarse. Entre las diversas ocupaciones ejercidas en la capital, la más trascendental fue la de director literario de la Biblioteca de Literatura de la editorial Feltrinelli, cargo que ocupó entre 1958 y 1963. En la posguerra Italia estaba en reconstrucción a todos los niveles, también intelectual. Las grandes editoriales se comprometieron con la nueva literatura, tanto italiana como internacional. Para dirigir las nuevas colecciones, sus máximos responsables eligieron a colaboradores con pedigrí antifascista y destacado olfato literario. Italo Calvino, Natalia Ginzburg, Cesare Pavese, Elio Vittorini o Bassani —a partir de la publicación de Intramuros— fueron algunos de los cuadros de ese ejército de renovación.

Fascinado por Lampedusa

En sus primeros meses en el puesto editorial tomó una decisión que se reveló cardinal para la historia de la literatura: publicar El gatopardo, de Giuseppe Tomasi de Lampedusa. El príncipe de Lampedusa, Grande de España por herencia ancestral, no había visto cumplida su última gran voluntad. Giuseppe Tomasi, que se sentía más cómodo entre libros que entre el rancio abolengo, quiso ver publicada en vida su novela sobre el Risorgimento, en la que trataba también el fin de una época, la de su infancia, a la que la joven República Italiana había condenado irremediablemente. Bassani quedó fascinado por el material incompleto que recibió de El gatopardo. Sintió por la novela una gran afinidad, dada la concomitancia de temas e intereses con su obra: el pesimismo histórico, la compleja relación entre el amor y la muerte, el monólogo interior como mirada ética (como dolor del alma) y como toma de posición ante la realidad. Después de un par de meses de arduo trabajo de edición, Bassani dio forma definitiva, en 1958, al que es uno de los grandes títulos de la literatura universal.

El mejor epitafio a una obra que sigue velando por recordar quiénes fuimos lo pronunció el propio Bassani en una entrevista en el último tercio de su existencia: “El personaje más importante de toda mi producción es el yo, hombre y artista”.

Intramuros
Intramuros
Giorgio Bassani,
Traducción de Juan Antonio Méndez
Acantilado,
Barcelona, 2014,
224 págs.
Las gafas de oro
Las gafas de oro
Giorgio Bassani
Traducción de Juan Antonio Méndez
Acantilado,
Barcelona, 2015,
128 págs.