27/10/2020
Economía

Golpe al orden multilateral del libre comercio

Los acuerdos para crear megabloques comerciales desafían el papel de la OMC y excluyen a los países menos desarrollados

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Golpe al orden multilateral del libre comercio
El comercio internacional crecerá este año un 2,8%. Buques portacontenedores amarrados en el puerto de Oakland, California. Justin Sullivan / Getty
Dos meses después del atentado del 11 de septiembre contra las Torres Gemelas en Nueva York el mundo se puso de acuerdo para dar un nuevo empuje a la liberalización del comercio. En el seno de la Organización Mundial del Comercio (OMC) se lanzó la Ronda de Doha, llamada del “Desarrollo”, con el objetivo de usar el comercio para integrar a los países más pobres del planeta, potencial cantera del terrorismo, al flujo internacional de mercancías e impulsar su desarrollo. Quince años y una inacabable recesión después, sin lograr prácticamente ninguno de sus objetivos, los acuerdos de Doha se han dado por muertos. Así al menos lo han decretado las economías más avanzadas que, en su lugar, negocian megaacuerdos regionales con los que aspiran a fijar las futuras reglas del comercio internacional. Son tratados que han despertado el recelo de sus ciudadanos y provocado una ola de proteccionismo nacionalista. Frente a estos, las negociaciones multilaterales, impulsadas hasta ahora por la OMC, corren el riesgo de convertirse en irrelevantes y los países menos desarrollados excluidos de estos acuerdos parecen abocados a perpetuar su fragilidad económica.

¿Hasta qué punto aspiran estos nuevos bloques a imponer las reglas del comercio mundial y sustituir a la OMC? ¿Puede esta tendencia aumentar la hostilidad comercial y el proteccionismo? O, por el contrario, y a la vista del bloqueo en las negociaciones multilaterales, ¿puede ser una vía alternativa para impulsar la liberalización del comercio y aportar unas décimas al débil crecimiento de la economía mundial? Ante el desafío migratorio y terrorista, ¿cómo evitar que los países pobres queden marginados en el nuevo mapa comercial?

Como respuesta al TTP y al TTIP, China e India amenazan con crear otro bloque con los países asiáticos

El orden multilateral sobre el que se han basado las relaciones comerciales en el mundo desde el final de la Segunda Guerra Mundial vive una revolución sin precedentes. Las frustrantes negociaciones de Doha y el retroceso del comercio, debido al desplome de la demanda en los países ricos, y ahora en los emergentes, han llevado a algunos países, con Estados Unidos a la cabeza, a mover ficha para intentar revitalizar uno de los más importantes motores del desarrollo de las últimas décadas. Frente al 7,2% de media que creció entre 1987 y 2007, el doble que el PIB mundial, el comercio este año solo aumentará un 2,8%, por debajo del escaso crecimiento (3,2%) que prevé el Fondo Monetario Internacional para el mundo en 2016. La aspiración de la Administración Obama de colocar a EE.UU. en el centro de dos megazonas de libre comercio que abarcarían dos tercios de la economía mundial ha puesto patas arriba las relaciones comerciales.

Cambiar las reglas del juego

Washington ha firmado por un lado el TTP (Asociación Trans-Pacífica), que agrupa a 12 países de la costa del Pacífico, con la notable excepción de China. Por otro, negocia con la Unión Europea el TTIP (Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión), que pretende cerrar antes de que acabe el mandato del presidente este año.

El volumen de intercambio de bienes y servicios y la naturaleza de los acuerdos que se incluyen en estos dos tratados son de tal envergadura que resulta inevitable que acaben afectando a las reglas del juego del comercio. “Para los países implicados el verdadero valor de estos acuerdos está en la reducción de las barreras no arancelarias y en el establecimiento de nuevas normativas en nuevas áreas con la esperanza de que estas se adopten por el resto del mundo”, opina la investigadora Kimberley Elliot, del Center for Global Development, contactada por AHORA. Rick Rowden, profesor de Economía en la Universidad de Jawarharlal Nehru en Nueva Deli y anterior asesor de la Conferencia del Comercio y el Desarrollo en Naciones Unidas (UNCTAD), desconfía: “Cuando el representante de Comercio estadounidense se refiere al TTP como el estándar de oro para fijar las reglas futuras del comercio mundial es probable que detrás estén las multinacionales, los lobbies industriales y sus negociadores con la idea de armonizar las normativas de acuerdo a sus intereses”.  La suma de ambos acuerdos es abrumadora. El TTP agrupa a Estados Unidos, Canadá, México, Chile, Perú, Australia, Nueva Zelanda, Japón, Singapur, Malasia, Brunei y Vietnam. Concentra el 24% de las exportaciones globales, representa el 30% del PIB mundial y cuenta con 793 millones de consumidores. Según los cálculos del Peterson Institute, la eliminación de las barreras comerciales entre sus miembros puede aportar al año 223.000 millones de dólares al PIB de la región hasta 2025. El TTIP supone el 30% del comercio de mercancías en el mundo, el 40% de los servicios y el 46% del PIB mundial. EE.UU. y la UE sumarían 830 millones de consumidores. El Centre for Economic Policy Research, instituto al que encargó la Comisión Europea el análisis del impacto económico del acuerdo, cifra en 215.000 millones lo que aumentaría al año el PIB de ambos (120.000 millones la UE y 95.000 EE.UU.) hasta 2030.

Frente a la avalancha de acuerdos comerciales preferenciales que ha coexisitido con la OMC desde que esta nació en 1995 para relevar al Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT), todos los expertos coinciden en señalar que estos megatratados son harina de otro costal. “Es la primera vez que los grandes jugadores negocian acuerdos preferenciales. Está en juego el futuro del sistema multilateral de reglas del comercio”, apunta Elliot. No es solo por su volumen, sino también porque, a diferencia de los primeros, hay aspectos normativos del TTP y el TTIP que quedan fuera del paraguas de la OMC. Y esto no es todo: como respuesta a los mismos, China e India amenazan con unirse bajo la Asociación Económica Comprehensiva Regional (RCEP) junto con otros países asiáticos. La polarización de las relaciones comerciales, a falta de que se retomen las negociaciones multilaterales, parece inevitable.

Los dos grandes bloques

En el caso del TTP la rebaja de los aranceles y las subvenciones, a la manera clásica de los acuerdos comerciales, tiene importancia pues entre sus socios hay mercados como Japón, Malasia o Vietnam, aún proteccionistas. Pero establece también reglas que afectan a la legislación laboral y medioambiental. Aunque estas se corresponden con las exigidas por la Organización Mundial del Trabajo, el TTP obliga a luchar contra el trabajo forzoso y a frenar el abuso a los trabajadores inmigrantes, dos dardos dirigidos a Vietnam y Malasia. EE.UU. ha logrado además un compromiso en la protección de los derechos sobre la propiedad intelectual que va más allá de lo conseguido hasta ahora en la OMC.

Con unos aranceles prácticamente inexistentes —salvo en los productos agrícolas, donde son de dos dígitos—, el TTIP busca armonizar las normativas de EE.UU. y la UE para facilitar el acceso a sus respectivos mercados. La industria del automóvil europea es uno de los sectores que más se podría beneficiar. La UE es el segundo fabricante mundial de coches después de China y genera millones de empleos directa e indirectamente. EE.UU. es su principal mercado de exportación. Si se armonizaran las reglas que afectan, por ejemplo, a los cinturones de seguridad, parachoques, etc. y se acordara un solo método para probar la seguridad o las emisiones del automóvil, se reducirían sustancialmente los costes de acceso al mercado estadounidense. Otro capítulo del TTIP de interés para Europa es fijar unas reglas sobre el origen de los productos. En un mercado donde intervienen varios países en las cadenas de producción, este acuerdo ofrece la oportunidad de poner en valor aquellos manufacturados íntegramente en el continente. 

El poder de la resistencia

Pese a estos efectos positivos, el TTIP ha encontrado una fuerte oposición en Europa. Más allá de los mitos que hablan de que estaremos condenados a comer carne engordada con hormonas y productos transgénicos sin control alguno, o de que se privatizará la sanidad y será el fin del cine europeo, el mayor rechazo lo ha provocado el tribunal de resolución de conflictos entre los estados y los inversores (ISDS en inglés), inicialmente formado por abogados privados, por temor a que en caso de disputa prevalezcan los intereses de las empresas frente a los soberanos. La Comisión Europea ya ha anunciado cambios para aumentar la transparencia de su funcionamiento y la independencia de sus miembros. Washington aún no se ha pronunciado.

Rick Rowden: “La OMC no ha sabido defender a los más débiles de los abusos de los países ricos”

También en EE.UU. hay resistencia a los tratados. Si en algo coinciden los principales candidatos a la Presidencia es en ser proteccionistas. Desde el disparate del republicano Donald Trump, que amenaza con imponer aranceles del 45% a China y México, pasando por el demócrata Bernie Sanders, contrario a los acuerdos comerciales, a la también demócrata Hillary Clinton, que ahora dice no apoyar el TTP. Así que después de todo cabe la posibilidad de que estas iniciativas queden suspendidas y vuelvan los tiempos del proteccionismo nacionalista que suele acompañar a las grandes crisis económicas. Un proteccionismo que, por ejemplo, hubiera impedido el avance de las economías emergentes en las últimas décadas. Las rentas per cápita en India, China, Rusia o Brasil han crecido en los últimos años más que en el resto del mundo y sus economías han integrado en la clase media a un amplísimo porcentaje de la población que estaba en la pobreza. Del exclusivo club del G-7 de antaño, la gobernanza económica ocurre hoy en el seno del G-20.

Jagdish Bhagwati, profesor de la Columbia University y asesor especial de Naciones Unidas para la globalización, cree que “la parálisis de la liberalización multilateral del comercio durará muchos años”, según afirma en un artículo publicado en Project Syndicate. El autor del libro En defensa de la globalización (Debate, 2005) teme que el nuevo orden comercial agudice los desequilibrios económicos y se lamenta de que los megaacuerdos no respeten la joya de la corona de la OMC que es el Tribunal de Resolución de Disputas, independiente y reconocido por los 162 países miembros de la organización.

El economista Rick Rowden aplaude la muerte de la OMC en su forma actual. En su opinión, la organización “no ha sabido defender a los más débiles de los abusos de los países ricos”. El mantenimiento en los países avanzados de los subsidios a la agricultura y las cuotas a la industria textil prueban su falta de voluntad para dar una oportunidad a los menos desarrollados. “El sistema actual imposibilita la supervivencia de los pequeños agricultores en los países más pobres, y cuando se van a la ciudad allí no encuentran trabajo en el sector manufacturero, pues este no ha podido desarrollarse. No nos debe sorprender si un mínimo porcentaje de estos jóvenes desempleados y frustrados intenta inmigrar a Europa o, lo que es peor, se unen a las filas de ISIS, Boko Haram o al-Shabaab”, concluye con rotundidad.

El orden multilateral está en crisis y los megaacuerdos que aspiran a tomar el relevo de la OMC, aparte de no gozar de mucha popularidad, pueden provocar una polarización del mundo en bloques comerciales y marginar de paso a los países que más necesitan desarrollarse. En un momento en que nadie sabe cómo recuperar la senda del crecimiento, resistirse a la tentación proteccionista y proseguir con la liberalización del comercio, de una forma más equilibrada y justa, puede desempeñar un papel fundamental. ¿Estarán los políticos a la altura del desafío?