13/10/2019
Análisis

Hablar sin nada que decir

"Comparar los discursos de la Restauración de la Restauración o de la República con los actuales es para echarse a llorar"

Santos Juliá - 27/05/2016 - Número 35
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Parece mentira, y no es de creer, que la política haya conocido en España largas épocas de oradores que sabían hablar. Hablar. Es decir, no leer aunque sea con elegante entonación, con voz de agradable timbre y volumen adecuado, y colocando los acentos en su sitio, un texto previamente escrito; no soltar una parrafada aprendida de memoria, con pausas donde no corresponde; no repetir tampoco como papagayos el argumentario repartido cada mañana por los servicios de comunicación del respectivo partido. Nada de eso, sino hablar, como hablaban Cánovas o Castelar, Melquíades Álvarez o Antonio Maura, Alcalá Zamora o Azaña, unos de palabra antigua, sembrada de florituras barrocas, otros de lo que Azorín definió como palabra moderna, limpia de cualquier ornato superfluo, pero todos capaces de hablar para decir algo.

De lo que hablaban era de política, o sea, pronunciaban discursos que esclarecían e iluminaban el juicio de los públicos a los que llegaba su voz y que al mismo tiempo recibían por la palabra dicha una descarga de sensibilidad. Ya fuera en teatros, y luego en cines, ya en espacios abiertos, una plaza de toros, un prado, una gran explanada, los políticos de otros tiempos experimentaban una especial emoción, que eran capaces de transmitir, al dirigirse a sus públicos en los mítines de los domingos o en las campañas electorales, conscientes de que cada encuentro era un acto singular, irrepetible, que creaba un vínculo especial por medio de la palabra entre el orador y el auditorio, un acto que transcendía cualquier representación teatral, de declamación de un texto aprendido y repetido una y otra vez hasta la saciedad.

Comparar los discursos de la Restauración o de la República con los actuales es para echarse a llorar

Lejos de mí la funesta manía de pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero una cosa es clara: una sucinta comparación entre los discursos pronunciados en las Cortes de la monarquía restaurada (1876-1923) o, más aún, en las Cortes de la República (1931-1936) con los textos que han quedado para siempre en los diarios de sesiones de las Cortes de esta democracia de nuestros pesares, sobre todo a partir de 1982, es para echarse a llorar. Y no digamos ya de lo que puede oírse en mítines en grandes salas o en campo abierto: nadie es capaz de recordar de estas últimas décadas ningún discurso memorable; si acaso alguna frase ocurrente, fabricada para ser emitida desde un canal de televisión.

Lo que aparenta ser el fin del discurso político y su sustitución por la declamación de textos o recitado de consignas ha tenido entre nosotros su primer y devastador momento en los años de crispación, cuando solo quedaron en el cuadrilátero dos púgiles, ambos dispuestos a morir matando. Se impuso entonces el estilo oratorio del “y tú más”, quedando el discurso político reducido a la exposición crispada del argumentario sobre corrupciones y demás maldades del otro. Semejante estilo, si así puede llamarse, se ha multiplicado cuando el ring se ha trasmutado en plató de televisión, con asientos reservados para ocho invitados, que gritan más que hablan, que martillean frases cortas, no importa si con alguna ilación con lo dicho antes o lo que vendrá después, frases como puñetazos a la cara del adversario, como arma de destrucción. Nadie escucha ni toma en cuenta lo que dicen los demás porque sus asesores los han aleccionado sobre la limitada capacidad retentiva de lo que uno de nuestros líderes emergentes ha bautizado como “público de la televisión”, un público del que él se autodefinía referente, identificándose como “el chico de la coleta”.

Ha florecido una nueva clase de políticos que pronuncian frases cortas, como pedradas a la cara del adversario

Es ese público, y el medio para llegar a él, el que ha impuesto el nuevo estilo del mal llamado discurso político: proporcionar, sin perder aliento, titulares a mansalva; repetirlos una y otra vez, venga o no venga a cuento, todo ello destinado a que el adversario pierda pie y salga humillado del encierro, mientras los periodistas presentes se frotan las manos por la cosecha acopiada durante el combate. Así ha florecido esta nueva clase de políticos, expertos en pronunciar frases de carrerilla, 140 caracteres multiplicados por dos o, todo lo más, por tres, como pedradas a la cara del adversario. Al final, cuando se calma la algarabía y cada cual abandona el ring, la pregunta no es: ¿y qué han dicho?, sino ¿quién ha ganado?

De ahí la actitud medio desolada, medio hastiada, con la que se teme más que se espera este segundo asalto de campaña electoral que el bloqueo del sistema de partidos surgido de las últimas elecciones y la mezcla de desprecio al adversario y ambición de poder, de todo el poder, que los respectivos equipos dirigentes han hecho inevitable. Nosotros, los electores, hemos cumplido nuestro deber: depositar cada cual su voto en las urnas. Ellos, los políticos, no fueron capaces de cumplir el suyo: transformar esos votos en un gobierno. Resultado: un castigo inmerecido, condenados como nos sentimos en los próximos 20 días a escuchar una y otra vez a unas gentes que hablan y hablan sin decir nada.