21/11/2017
Ideas

Juan Villoro. «Me interesa más la gente que está en tensión con su país»

El escritor mexicano de origen catalán, que se formó en el periodismo, reedita uno de sus primeros libros de crónicas

AHORA / Ramón González Férriz - 15/04/2016 - Número 29
  • A
  • a
Juan Villoro. «Me interesa más la gente que está en tensión con su país»
miguel gómez
Juan Villoro (Ciudad de México, 1956) parece contento. Lleva en las manos la reciente edición española de uno de sus primeros libros de crónicas, Palmeras de la brisa rápida (Altaïr), la narración de un viaje por Yucatán aparecida por primera vez en México en 1989. Además, acaba de recibir el XIV Premio Diario Madrid por su “compromiso con el ejercicio profesional del periodismo”, su “acerada crítica política” y su utilización “de la elegancia y la ironía como armas de construcción de realidades y acontecimientos”, según el jurado. Lo aceptó con un discurso memorable en el que afirmó que “mi casa es el periodismo, un ruidoso lugar en el que vivir”. La cita es en un hotel de lujo con bar caro. “Tomar el café aquí es demasiado sofisticado”, dice de pie en la recepción con una enorme sonrisa y un gesto de las manos que es al mismo tiempo irónico y expeditivo. Salimos y propone ir a una cafetería de una cadena barata, al otro lado de la calle.

Villoro es hijo del filósofo Luis Villoro, un catalán exiliado en México. Este hecho le marcó, dice. Él y otros hijos de exiliados catalanes “idealizamos mucho Cataluña. Quedábamos en el Orfeó Català de ciudad de México para ver los partidos del Barça, que por la diferencia horaria solían ser a las dos, así que mientras los veíamos comíamos calçotades, fuet y butifarra”. Empezó a colaborar con la prensa de su país a finales de los 70, años de hegemonía absoluta del PRI, el partido que gobernó México entre 1929 y 2000. Se formó leyendo Excélsior, el crítico periódico dirigido por Julio Scherer al que en 1976 el presidente Luis Echevarría dio el famoso “golpe” tras el cual salió Scherer y se acabaron los ataques al gobierno. “La prensa en México siempre ha tenido cuotas y márgenes de libertad relativos”, dice con un té en las manos.

“Hace 30 años era mucho más seguro hacer periodismo en México: la censura no te mata”

Sin embargo, las cosas son peor ahora. “Hace 30 años era mucho más seguro hacer periodismo en México, aunque hubiera censura. Porque la censura no te mata. Simplemente, te impide publicar. Pero ahora México es, con otros países como Irak o Siria, uno de los más peligrosos en los que ejercer el oficio.” Todo ello se debe, cuenta, a la “descomposición social que vive México desde hace 15 o 20 años. Todas las economías tienen una zona gris donde lo ilícito se vuelve aparentemente lícito. El problema es que en México esa zona gris es muy amplia y maneja muchísimo dinero. El 10% de todo el circulante proviene del lavado del dinero del tráfico de drogas. No habría ningún caso en hacer venta de drogas o de armas si uno no pudiera regresar el dinero para hacer negocios con hoteles, con televisoras, con restaurantes. Lo que sucede es que la franja en la que lo ilícito se vuelve aparentemente lícito está dominada por ciudadanos de presunta honorabilidad. Se trata de políticos, empresarios, policías, militares que están al servicio del crimen organizado, pero pertenecen a la supuesta respetabilidad. Esos son los que persiguen a los periodistas. El Chapo era otra cosa, tenía veleidades de hacer una película con Kate del Castillo [una actriz de culebrones], su vida era folclórica, las noticias no le preocupaban porque tenía su vida de criminal sin que la valoración mediática influyera en su trabajo. En cambio, el dueño de un hotel, un empresario, el alcalde de una población que trabajan con el narcotráfico no quieren que nadie se inmiscuya. Y esas son las personas que amenazan y matan a los periodistas”.

Un escritor cosmopolita

Villoro vive entre México y Barcelona. Viaja con mucha frecuencia, fue diplomático en el Berlín comunista y ha dado clases, por ejemplo, en Yale y Boston. Es casi un emblema del escritor cosmopolita —ha traducido a numerosos autores alemanes— con raíces en todas partes. Pero, en muchos sentidos, el centro de su obra es México. Lo es de El testigo, quizá su gran novela, con la que ganó el Premio Herralde en 2004. En ella, un profesor de literatura en la Universidad de Nanterre vuelve después de mucho tiempo a un México en el que el PRI por fin ha perdido las elecciones y se inicia una especie de transición política. La novela refleja la tensión con su propio país, que parece percibirse no solo en sus libros, sino también en él mismo. “Cuando viajo, la gente que me parece más interesante es la que está inconforme con su país. La que está en tensión con él. El mejor registro de una época es generalmente un registro crítico. Nietzsche hablaba del pensamiento intempestivo, el pensamiento que escapa a la medida del tiempo porque no está conforme con la época. En ese sentido, yo creo que la literatura es una magnífica oficina de quejas para los desperfectos del mundo. No tiene mucho caso escribir para decir que todo está bien, que todo está en orden.”

Además, Villoro está escribiendo un libro sobre la ciudad de México y eso ha coincidido con un encargo especial: que contribuya a la redacción de la Constitución de la ciudad, un encargo raro y atractivo para un escritor que ha tocado todos los géneros en prosa, quizá con la excepción del jurídico. “La ciudad de México se ha convertido en un estado, así que necesita una Constitución. Nos han reunido a unas 30 personas, la mayoría por supuesto abogados y constitucionalistas, pero también representantes de asociaciones ciudadanas, de grupos indígenas, feministas y también algunos escritores. Nosotros  tenemos que presentar una propuesta y luego esta pasará a un congreso constitutivo que estará formado por diputados. Nosotros pasamos el proyecto a la realidad, es decir, a los diputados, por lo que puede suceder cualquier cosa.”

Implicación política

Aunque Villoro no ha formado parte de ningún partido, e insiste en ello, ha tenido una notable implicación política desde joven; es un hombre de izquierdas singular en la generación de escritores latinoamericanos a la que pertenece, en general mucho menos implicados en la política que antecesores como Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar o Gabriel García Márquez. “Mi generación fue bastante individualista. La generación anterior, la del 68, no acabó de cambiar el mundo pero intentó hacerlo. En la mía, un poco decepcionada, muchos autores se embarcaron en búsquedas individuales. Pero otros han sido muy activos. Empezando por el subcomandante Marcos, que tiene una obra amplísima. Es el escritor más prolífico de mi generación y es básicamente un escritor político.”

En un artículo reciente sobre el aniversario del levantamiento en Chiapas, publicado en El País, Villoro escribía: “El subcomandante Marcos renovó el lenguaje político con sentido del humor, parábolas de la Biblia, leyendas mayas, realismo mágico y aforismos de la contracultura. Algunos dudaron de la legitimidad de un intelectual de clase media como vocero de los indios. Otros decidieron tomar en serio su propuesta de cambiar el país desde abajo, con los más débiles. Enemigo de la lucha armada y la izquierda dogmática, Octavio Paz juzgó que el triunfo de Marcos era un triunfo del lenguaje”.

Con todo, Villoro no tiene las esperanzas políticas que tenía hace un tiempo. Le parece que el PRI volverá a ganar las elecciones y que se ha producido una evolución de lo que Vargas Llosa llamó la “dictadura perfecta”: “Ahora es la ‘caricatura perfecta’. La situación es muy crítica pero no hay una expectativa de cambio, un horizonte”.

“La literatura es una magnífica oficina de quejas para los desperfectos del mundo”

Villoro es un gran conversador —y uno de los conferenciantes más efectivos que he visto— y sus libros tienen algo de conversacional. Lo tienen sus crónicas de fútbol, sus libros de viajes y también sus ensayos literarios, recogidos en dos volúmenes brillantes, Efectos personales (Anagrama, 2001) y De eso se trata (Anagrama, 2008). “Conversar modifica la realidad. En De eso se trata menciono que cuando vas a un museo con alguien y te señala un detalle de un cuadro que probablemente no habías advertido, el cuadro cambia. El ensayo es el arte de mirar algo y de pronto destacar un aspecto que probablemente tu acompañante, en este caso el lector, no había advertido y así se acrecienta su percepción del libro o del tema que estás tratando. En el caso de un libro de viajes, es como subir una carretera con un acompañante. Si es un petardo, el viaje va a ser monstruoso, como quedarte atrapado en un ascensor con un vendedor de seguros; eres un cliente cautivo al que venderle un seguro contra quedarte encerrado en un ascensor. La conversación transfigura la realidad. La literatura, sobre todo la de viajes o el ensayo, tiene que ver con eso. No es tanto ofrecerle una mirada al lector como acompañarle, darle una conversación sobre un tema que excede al libro.”

Un espectador privilegiado

Juan Villoro, como recogía el jurado del Premio Diario Madrid, es un espectador privilegiado de la realidad mexicana y española. Pero es sobre todo un espectador vocacional, alguien que ve y cuenta. Eso es en persona, pero también claramente en sus libros y sus artículos. “Lo que me interesa de la figura del testigo es no solamente que es alguien que da cuenta de lo que ve, sino que convierte eso en un problema. ¿Hasta dónde podemos ser testigos genuinos y verosímiles de lo que vemos? En un sentido óptico podemos ver ciertas cosas, en un sentido jurídico una persona califica para ser testigo en un tribunal si cumple una serie de condiciones —si lleva gafas, que al ver el hecho juzgado las llevara puestas, que no estuviera borracho—, pero en un sentido moral, ¿hasta dónde comprendemos lo que vemos? A mí me interesa mucho la rendición de cuentas, pero también el problema de saber hasta qué punto estoy contando la realidad. Poner en tela de juicio lo que haces.”

La cafetería se empieza a llenar de turistas y ruido. Villoro quiere aprovechar su estancia en Madrid para ver algunos museos. Volvemos al hotel, pero la despedida dura casi tanto como la entrevista: de pie en la entrada habla de libros que le parecen malos pero cuya trama recuerda al detalle, de los inmensos cambios en el sector de los medios desde que él empezó su trabajo, de jóvenes escritores y periodistas españoles, de la necesidad de aprender a envejecer y del recambio generacional que, con grandes dificultades, está teniendo lugar en España. “Hay un momento histórico en el Real Madrid en el que Valdano, siendo entrenador, tiene que sacar al favorito de la tribu, que es Butragueño, y meter a un tal Raúl, al que nadie conoce. El propio Valdano se preguntó quién era ese Raúl para quitarle el afecto al consentido de la afición. Era Cronos [el joven titán que, según la mitología griega, derrocó a su padre y reinó hasta que fue derrocado por su hijo], que volvía a ganar a su manera.”