24/2/2020
Análisis

La maldición turca

Su localización geográfica incluye a este país en todos los eslabones de la cadena de los narcóticos: a veces productora, otras intermediaria y, cada vez más, consumidora

Daniel Iriarte - 13/05/2016 - Número 33
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La maldición turca
Soldados turcos queman marihuana durante una operación el 8 de julio de 2013 en el distrito de Licê, en la provincia de Diyarbakir. MEHMET ENGIN / AFP / Getty
Hay países cuya condición viene marcada de forma aplastante por su geografía. Turquía, con más de 2.600 kilómetros de fronteras con Oriente Medio, el Cáucaso y los Balcanes, ha sido siempre parte de las grandes rutas de comercio e, inevitablemente, un punto clave para el narcotráfico. Una tendencia que no ha hecho sino aumentar con los años, tal y como apuntaba en diciembre Necdet Ünüvar, jefe del Consejo Técnico para la Lucha contra las Drogas: “En 2013, en toda Europa se incautaron 4,8 millones de pastillas de droga, el doble que en 2009. Comparativamente, en Turquía incautamos 4,4 millones”. El año pasado la policía interceptó más de seis toneladas de estupefacientes solo en Estambul.

Un vasto territorio, buenas comunicaciones y una extendida corrupción convierten a Turquía en un país ideal para el transporte de narcóticos. Además, debido a su importancia como potencia exportadora, los camiones turcos inundan las carreteras de Europa y Asia, lo que hace virtualmente imposible un control exhaustivo de estos vehículos. Las autopistas AH1 y E80 cruzan el país de este a oeste, conectando los pasos fronterizos de Irán o Azerbaiyán con la tradicional ruta de los Balcanes y, cada vez más, con los puertos del mar Negro y posteriormente Ucrania.

La policía turca capturó 230 kilos de heroína en un solo día, la misma cantidad que en España en un año

En el paisaje rural del centro y este de Anatolia, montañoso e inaccesible, existen plantaciones clandestinas de cannabis a las que se añaden las cosechas traídas desde lugares como Líbano, Irán o Afganistán, lo que hace que este sea el producto que con más frecuencia incautan las autoridades (2,5 toneladas en 2015). Pero la reina de los estupefacientes en Turquía sigue siendo la heroína: en un solo día, el pasado 19 de enero, la policía capturó más de 230 kilos de esta sustancia, la misma cantidad que en España en todo un año. Tal y como señala un informe policial consultado por AHORA, en los últimos años el país se ha visto severamente afectado por el repunte del contrabando de opio y sus derivados desde Afganistán.

“Durante los últimos años, la policía ha estado proclamando a los cuatro vientos su gran éxito en la lucha contra los traficantes, haciendo un gran énfasis en el elevado número de incautaciones de heroína. Ciertamente, a diferencia del pasado, hay voluntad de luchar contra el narcotráfico. Pero esto, en mi opinión, puede usarse como coartada para desviar la atención del hecho de que todavía hay muchísima heroína circulando en el país”, afirma el periodista turco Cengiz Erdinç, experto en crimen organizado y autor del libro Overdose Türkiye (Sobredosis Turquía, 2004). “Estas incautaciones no me sorprenden: es natural que a medida que aumenta la producción de opio en Afganistán, también se incrementen las operaciones policiales turcas”, sostiene.

Hasta los años 70, el papel prominente de Turquía en el mapa de las drogas se debía sobre todo a su carácter de primer exportador mundial de opio, que se cultivaba legalmente en el país. El producto era enviado en bruto a laboratorios en Beirut, París o Marsella, donde era procesado. Este comercio generaba tantos ingresos que era conocido como el oro marrón, por lo que no es de extrañar que Ankara se opusiese con vehemencia a los intentos de la Liga de las Naciones, en 1925, de prohibir su producción y venta.

Presión de Estados Unidos

La tolerancia de las autoridades se apoyaba además en que, a diferencia del vecino Irán, donde había un millón de adictos al opio, en Turquía se desconocía el problema de la drogodependencia. Pero Estados Unidos comenzó a bombardear al gobierno turco con peticiones para que implementase unas restricciones que ya estaban cobrando cuerpo en el resto del mundo, presión que se volvió insoportable después de que el presidente Richard Nixon lanzase su famosa guerra contra las drogas en 1971.

Tras el golpe de Estado de ese mismo año, la nueva junta militar turca accedió a las peticiones estadounidenses, erradicando casi totalmente los cultivos de adormidera. La prohibición tuvo varios efectos inmediatos: la producción de opio se trasladó a otras regiones del mundo, sobre todo al Triángulo Dorado (la región fronteriza entre Birmania, Tailandia, Laos y el sur de China) y el llamado Creciente Dorado, compuesto por Afganistán, Pakistán e Irán. Mientras la primera zona se convirtió en la principal suministradora del mercado estadounidense, la segunda abastecía a Europa. Y Turquía estaba en medio.

En lugar de resignarse a perder semejante fuente de ingresos, las mafias turcas optaron por reinventarse, instalando laboratorios para procesar la droga. Turquía se convirtió en un país que importaba opio en bruto y exportaba heroína. Pero como consecuencia de aquello, una parte del producto se quedó en el país. En los años 70 aparecieron los primeros heroinómanos turcos, cuyo número ya no dejaría de crecer hasta alcanzar cifras récord en 2014.

Implicación del Estado

A partir de los años 80, algunos grupos organizados dentro del aparato estatal comenzaron a operar en connivencia con los narcotraficantes. En algunos casos, a notorios criminales se les dejó plena libertad para operar a cambio de su ayuda en la guerra sucia contra los militantes de grupos armados armenios y kurdos, como el Ejército Secreto para la Liberación de Armenia (ASALA) o el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK). Uno de los más famosos fue Abdullah Çatli, un militante ultranacionalista que cumplió condena por narcotráfico en Francia y Suiza, pero que era empleado habitualmente como asesino a sueldo por los servicios de inteligencia turcos, que en 1990 le ayudaron a fugarse de la prisión suiza donde estaba encarcelado.

Estos vínculos llegaron a ser tan estrechos que algunos observadores acuñaron el término “crimen organizado de Estado” para definir lo que sucedía en el país. En una entrevista concedida desde la cárcel en 2006 a los criminólogos Frank Bovenkerk y Yücel Yesilgöz, el narcotraficante Hüseyin Baybasin, conocido como el Pablo Escobar de la heroína, detallaba la profunda implicación de las autoridades en el manejo de estupefacientes. “El producto [la heroína] se traía al Kurdistán de Turquía vía Irán. En la frontera, el Ejército turco se hacía cargo del transporte. Solía ir a través de las montañas, pero ahora se hace de forma diferente. Hay aerolíneas controladas por el Estado, como Turkish Airlines, cuyos aviones se usan especialmente para este propósito. Barcos de la Armada se usan también para la región europea, pero ese es otro asunto”, declaró.

Según Baybasin, el Estado turco cooperaba con el señor de la guerra afgano Rashid Dostum para asegurarse un suministro regular de heroína, a la vez que se le proporcionaban los químicos necesarios. “Turquía le envía a Dostum grandes aviones llenos de los recursos que necesita, o la heroína llega en coche a través de la frontera con Irán y Armenia. Allí hay lo que llaman campamentos del ejército, que en realidad son laboratorios”, aseguró el traficante.

Su testimonio hay que tomarlo con cierta cautela, puesto que Baybasin, de origen kurdo, acabó pasándose al otro bando y utilizó sus vastos recursos económicos para financiar al PKK. En cualquier caso, las conexiones entre el Estado y la mafia turca quedaron expuestas en 1996 tras un accidente de tráfico en la localidad turca de Susurluk, donde un camión se estrelló contra un coche en el que viajaban el jefe de policía de Estambul, el propio Abdullah Çatli, su novia y un líder paramilitar kurdo anti-PKK. Los tres primeros murieron. El cuarto alegó haber perdido la memoria, aunque no engañó a nadie: Çatli, buscado por la Interpol, poseía un pasaporte diplomático turco con un nombre falso, lo que evidenciaba la protección de la que gozaba en las altas esferas. Tras el incidente se creó una comisión parlamentaria que, enfrentada a todo tipo de obstrucciones y trabas, no pudo concluir nada, excepto que la cantidad de dinero que el narcotráfico movía en Turquía era superior al presupuesto estatal.

Conexiones con el PKK

El gobierno turco asegura desde hace dos décadas que el PKK está implicado en el narcotráfico, especialmente en el transporte y venta de cannabis y heroína. Aunque todo apunta a que gran parte de estas acusaciones han sido exageradas por razones propagandísticas, es un hecho que cientos de individuos vinculados con la guerrilla kurda han sido detenidos en diferentes países europeos por traficar con estupefacientes.

El dinero que el narcotráfico movía en Turquía en la década de los 90 era superior al presupuesto estatal

Entre 2009 y 2011, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos puso a los principales líderes del PKK (entre ellos Murat Karayilan y Cemil Bayik, sus jefes políticos y militares) en la lista de individuos relacionados con el narcotráfico, una acusación a la que la mayoría de las policías europeas dan credibilidad. Además, algunos narcos kurdos muy conocidos, como Baybasin o Behçet Cantürk, han admitido haber proporcionado fondos a la guerrilla.   Otras sustancias también se han hecho un hueco en el país. La cocaína es cada vez más demandada por algunos sectores sociales de alto poder adquisitivo, y llega al país mediante una rocambolesca ruta a través de Nigeria, cuyas mafias controlan este tráfico y utilizan mulas humanas que la transportan vía aérea en pequeñas cantidades. Las anfetaminas y otro tipo de pastillas suponen asimismo un porcentaje muy importante de los narcóticos que circulan por Turquía y después se reparten al resto del mundo.

Entre estos destaca el clorhidrato de fenetilina, más conocido como Captagon, el nombre con el que antes se comercializaba esta sustancia, hoy prohibida. Se trata de una poderosa anfetamina euforizante que, aunque utilizada con fines recreativos en algunos países, debe su fama sobre todo a la guerra de Siria: es utilizada de forma regular por casi todos los bandos, cuyos miembros pueden así combatir sin descanso durante días. Su popularidad no deja de ir en aumento, como demuestra la incautación, el pasado 22 de diciembre, de 1,7 millones de tabletas en la provincia turca de Hatay, en la frontera siria.

Bonzai, la droga de los pobres

Pero la droga que más está devastando el entorno urbano de Turquía es el bonzai, un cannabinoide sintético y muy barato que se ha extendido como una epidemia por la periferia de las principales ciudades del país. Desde que fue detectado por primera vez en 2011, su uso se ha multiplicado por nueve cada año.

El riesgo que supone para la salud es “cien veces superior al de la heroína”, según Ismail Karakas, director general de la Asociación para Combatir la Drogadicción y el Alcoholismo. “Esta droga destruye completamente la serotonina del cerebro, que es una hormona que contribuye a las sensaciones de bienestar y felicidad. El bonzai es famoso por producir sensaciones extremas de ansiedad, provocando que muchas víctimas mueran de ataques al corazón”, dijo en una entrevista con la agencia turca Anadolu.

Pero ahí radica precisamente su atractivo: los distribuidores lo venden como un “viaje de la muerte”, del que algunos no se recuperan. A pesar de ello, su bajo precio (2 liras turcas, unos 70 céntimos de euro) la ha convertido en la nueva droga favorita de la esfera marginal, de un modo similar al lugar que en otras regiones ocupa el crack. El bonzai se vende en forma líquida, en polvo o en tableta. Los componentes psicoactivos llegan a Turquía procedentes de China, Estados Unidos o Europa, y una vez en el país son mezclados con plantas como la salvia o la damiana. La combinación es envasada en paquetes de un par de gramos, que son los que llegan a los adictos.

Conclusión: Turquía es parte de todos los eslabones de la cadena del ciclo de los narcóticos. A veces productora, en ocasiones etapa intermedia y, cada vez más, consumidora. Consecuencia todo ello de una localización privilegiada en el mapa que, en este caso, resulta una maldición.