29/2/2020
Arte

La Tour. La imagen del silencio

La muestra del Museo del Prado reúne 31 de las 40 obras conservadas del pintor francés del siglo XVII

La Tour. La imagen del silencio
La Buenaventura, Georges de La Tour. Nueva York, Lent by The Metropolitan Museum of Art, Rogers Fund, 1960
Los pintores barrocos de la Contrarreforma, Caravaggio en Italia y Velázquez en España, desarrollaron nuevos motivos iconográficos en defensa de las enseñanzas del Concilio de Trento y en contra de las críticas de los reformadores. Bajo tales influencias, la iconografía de la Magdalena penitente dejó de lado el guiño a su pasado lascivo que había surgido en el Renacimiento y floreció convertida en un poderoso símbolo de la devoción del sacramento de la penitencia.

De todos los artistas barrocos, quizá el que mejor representó las complejidades y paradojas de María Magdalena fue el enigmático Georges de La Tour (1593 - 1652). Su historia parece haber ocupado un lugar importante en la imaginación de este artista francés. Pintó varias versiones, cada una diferente y conmovedora a su manera. La que puede considerarse la más significativa, una obra tardía que se encuentra en la National Gallery de Washington, se puede contemplar estos días en la exposición que el Museo del Prado le dedica al pintor. En el cuadro aparece María Magdalena sentada y pensativa. La luz centra la atención en el rostro contemplativo, que mira al espejo que en este caso sirve para mostrar el reflejo de la calavera. Para la crítica Susan Haskins,  en este lienzo “los sentidos, la vista y el tacto están unidos con las emociones y el intelecto con el fin de meditar sobre la muerte y sobre lo que yace más allá”.

Pintores de la realidad

Que Georges de La Tour estuviese perdido durante casi tres siglos y a la vez estuviera presente es una de esas anomalías que atormenan a los historiadores del arte. Año tras año sus luminosas pinturas podían verse en espacios públicos y privados en Francia, España e Inglaterra con etiquetas que las identificaban como obras de Murillo, Ribera, Velázquez, Rembrandt, los hermanos Le Nain e, inevitablemente, Caravaggio.

La Tour murió en 1652 y poco tiempo después lo hizo también su reputación. Si bien pasó la mayor parte de su vida en la provincia francesa de Lorena, su arte obtuvo el favor y el reconocimiento de figuras tan influyentes como Luis XIII y el cardenal Richelieu. Aun así, la moda en el arte puede ser tan voluble como las preferencias políticas de un monarca. No hubo lugar para su imaginario austero e intenso en una época que festoneaba Francia con el ligero encanto del Rococó de Versalles. El nombre y la fama desaparecieron en un casi total y largo eclipse.

Durante casi 300 años los lienzos del pintor francés fueron atribuidos a grandes maestros del barroco

Con motivo de la inauguración de la muestra Pintores de la realidad, que se celebró en el Museo de la Orangerie en 1934 y en la que La Tour fue presentado en un museo por primera vez, el historiador Anthony Blunt comentaba: “No sucede a menudo que una nueva estrella de primera o incluso segunda o tercera magnitud irrumpa en el cielo de la pintura”. La exposición que le dedica el Museo del Prado confirma lo que ha sido obvio durante mucho tiempo: que La Tour no es simplemente un seguidor competente de Caravaggio, sino un artista de gran talento y estilo personal que legó una obra cuya grandeza, misterio y silencio lo acercan a los grandes maestros del arte y la literatura francesa del siglo XVII.

Los intereses de La Tour parecen haber oscilado regularmente entre lo temporal, los extravagantes y enérgicos episodios de luz diurna, y lo espiritual, las misteriosas escenas nocturnas. El que contempla las piezas, por un lado, entra en un mundo que refleja las miserias de la vida en la calle y en el que hay músicos de zanfoña ciegos, mendigos. Las imágenes pueden ser salvajes en su franqueza, pero nunca anulan la dignidad humana. Por otro lado, el espectador se asoma a escenas resplandecientes y profundamente espirituales que se organizan a la luz de una vela, y en las que los esperados símbolos de veneración —halos, alas, cruces— están extrañamente ausentes.

La exposición presenta 31 de las 40 obras que se conservan a día de hoy, incluyento Ciego tocando la zanfonía y San Jerónimo leyendo una carta, ambas obras pertenecientes a la colección del Prado. Esta última fue descubierta en los fondos del Ministerio de Trabajo por el miembro del Real Patronato del Museo del Prado José Milicua, y su incorporación convirtió la pinacoteca española en una ineludible referencia para el estudio de la obra del maestro francés. Estas dos piezas dialogan por primera vez con cuadros traídos de colecciones europeas, principalmente francesas. Después de haber sido olvidado durante más de 270 años, sus compatriotas lo veneran hoy con fervor. El Museo del Louvre ha colaborado con la muestra enviando su versión de El tramposo del as de diamantes.

Esa pieza presenta a un joven de aspecto presumido y algo inocente que ha caído en poder de unos astutos timadores. La víctima se concentra cuidadosamente en la mano que esta jugando mientras el otro jugador saca un as ganador de la parte de atrás de su fajín. La imagen es paradigmática del La Tour temprano: no hay ninguna ventana al mundo exterior, ningún detalle decorativo en primer plano o en el fondo, ningún tipo de adorno más alla de los caros vestidos, y las joyas y monedas que hay sobre la mesa.

El cuadro tiene otro interés: el joven y las dos mujeres parecen ser imágenes idealizadas. En un estudio de 1976, el historiador británico Benedict Nicolson sugería que la figura del tramposo podría ser un autorretrato. Si La Tour hizo algún retrato, ninguno sobrevive, pero la conjetura es seductora. Los registros de los últimos años de La Tour revelan a un hombre difícil, que al final de su vida no fue exactamente un modelo de virtud cívica.

Nocturnos

A partir de 1630, el artista francés dirigió su atención a escenas nocturnas. Componía célebres imágenes de figuras sagradas misteriosamente atrapadas en la luz y la sombra de la llama parpadeante de una vela.

En una época en la que la Contrarreforma la iglesia católica luchaba para hacer frente al desafio del protestantismo a través de la creación de una nueva iconografía que agitase el fervor religioso, es tentador pensar en el arte religioso de La Tour como un acto de mercantilismo. Resulta más interesante la visión del académico francés Jacques Thuillier, quien comenta que a raíz de los desastres acontecidos regularmente en la región de Lorena los nocturnos serían una “meditación sobre la fragilidad humana, la incertidumbre de su destino, sobre el sufrimiento y la muerte”.

Una de las piezas clave de la producción de nocturnos del pintor francés, y sin duda una de las obras clave de la muestra del Museo del Prado es El recién nacido. Al igual que con el resto de su producción, esta pieza ha suscitado controversia en los círculos académicos. Habida cuenta la tendencia de La Tour de colocar la imaginería religiosa en un ambiente secular, algunos autores consideran que es totalmente plausible que la pintura esté pensada para mostrar a Jesucristo con María y la madre de esta, Ana. Otra escuela de expertos insiste en que no es y no puede ser confundida con una escena de la natividad. El escritor Aldous Huxley, admirador del pintor francés, sostenía que la cuestión de la intencionalidad no es tan importante: “Incluso si el arte de La Tour carece por completo de un sentido religioso —comentaba—, es, sin embargo, profundamente religioso en el sentido de que revela con inigualable intensidad la siempre presente divinidad”.

Fue presentado en un museo por primera vez en 1934, en la exposición Pintores de la realidad

Debido a la laguna de 23 años en los archivos de La Tour, su persona y su obra han sido y siguen siendo un misterio para los estudiosos de su trabajo. Tampoco existe una respuesta definitiva a la cuestión de cómo o dónde aprendió los fundamentos del arte. En lugar de hechos hay un conglomerado de especulaciones. Los caravaggistas argumentan que, al igual que muchos aspirantes a pintores de esa época, lo más seguro es que La Tour viajase a Italia para aprender del maestro del barroco. El mundo del arte celebra a Caravaggio por sus dramáticos contrastes de luz y sombra, elementos que, en sus años de madurez, La Tour exploró con impresionante virtuosismo. Pero cuando Caravaggio murió en 1610,después de una corta y tumultuosa vida, dejó un pequeño ejército de seguidores en toda Europa Occidental. Por tanto, htambién una escuela que argumenta que La Tour pudo aprender todo lo que necesitaba sobre composición y uso de la luz sin tener que salir de Lorena.

Puede ser que hayan sido los literatos, y no los historiadores obsesionados con catalogar y definir, los que mejor hayan entendido la obra de La Tour. Así, el escritor y ministro de Cultura francés André Malraux (1901 - 1976) escribió en Las voces del silencio que “todo gran pintor tiene su secreto, es decir, el medio de expresión a través del que se muestra su genio”. En las pinturas de Georges de La Tour, explica el escritor francés, las sutiles gradaciones de color rojo funcionan como el instrumento del característico colorismo atenuado y a la vez evocador del pintor. Malraux intentaba sugerir que los viejos maestros, como regla, fundamentaron sus logros y personalidad artística en procedimientos técnicos, fórmulas y métodos de trabajo apropiados y únicos para sus propósitos. La paleta de La Tour, comentaba Malraux, parece repetir la de Caravaggio. Y sin embargo, el trabajo de los dos artistas es “totalmente diferente” y nunca podría ser confundido uno con el otro.

El secreto del pintor, por lo tanto, no es transferible. El misterio que los académicos e historiadores ven como un hueco en la historiografía del autor es para Malraux, y para muchos otros, la firma de la creación del artista.

Georges La Tour
Georges La Tour
(1593 - 1652)
Comisariada por Andrés Úbeda,
Dimitri Salmon
Museo del Prado
Hasta el 12 de junio