16/2/2020
Arte

Entre la cultura y el mercado

ARCOmadrid celebra su edición 35 en un clima de escepticismo en el sector sobre el papel de las ferias de arte

Carmen Juliá - 19/02/2016 - Número 22
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Entre la cultura y el mercado
Un visitante observa la escultura ‘Monochrome (Neon Orange)’ de Anish Kapoor en la inauguración de Art Basel de Hong Kong. Lucas Schifres / Getty
En la última década ha habido una rápida proliferación de ferias de arte contemporáneo. De Dubai a Bogotá y de Ciudad de México a Singapur, se suceden más de 200 en distintas ciudades del mundo a lo largo de todo el año. El pasado diciembre se celebraron en Miami 18 ferias en una semana, mientras que entre Nueva York y Londres se celebran en apenas dos semanas alrededor de 30. En Madrid, coincidiendo con ARCO, abrirán sus puertas al menos cuatro ferias paralelas y algunas galerías participarán, antes de que finalice el año, hasta en 10 distintas. Las ferias se han convertido en el espacio idóneo para ver y comprar arte contemporáneo, un fenómeno global que, junto con las bienales, ha pasado a ocupar un lugar privilegiado en el calendario artístico.

Su auge coincide con el impacto de la globalización en una escena artística que se ha multiplicado y cuya oferta es cada vez más heterogénea. Lejos queda aquel año 1967 en que dos galeristas de Colonia decidieron abrir el Kunstmarkt Köln, hoy Art Cologne, considerada la primera feria de arte contemporáneo. Durante cuatro días, coleccionistas y marchantes se dieron cita en la ciudad con el fin de promocionar el arte alemán más joven y agilizar así el mercado en la antigua Alemania occidental. Tres años después, el mismo modelo se instaló en Basilea, donde los organizadores extendieron su invitación a galerías internacionales. Durante años, estas ferias eran eventos discretos a la sombra de las grandes exposiciones organizadas por museos y bienales. Hoy forman parte de un mercado cuyo volumen acapara el 40% de las ventas de arte contemporáneo y que en 2014 movió casi diez mil millones de euros.

El mayor atractivo de las ferias radica en su capacidad para aglutinar en un solo espacio y durante unos pocos días una gran variedad de obras provenientes de países tan dispares como Estados Unidos, Alemania, Reino Unido, China, Singapur, Corea del Sur, India, México o Brasil. Para coleccionistas, galeristas, comisarios y artistas son además importantes eventos sociales donde establecer contactos, imprescindibles para sobrevivir en un mercado que aspira a establecer una conversación global motivada por la irrupción de nuevos agentes, como por ejemplo, Asia, Latinoamérica o Arabia Saudí. No obstante, según recientes estudios, como el publicado por Skate’s en 2015, Europa y Estados Unidos siguen colocándose a la cabeza del negocio, acaparando casi un 80% de las ferias internacionales, entre las que se incluyen las más influyentes: las tres ediciones celebradas por Art Basel (Basilea, Miami y Hong Kong), Frieze (Londres y Nueva York) y TEFAF en Maastricht, seguidas de FIAC y Paris Photo y del Armory Show y el Volta en Nueva York.

Las ferias de arte han adoptado estrategias asociadas a los museos para atraer a un público especializado

El incremento del número de ferias y la gran expectación que suscitan también ha levantado cierto escepticismo en el sector, dando lugar a lo que The New York Times llamó “Art Fair Fatigue”. En 2005, los organizadores de la Bienal de Moscú —Joseph Backstein, Daniel Birnbaum, Lara Boubnova, Nicholas Bourriaud, Rosa Martínez y Hans Ulrich Obrist— se reunieron en Londres coincidiendo con la tercera edición de la feria de arte contemporáneo Frieze. “Estábamos abrumados por el deseo de una lectura fácil, omnipresente en este evento y en todas partes”, escribieron en la introducción para el catálogo de la bienal y, a continuación, añadían: “Hay un gran apetito por comprender las cosas a primera vista. Es una especie de pereza generalizada. Es como si las ferias hubiesen ocupado el lugar de las bienales, con la organización de programas periféricos y eventos artísticos… El negocio de las ferias es vender obras a coleccionistas y a colecciones. Su principal negocio es comerciar. Esta actividad adicional es pura cosmética para encubrir su principal negocio”.

En los últimos años las ferias han adoptado muchas de las estrategias tradicionalmente asociadas a los museos o centros de arte para atraer a un público especializado. Frieze, Art Basel, SP-Arte São Paulo, Singapur o Art Dubai introducen en su organización un gran número de programas paralelos, secciones organizadas por comisarios, paneles de discusión donde se dan cita críticos, directores de museos, coleccionistas y artistas, actividades todas ellas que parecen ir encaminadas a distanciarse de la imagen de compra-venta que históricamente ha caracterizado a este evento.

En 2010, Marc Speigler, codirector de Art Basel, daba cuenta de este cambio: “El antiguo modelo de la feria de arte como un evento en el cual simplemente alquilas un trozo de suelo a los expositores y esperas a ver qué pasa, se ha terminado. La gente espera que haya un programa, paneles y debates, encontrar exposiciones y otros modelos de programación cultural”.

En 2012 Amanda Sharp, cofundadora y codirectora de Frieze decía estar más interesada en los valores asociados con el museo que en el mercado. “Queremos ser algo más que una feria —explicaba—, nuestra meta es crear un lugar de encuentro, un lugar donde iniciar conversaciones.” Comprar y vender quedaban así relegados a conceptos como comisariado, accesibilidad o comunidad.

La feria se perfilaba entonces como una plataforma para el intercambio cultural, fomentando la producción de ideas así como su dimensión educativa y social, mientras que su vertiente más comercial, el mercado, pasaba a ocupar un lugar secundario. Pero por mucho que el modelo de feria esté cambiando, bien es sabido que su negocio no radica ni mucho menos en su labor social. Al contrario, los ingresos de las ferias provienen de los patrocinadores, del número y la calidad de los expositores (que aumenta según el número de ventas que realicen en la feria), del público que paga por asistir y de la posibilidad de crear franquicias.

ARCO, la vieja gran dama

Dentro de este panorama y bajo la amenaza de una nueva recesión global, ARCOmadrid celebra su 35 aniversario —del 24 al 28 de febrero— apostando por un ambicioso programa de charlas, debates, paneles de discusión y encuentros en el que se darán cita 150 profesionales (directores de museo, comisarios, críticos de arte y artistas). ARCO es una de las ferias que más presupuesto dedica a invitar a profesionales del sector: destina casi un millón de euros. Ya en sus inicios en 1982, ARCO mostró la ambición de “unir el comercio y la cultura en una manifestación artística”, según el crítico Francisco Calvo Serraller, quien añadía, “dotando a la actividad propiamente ferial de una animación cultural, que incluía conferencias, conciertos y proyecciones, [ARCO] ha contribuido a dar altura e interés a la iniciativa”.

La primera edición, dirigida por la galerista Juana de Aizpuru, contó con la celebración de un simposio internacional de arte contemporáneo donde intervinieron críticos y teóricos como Giulio Carlo Argan, Achile Bonito, Rudi Fuchs o Barbara Rose. ARCO marcaba así una línea que la diferenciaba de otras ferias con las que siempre ha querido medir fuerzas, como FIAC o Art Basel, proponiendo ya desde el principio “convertir esta fecha en un foco de difusión cultural sobre el arte contemporáneo”, según explicaba Fernando Samaniego para El País, “un lugar de conexión del arte europeo con el de Latinoamérica y Estados Unidos”.

Desde su primera edición, ARCO surgió con una doble misión: por un lado, la difícil tarea de promocionar a nivel nacional el arte actual español y dotarlo de una proyección internacional; y por el otro, convertirse en un vínculo entre Europa y Latinoamérica, papel que ha ido tomando mayor protagonismo en los últimos años, coincidiendo con el rápido crecimiento y la consolidación de una bullente escena artística en el continente suramericano.

En 2006, tras 20 años como directora de la feria, Rosina Gómez-Baeza se despedía con una nota de optimismo: “El proyecto de ARCO se ha cumplido”. Un proyecto que respondía a “la creación de una demanda inexistente y a las necesidades de un país que carecía de infraestructuras culturales, de relaciones internacionales, con artistas poco conocidos fuera de España y poco apreciados en su propio país”.

En 1982 España contaba únicamente con tres o cuatro salas de exposiciones dedicadas exclusivamente al arte contemporáneo, hoy cuenta con más de 40. A los nuevos museos y centros de arte hay que sumar además un mayor número de galerías comerciales. Hoy se cuenta con un exceso de infraestructuras culturales, instituciones públicas ahogadas por la crisis económica sin presupuesto para desarrollar programas o ampliar sus colecciones. No deja de ser paradójico que, a pesar del número de centros dedicados a mostrar arte contemporáneo, este siga siendo un gran desconocido entre el público. A esto se añade la pésima proyección de artistas españoles a nivel internacional. No pasan de media docena los que en los últimos años han expuesto su obra en las grandes exposiciones internacionales como Documenta o la Exposición Internacional organizada por la Bienal de Venecia.

Cada año ARCO despierta una fuerte atracción mediática, situando el arte contemporáneo en el punto de mira. Pero esta cobertura es un arma de doble filo: por un lado, tiende a trivializar las propuestas, ya que se centra únicamente en obras controversiales sin atender a su contexto y relevancia en el mismo y, por el otro, atrae a un público no especializado que en numerosas ocasiones ha provocado las quejas de los expositores, ya que un público masivo dificulta la experiencia de quien va a comprar. No obstante, este público no especializado, que en 2014 alcanzó la cifra de 92.000 visitantes, es una de las razones de que la feria se haya mantenido a flote durante tantos años, ya que supone su segunda fuente de ingresos.

ARCO se enfrenta al reto de volver a ser una cita obligatoria en el calendario artístico internacional

En 2006, Juana de Aizpuru hacía balance de los 25 años de ARCO advirtiendo que “se tiene que depurar. El récord de taquilla y el encuentro verbenero hacen daño a la feria, que se debe centrar en las galerías y revistas, con un comité más reducido y con más arte de otros países”.
Entre 2006 y 2010, bajo la dirección de Lourdes Fernández y coincidiendo con la crisis económica, ARCO atravesó sus peores años, pasando a convertirse en un evento masivo que dejó de generar interés entre los coleccionistas internacionales. Lejos de competir con las grandes ferias, ARCO pasó a situarse dentro del grupo que Skate’s denomina las viejas “grandes damas”, junto a Colonia y Bruselas, ferias que se han mantenido durante décadas, pero que han dejado de ser una cita obligada en el calendario artístico.

Este es el gran reto que debe afrontar su actual director, Carlos Urroz, que en 2010 tomó las riendas de un ARCO que, una y otra vez, era descrito como “un modelo agotado”, un modelo de feria “en crisis”.

Urroz redujo el número de expositores y centró su atención en elevar el perfil internacional de la feria, invitando a un mayor número de galerías europeas jóvenes e incrementando la presencia de las provenientes de América del Sur, una presencia que, en palabras del propio Urroz, quieren “mimar mucho”. En esta edición, de las 221 galerías que se darán cita en ARCO, 47 provienen de América Latina, una oferta que supera a la de Pinta, la feria de arte iberoamericano que se celebra en Londres todos los veranos.

No obstante, con la rápida proliferación de ferias a ambos lados del Atlántico y alrededor del mundo, ARCO va a tener que ofrecer mucho más que “un puente entre Europa y Latinoamérica”. Esta por ver hasta qué punto su reciente expansión a Lisboa eleva su denostado lugar en el ranking de ferias internacionales.

En un mercado cada vez más competitivo y heterogéneo, el reto de ARCO radica en poder competir no ya con las grandes ferias, sino con las nuevas propuestas que llegan de Dubai, China, Brasil o India, que cuentan con generosos presupuestos destinados a atraer a un gran elenco de coleccionistas y a las más reputadas galerías.

Edición especial

Carmen Juliá
En su 35 aniversario, ARCO rinde homenaje a Madrid y a las instituciones que han apoyado su labor por dar a conocer el arte contemporáneo a un público más amplio.  En este contexto nace Año 35. Madrid, un proyecto comisariado por Javier Hontoria con la colaboración del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, que presentará intervenciones de artistas en espacios como el Museo Arqueológico Nacional, el Museo Nacional de Antropología, el Museo Naval, el Museo Casa de la Moneda, el Museo Cerralbo, Tabacalera, el Museo del Romanticismo, la Casa Árabe y la Embajada de Colombia. En estas sedes expondrán artistas como Adriano Amaral, Fina Miralles, Rogelio López Cuenca, Jane & Louise Wilson, Fernando García, Mikel Eskauriaza y Johanna Calle, entre otros.

Además, ARCOmadrid propone un intenso calendario de encuentros y debates. Desde los Encuentros Profesionales en los que se dan cita un amplio número de directores de museos, comisarios y críticos, entre otros agentes culturales, al Foro de Coleccionismo dirigido por Estrella de Diego y Miguel von Hafe, además de numerosas charlas entre las que destacan las dirigidas por Chus Martínez. Asimismo, los Artists’ Talks proponen un espacio de diálogo con artistas como Daniel Canogar, Luis Gordillo, Concha Jerez, Marina Núñez, Raphaël Zarka y Xabier Salaberria.