24/5/2017
Opinión

Las ‘black’ y la impunidad

Editorial - 23/09/2016 - Número 52
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El juicio a 66 beneficiarios de tarjetas black que se inicia el lunes 26 de septiembre debería ser un aldabonazo que acabara con la sensación de impunidad imperante entre ciertos aprovechateguis durante muchas décadas. El uso de estas tarjetas, cuya función era cubrir gastos de representación de altos cargos de Caja Madrid, fue pervertido bajo la égida de Miguel Blesa en un sistema de remuneración opaco al fisco, sin exigencia de justificación alguna, verdadero emblema de ese sistema clientelar tan certeramente descrito por el profesor Jaime Terceiro en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Se trata, en síntesis, de la “utilización de las capacidades normativa y de gasto de las distintas administraciones en beneficio de una o varias personas, empresas o grupos de interés, y en perjuicio de terceros, que generalmente son los ciudadanos”. 

El caso de las tarjetas black ilustra bien el principio de que repartir a todos favorece el silencio comprometido. Así que ahora se sentarán en el banquillo representantes del PP, PSOE, IU, sindicatos y patronal, imbuidos del convencimiento de que podían hacer lo que quisieran sin miedo a ser descubiertos y penalizados. Los centenares de miles de euros gastados en fiestas, ropa, masajes, juguetes y regalos que en ningún caso podían encubrirse como propios de ejecutivos de un banco en el ejercicio de sus funciones hieren especialmente la sensibilidad de quienes han sido vapuleados por el austericidio. Al final, resultó que una institución mal gobernada tuvo que ser rescatada con dinero público. A José Ignacio Goirigolzarri, el gestor que relevó en la presidencia de la entidad a Rodrigo Rato, reconozcámosle la valentía de haber expuesto al público el vergonzoso engaño.

El efecto de los rayos gamma sobre las margaritas y la combinación de la burbuja inmobiliaria, el crédito fácil y la alta recaudación fiscal hizo que gobernantes y cargos designados por entidades centrales en la democracia —como partidos y sindicatos— se sintieran legitimados para malgastar sin tasa y sin pudor. Asombra lo extendida que estuvo la corrupción en ese tiempo, sin más consuelo que nos separe de ser un país corrupto que observar cómo los  jueces sentencian y encarcelan a líderes políticos. Los malaventurados fallaron a la ciudadanía y lo hicieron del modo más desvergonzado posible, buscando el enriquecimiento personal y el de los entornos afines. El papel de primer protagonista en este proceso corresponde de modo indudable al PP, aunque tenga pendiente acabar de pagarlo en las urnas. Su reputación seguirá manchada hasta que emprenda el proceso de renovación al que se resiste. Otros actores le acompañan en el escenario, de modo que el sistema presenta daños de los que solo saldremos cuando se recupere la vergüenza.