18/8/2019
Música

Las restauraciones de Bob Dylan

Con Fallen Angels persevera en su delicado y erudito trabajo de rescate del cancionero tradicional americano

Carlos Reviriego - 03/06/2016 - Número 36
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Las restauraciones de Bob Dylan
Bob Dylan. Columbia Records
La aparición del álbum Self Portrait en 1970 oposita como uno de los gestos más desconcertantes de la historia del rock. Quien fuera celebrado apenas unos años atrás como el mesías de la contracultura y alto sacerdote de la canción protesta, y cuyos fans aún estaban digiriendo su conversión eléctrica, se “autorretrataba” irónicamente con un disco doble de versiones de canciones tradicionales y de otros artistas coetáneos, como Simon & Garfunkel (The Boxer). El crítico Greil Marcus comenzaba su enfurecida y perpleja crítica del álbum en Rolling Stone con las palabras que parecían estar en boca de todo el mundo: “¿Qué es esta mierda?”. El texto se convirtió al instante en un clásico de la literatura musical y periodística, pero también, con el tiempo, en una evidencia más de que los movimientos dylanianios siempre han sido inescrutables.

Sean las originales cintas del sótano de 1967—editadas en su integridad hace dos años: The Bootleg Series Vol. 11. The Basement Tapes— o el magnífico díptico Good as I Been to You y World Gone Wrong de los años 90 —la antesala de su resurrección con Time Out of Mind (1997)—, Dylan nunca ha dejado de regresar a la música tradicional. Lo ha hecho de modo intermitente y seguramente cuando más lo necesitaba, como si tomara impulso hacia otra de las múltiples direcciones insólitas y desconcertantes que ha tomado a lo largo de su carrera. Todas ellas están en el océano de alguien que quizá no sabe lo que quiere cantar, o cómo o por qué, pero que confía en que los viejos temas puedan encerrar siquiera el asomo de una respuesta. “Estas viejas canciones son mi léxico y mi libro de oraciones”, le dijo el músico a The New York Times en 1997. “Todas mis convicciones proceden de ellas, literalmente. Puedes encontrar ahí mi filosofía entera. Creo en un dios del tiempo y del espacio, pero si me preguntan dónde está, mi impulso es remitirles a esas canciones.”

Es una mascarada más de Dylan para autorretratarse con la música y las letras de otros

A cuatro días de cumplir 75 años de edad, con la publicación el pasado 20 de mayo del álbum Fallen Angels, el autor de Like a Rolling Stone —cuyas sesiones de grabación íntegras se editaron de forma oficial hace apenas unos meses en The Bootleg Series Vol. 12: The Cutting Edge 1965-1966— parece completar una nueva trilogía en su prolífica, inagotable carrera. Como Christmas in the Heart (2009) y Shadows in the Night (2015), su nuevo álbum rescata otros 12 temas del viejo cancionero tradicional, desde “Young at Heart” a “Come Rain or Come Shine”, todas ellas también grabadas por Frank Sinatra de los años 30 a los 50, como las del disco anterior. No es en ningún caso una impugnación ni un tributo a Sinatra —“¿Compararme con él? Nadie puede tocarle”, dijo—, sino una mascarada más de Dylan para autorretratarse con la música y las letras de otros: Irving Berlin, Cy Coleman, Rodgers & Hammerstein, Sammy Cahn, Johnny Mercer o Jimmy Van Heusen. “Si conoces esas canciones, si las puedes entender y cantarlas bien, no hay ningún lugar al que no puedas llegar.”

Desenterrar canciones

El juego de palabras es intraducible. En el argot musical anglosajón, versionar un tema es hacer un cover, que también significa “cubrir, enterrar”. Dylan dijo que los temas de Shadows in the Night no son covers, sino que más bien había uncover (desenterrado) canciones que considera que nunca alcanzaron la popularidad que merecen. Temas con los que Dylan se sentía en deuda porque la microhistoria cultural de su país también estaba en deuda con ellos. Son estándares del cancionero americano, viejos clásicos, pero interpretados por Bob Dylan y su actual banda —Tony Garnier, Stu Kimball, Donnie Herron, Charlie Sexton y George Receli—, que sonaban con la cruda y precisa emoción de los últimos trabajos del legendario poeta y músico, en los que el sonido jazzístico de una big band daba paso a los efluvios country y a la intimidad de un grupo de cinco músicos, sin piano ni mezclas y una base de percusión mínima.

Fallen Angels pudo haberse grabado en la misma sesión que el anterior álbum, pero el tono es muy distinto. Shadows in the Night cantaba al amor enfermizo, a la cálida desesperanza de “I’m a Fool to Want You”, por ejemplo, la primera de las diversas canciones sobre amantes perdidos, sentimientos irrecuperables, años que se perdieron en el recuerdo, aislamientos y esperanzas inmarchitables. La ligereza de Fallen Angels, por su parte, funciona como contrapunto a aquella lúgubre melancolía de salón, donde la banda interpreta piezas chispeantes, incluso bailables, como “That Old Black Magic” o “Polka Dots and Moonbeams”. Además, estos nuevos temas son mucho más conocidos —“Melancholy Mood” suena como un blues de after-hours, mientras “It Had to Be You” traslada directamente al universo romántico de Woody Allen—, con lo que es más fácil prestar atención a cómo la voz de “pegamento y arena” de Dylan (Bowie dixit) desplaza la pureza y sonoridad de La Voz en el cancionero americano.

Erudito de la historia estadounidense y sus ramificaciones creativas —especialmente del periodo de la guerra civil, una de sus múltipes obsesiones—, Dylan profundiza en su demostrada vertiente de historiador a medida que pasan los años. Desde su programa radiofónico Theme Time Radio Hour, pinchó y comentó durante 101 programas (2006 - 2009) un monumental catálogo propio de la canción clásica estadounidense bajo una cornucopia de temas tan diversos como el dinero, el béisbol, el correo, la noche, los presidentes o el beso. Si algo se acerca al canon dylaniano de la cultura musical de Estados Unidos es este inmenso archivo de programas que se puede econtrar completo en la web.

En el magnífico ensayo de 350 páginas Bob Dylan in America (Doubleday, Nueva York, 2010), Sean Wilentz desbroza el modo en que su arte se integra en el imaginario tradicional hasta diluirse en las porosas fronteras del sitema cultural estadounidense. El trabajo de arqueología y exploración da paso en estos álbumes a un delicado trabajo de restauración que apunta a la emoción esencial de los temas. La voz de Dylan en su faceta crooner no puede ser la misma que la del mítico álbum Nashville Skyline (1969), donde se medía hasta con Johnny Cash, pero las resonancias espectrales de su voz, que entiende cada nota y cada giro de las canciones desde su corazón, propulsan las melodías clásicas a un lugar transitado por los fantasmas del arte estadounidense.

Fallen Angels
Fallen Angels
Bob Dylan
Columbia Records