13/11/2019
Análisis

Londres contra la muchedumbre del Brexit

Reino Unido no podrá ser una potencia global si deja de ser una potencia regional

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Londres contra la muchedumbre del Brexit
Frente al Parlamento británico, en Westminster, miembros de Greenpeace modifican el lema “Enviamos 350 millones de libras semanales a la UE” de un autobús utilizado en la campaña a favor del Brexit. Jack Taylor / Getty
La victoria del Brexit en el ya histórico referéndum del 23 de junio de 2016 ha sido un auténtico shock para la clase económica y política de Reino Unido. Tanto es así que en la mañana del 24 el establishment inglés se dio cuenta de que había perdido el control del país, algo que no ha ocurrido en siglos. Tradicionalmente, las élites londinenses, la mayoría formadas en las universidades de Oxford y Cambridge, han contado con la confianza y el respeto de su pueblo. Pero de repente se enteraron de que ya no es así. Eso es lo que tienen los referéndums. Le dan la posibilidad a la ciudadanía de quitarle por un día el poder de decisión a la clase gobernante. Y en este caso el mensaje del pueblo británico fue contundente: “El 52% de nosotros estamos muy cabreados y queremos un cambio de rumbo”.

Muy pocos en Londres, y en el resto de Europa, esperaban este resultado. Lo cual demuestra la gran desconexión que hay en la era de la globalización entre las élites móviles transnacionales y sus poblaciones, mayoritariamente sedentarias. El establishment londinense estaba completamente convencido de que, pese al sentimiento euroescéptico que domina la isla, la mayoría de los británicos iban a ser pragmáticos y votar a favor de la permanencia en la Unión Europea. Solo eso puede explicar que Whitehall, el centro del poder del Estado en Reino Unido, no tuviese un plan de contingencia frente al Brexit. Con tantas mentes prodigiosas y estratégicas reflexionando a diario sobre cómo afrontar todo tipo de crisis (reales y virtuales), llama la atención que nadie estuviese pensando qué hacer si a la mayoría de los electores les diese por votar a favor de la salida de la UE.

Rey por un día

Esta falta de planificación (tan poco inglesa) ayuda a explicar el caos que se vivió el 24 de junio en Reino Unido. La dimisión del primer ministro David Cameron y el anuncio de la primera ministra de Escocia, Nicola Sturgeon, de que si Reino Unido se salía de la UE Escocia pediría un segundo referéndum de independencia para abandonar Reino Unido y unirse a la Unión, anunciaban un terremoto político de incalculables consecuencias. Sin embargo, los referéndums solo ceden el poder al pueblo durante un día. A la mañana siguiente, el poder vuelve a las estructuras del Estado y estas empiezan a digerir, procesar y moldear la decisión del pueblo soberano. Esto explica que Cameron no activase la mañana del 24 el artículo 50, que empieza el proceso de salida de la UE.

Crece la desconexión entre las élites móviles transnacionales y sus poblaciones, mucho más sedentarias

Esta postura dubitativa inició las dudas de si realmente Reino Unido va a salir de la Unión. Esto puede sonar sorprendente. Todo el mundo sabe que el principio de la democracia está muy consolidado en Reino Unido y por lo tanto es muy improbable que la clase política británica se niegue a llevar a cabo la voluntad del pueblo soberano. Sin embargo, hay otro principio también muy británico que dice así: the mob cannot rule, es decir, la muchedumbre no puede gobernar. Todos los que han estudiado en Oxford —y la mayoría de los primeros ministros en la historia de Reino Unido así lo han hecho, incluso la actual primera ministra y sustituta de Cameron, Theresa May— tienen muy claro que lo peor que le puede pasar a la democracia británica es que se convierta en una oclocracia o gobierno de la muchedumbre. Y lamentablemente los estudios sociodemográficos de la votación del referéndum parecen apuntar en ese sentido.

Se estima que un 20% de los votantes a favor del Brexit son proliberales (con estudios) que quieren deshacerse del yugo regulatorio de la UE, pero la gran mayoría son personas con bajos niveles de estudios y de ingresos, de avanzada edad, del medio rural o zonas industriales en decadencia y del norte de la isla (excluyendo las grandes ciudades como Manchester, Liverpool, y por supuesto Escocia). En otras palabras, se trata de lo que se podría llamar los nativistas y perdedores de la globalización. Por lo tanto, la victoria del Brexit ha sido más un voto de protesta hacia Londres y los centros intelectuales de Oxford y Cambridge (los que producen las élites y los tan denostados “expertos”) que hacia Bruselas. Existe pues una tensión entre la Inglaterra sedentaria y nacionalista del norte y la cosmopolita del sur, y la pregunta que hay que hacerse es: ¿va a aceptar el establishment londinense que la “plebe” determine el destino del país? Lo más probable es que no.

Esa es la razón por la que tanto Boris Johnson como Nigel Farage, las caras más visibles del bando del Brexit, se retiraron a los pocos días de conocerse los resultados del referéndum. Aunque se presentaron en la campaña como los defensores de la soberanía nacional frente al monstruo burocrático de Bruselas, se han dado cuenta de que gran parte de su base electoral, poco formada, xenófoba, pobre y muy cabreada con la casta, no tenía nada que ver con ellos (los dos forman parte de la élite londinense y oxfordiana). En definitiva, alimentaron y liberaron a una fiera que les costaba cabalgar. Una fiera, además, que ha asustado tanto a los escoceses que si se produce un Brexit prefieren ser parte de la Unión Europea que de Reino Unido.

El que avisa no es traidor

Todo esto nos lleva a la siguiente pregunta: ¿qué primer ministro, o ministra, va a activar el artículo 50 de la UE (que inicia la operación salida) para ver cómo se divide Reino Unido? Justamente para resolver esta cuestión, a los pocos días de tomar posesión Theresa May fue a Edimburgo a ver a Nicola Sturgeon, y declaró que la activación del artículo 50 se debe hacer con el aval de los escoceses. Una cuadratura del círculo muy difícil de lograr. Es más, con casi toda seguridad esa decisión la tiene que tomar la Cámara de los Comunes. Por lo tanto, no solo recaerá sobre los hombros de Theresa May, sino también sobre cada uno de los diputados que voten a favor. Y no nos olvidemos de que en un tema de Estado como este los diputados deben votar a favor de lo que ellos piensan que es lo mejor para el país, no de lo que le pide su circunscripción.

Tal y como está dividido el país en estos momentos, y ante la ausencia de un plan consensuado para la salida de la UE, lo más probable es que May retrase lo máximo posible la activación del artículo 50. Así se lo ha hecho saber a Angela Merkel en su primera visita oficial. En este sentido, sus primeros pasos han sido inteligentes. Al poner a tres defensores del Brexit como Boris Johnson de ministro de Exteriores, David Davies al frente de las negociaciones de separación y Liam Fox como responsable de Comercio Internacional ha anulado las críticas por no acelerar suficientemente el proceso de salida que pudiesen llegar de ellos si estuviesen fuera del Gobierno. De esta manera, ella se puede centrar en gobernar el país y ganarse la confianza del electorado (que es lo prioritario) mientras ellos se encargan de desenredar 43 años de relación. Una labor poco envidiable, sobre todo porque la nueva dama de hierro va a tener siempre la última palabra.

Por todo esto, no es descartable que al final el artículo 50 nunca se active. Escocia, Irlanda del Norte y los Comunes lo podrían vetar. Y su legitimidad sería igual de respetable que el resultado de un referéndum no vinculante. En sus primeras palabras como primera ministra, May declaró que mantener la unión de Reino Unido va a ser su prioridad. El que avisa no es traidor.

Ni Oslo ni Ottawa

Pero incluso si se activase el artículo 50, el Brexit no estaría asegurado. Empezarían unas largas negociaciones que durarían como mínimo dos años (el nuevo ministro de Finanzas, Philip Hammond, incluso piensa que van a ser seis). Para empezar, Reino Unido va a tener que contratar a unos 500 expertos en comercio internacional y, por muy bien que negocien, el resultado final será con mucha probabilidad el siguiente: o bien Reino Unido sigue el modelo noruego (o el suizo) de quedarse fuera de la UE pero dentro del mercado único, o bien sigue el modelo canadiense de firmar un tratado de libre comercio con la UE. La clase política británica sabe que ambas opciones son peores que el statu quo

La opción noruega implicaría aceptar, pero no codecidir, las normas y estándares del mercado único (incluida la libre circulación de personas), y además contribuir al presupuesto de la UE. La suiza es similar pero se negociarían acuerdos bilaterales por sectores. ¿Realmente es creíble que la segunda economía de Europa (y momentáneamente la tercera por la caída de la libra) vaya a aceptar reglas del juego impuestas por otros sin tener nada que decir? De nuevo, parece poco probable. Reino Unido no es Noruega.

La City gestiona el 40% de las operaciones denominadas en euro. Con el Brexit ese negocio se evaporaría

La opción canadiense evitaría la libre circulación de personas y supondría mayor recuperación de la soberanía, pero mataría gran parte del negocio de la City de Londres con la UE. Parece difícil creer que el establishment británico vaya a aceptar eso. El 12% de los impuestos que recauda el Tesoro vienen de la City. De los 280.000 empleados que trabajan en la Milla Cuadrada, 38.000 son ciudadanos de la UE. Si hay un acuerdo a la canadiense tendrían que pedir visados. Hay 125 compañías de la UE listadas en el London Stock Exchange (la bolsa londinense) y los bancos europeos tienen casi 2 billones de euros de activos en Londres. La City es el centro financiero del euro y gestiona el 40% de las operaciones denominadas en la moneda de la Unión. Si se produce el Brexit ese negocio se evaporaría.

Queda claro que tanto la opción noruega como la canadiense serían un cambio radical del marco de convivencia entre la UE y Reino Unido, y por lo tanto lo más lógico es que necesitasen un nuevo referéndum para ser legitimadas. Si esto se produce, es difícil creer que con toda la información sobre la mesa (y después de sufrir ya en los bolsillos el golpe del Brexit de 2016) el pueblo soberano británico votara a favor de una opción que para el país en su conjunto es netamente peor que la actual.

Un mensaje claro

Pero, ¿quién sabe? A lo mejor, pese a los obstáculos e inconvenientes y la economía política descrita aquí, el Brexit finalmente se produce. Quizás los negociadores británicos consigan un acuerdo con la UE que incluya lo que la mayoría de su población desea: reducir la entrada de inmigrantes comunitarios pero seguir disfrutando del mercado único. Es más, en el acuerdo se podría incluso especificar que toda futura regulación en servicios será siempre codecidida entre la UE y Reino Unido para no desfavorecer la plaza de Londres como el centro financiero europeo más internacional. El que va a ser jefe de las negociaciones, David Davies, piensa que el déficit que tiene Reino Unido es una carta a su favor. Los europeos continentales no van a querer pagar aranceles para vender sus productos en el atractivo mercado británico, por lo tanto van a tener que ceder. Sin embargo, es poco probable que Bruselas acepte un acuerdo tan favorable para Reino Unido, ya que actuaría de incentivo para otros países y podría llevar a la desintegración de la UE.

Al final los líderes del Brexit se van a dar cuenta de que sus opciones son limitadas. Por mucho que digan que Reino Unido puede seguir siendo una potencia global, la realidad es que si se va de la Unión Europea Gran Bretaña va a ser mucho menos grande. Ningún país es una potencia global si no es una potencia regional, y ahora mismo el peso de Londres en las decisiones políticas del continente europeo es escaso. Tanto que los escoceses han declarado que prefieren unirse a la tan criticada Bruselas que quedarse en un Reino Unido amenazado por la oclocracia. Este debería ser un mensaje lo suficientemente claro para que Theresa May intente convencer a su pueblo de que lo mejor es quedarse en la UE y fortalecerla para que siga sirviendo a los intereses británicos.