14/10/2019
Ciudades

Londres. La capital más grande de Europa

Londres nació como la fusión de dos ciudades: la de los comercios y la del rey. A lo largo de la historia, el río ha ganado el centro y la ciudad ha sido clásica, romántica y moderna

Antón Capitel - 22/07/2016 - Número 43
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Londres. La capital más grande de Europa
Alrededor de 1890, el tráfico en el nuevo puente de Londres, inaugurado en 1831. En el centro, a la derecha, se ve la torre de St. Magnus Mártir. Hulton Archive / Getty
Londres tuvo un doble nacimiento. De un lado, estaba Londres propiamente dicho, lo que hoy se conoce como la City, la ciudad de los comerciantes y de los burgueses, y la ciudad también de la catedral, del obispo. Esta era la población primera y más importante, que no era sede del gobierno sino del comercio, y que tenía y tiene muy cerca Westminster, es decir, la otra ciudad, la del gobierno y el rey. Aún subsiste hoy esa división administrativa entre los municipios de la City y de Westminster, las dos poblaciones más importantes que constituyeron la capital y que fueron seguidas por muchas otras. Pues Londres es la sumatoria de muchas poblaciones cercanas, que con el tiempo se fueron añadiendo, y esto explica su estructura, en cierto modo amorfa y aleatoria, sin trazado geométrico, enorme, llena de vacíos verdes y de muy baja densidad.

Londres tiene un gran río, el Támesis, tan ancho como para ser un puerto, y al que se asomaban y se asoman la City y Westminster. Pues, a falta de otro trazado, Londres tiene al Támesis como su rasgo estructural primario, pero también como borde o límite, ya que el otro lado no es exactamente Londres, sino Southwark. O sea, el suburbio, en realidad, otra ciudad, con otra catedral y otro obispo. Aunque hoy se vea a la capital asomarse al río en sus dos bordes, y todo lleno de magníficos puentes, no hay que confundirse. Southwark hoy es ya Londres, por supuesto, pero antes no lo era. El río no tenía una condición central —que hoy no tiene todavía, al menos de una forma plena— sino de frontera. Southwark era el suburbio, y de ahí que allí estuviera el Globe Theatre de Shakespeare, ya que en el siglo XVI el teatro se consideraba algo casi próximo a los burdeles.

El Támesis gana el centro

Ha de considerarse este asunto una característica fundamental de la gran ciudad, que en buena medida es un importante defecto, algo corregido, muy poco a poco, en los últimos tiempos. Que Londres llegara a tener el río como un elemento central no comenzó a perseguirse en la zona de Westminster hasta los años 30 del siglo XIX, cuando se hizo el Parlamento, colocado al borde el Támesis. Y que recibió, ya en el siglo XX, algunas réplicas al otro lado, como el edificio del County Council, en la primera parte del siglo, y luego, después de la Segunda Guerra Mundial, con la construcción del Royal Festival Hall (arquitecto Martin y otros) y el National Theatre (de Lasdun). Pero esta condición de centralidad del río —esto es, con elementos metropolitanos a uno y otro lado— no es continua. Vuelve a aparecer con alguna plenitud bastante lejos, hacia el este, ya enfrente de la City, en la Tate Modern, antigua central eléctrica (arquitecto G. G. Scott) convertida en museo (Herzog y De Meuron) y de la que se ha realizado la ampliación hace poco. Se relaciona mediante un puente peatonal (arquitecto Foster) con la catedral de Saint Paul. Por último, y todavía más al oeste, la zona de la Torre de Londres, en el lado norte, se ve replicada en la otra orilla por el nuevo Ayuntamiento, también de Foster.

Londres tiene al Támesis como su rasgo estructural primario, pero también como borde o límite

La ciudad tardará todavía bastante tiempo en corregir de forma definitiva este defecto histórico, pero deberá hacerlo, deberá ir haciéndolo. La condición del río como frontera todavía se puede observar bien al lado de la catedral, algo separada del Támesis, y con edificaciones de baja calidad y degradadas entre el templo y el río, como si todavía este fuera un puerto. La zona de Southwark, como está bastante al norte con respecto a Westminster a causa de la forma del río, y a pesar de ser la ribera sur, se ha convertido en un lugar privilegiado, pero de más baja calidad urbana y edificatoria, por lo que hoy es el área principal de la gran especulación inmobiliaria. Si Londres continúa con su abultada burbuja urbanística, la gran transformación será en el sur, un enorme, dilatadísimo y atractivo terreno horizontal, cuya seductora exploración resulta infinita.

El norte es un plano casi continuo, ligeramente inclinado hacia el sur —hacia el río— y compuesto por la yuxtaposición de las muy diversas poblaciones que Londres fue anexionando. En la parte baja están los grandes parques procedentes de las fincas reales, como St. James y Hyde Park / Kensington Garden y Regent’s Park. Y las zonas centrales, más urbanas y densas. Arriba, más parques, y las zonas menos densas y más residenciales. El magnífico parque Pink Rose, desde donde puede verse toda la ciudad, o la Hampstead Garden Suburb, una de las ciudades jardín más sofisticadas y atractivas.

Sin trazo geométrico

La falta de trazado geométrico general hizo que la arquitectura, singular o continua, tuviera mucha más importancia que en otras ciudades, en las que el plano resulta más básico. Ya en el siglo XVII, y posterior a la Reforma, el goticismo de la ciudad fue alterado mediante la importancia que la corona, aceptando las ideas de su arquitecto Inigo Jones, concedió a la arquitectura clásica de tradición italiana, que fue aceptada como modelo primario, aunque fue, poco a poco, transformada en británica. Así, durante los siglos XVII, XVIII y principios del XIX se convirtió en una ciudad clásica, sobre todo mediante los edificios religiosos y oficiales. Una ciudad de un clasicismo britanizado, pero clásica al fin y al cabo.

Pero en 1666 un gran incendio destruyó por completo la City. El arquitecto real, Christopher Wren, no pudo reformar la ciudad, como él y el rey habían querido, pero a cambio construyó la nueva catedral, Saint Paul, a la manera de una nueva Roma, de un nuevo San Pedro. Y construyó también infinidad de nuevas parroquias, creando los tipos de iglesia anglicana y originando una tradición que llegó hasta el siglo XIX y que convirtió la red de los templos parroquiales en una verdadera estructura urbana. A pesar de las grandes alturas y de las múltiples transformaciones, todavía puede vislumbrarse esto hoy, aunque resulte bastante desdibujado.

Si continúa con su abultada burbuja urbanística, la gran transformación será en el sur de la ciudad

Desde el siglo XVII al XIX, la corona, los aristócratas y los grandes propietarios y comerciantes construyeron pequeñas operaciones urbanísticas (las squares —plazas cuadradas—, los crescents —plazas semicirculares— y las terraces —hileras de casas—) para alquilar viviendas a la burguesía. Lo hicieron a lo largo de los siglos “clásicos” y realizaron con ello otro de los instrumentos urbanos más importantes y característicos de la ciudad. Squares, crescents y terraces no son otra cosa que hileras de casas verticales, de 4 o 5 alturas, que se constituyen al modo de edificios grandes y que llegan a disfrazarse incluso de palacios. Es decir, sirvieron de instrumentos ideales para la calidad del espacio urbano. A estas operaciones de pequeño urbanismo, y de especulación de las clases altas, debe Londres sus arquitecturas domésticas y sus espacios urbanos más atractivos, compensatorios con creces de la falta de trazado.

Clásica, romántica y moderna

No obstante, al principio del siglo XIX otro arquitecto de la corona, John Nash, trazó el Regent’s Park, el Park Crescent y la gran calle compuesta por Portland Place, Regent Street, Picadilly Circus y su prolongación hasta Pall Mall y Waterloo Place, en la zona de St. James. Hecha por encargo del príncipe regente, fue la reforma urbana más importante de la ciudad, casi única, y estructuró muy convenientemente el noroeste de Westminster. Con esta reforma se construyó el Londres comercial más importante y se finalizó el periodo clásico.

Y comenzó el romántico. Con el nuevo Parlamento, para el que se hizo un concurso en el que se obligaba a presentar proyectos góticos o de renacimiento propiamente inglés, se dio la espalda al Londres clásico, ya consumado, para iniciar un nuevo disfraz, sensible al nuevo gusto: un Londres gótico, neotudor y neobritánico, en general. La ciudad inició así la mezcla y convivencia de dos ideales, el clásico y el romántico, y la prosperidad británica durante el siglo XIX hizo que este último fuera enseguida muy notorio, y que se considerara casi incluso más característico. Las casas neoisabelinas, de ladrillo y piedra blanca, llenas de detalles historicistas, son hoy para mucha gente la auténtica representación de la ciudad.

Pero no todo estaba hecho. A finales del XIX y principios del XX se inició un nuevo periodo clasicista. Y sobre todo, nació otro nuevo ideal, el moderno, que fue tan solo incipiente antes de la Segunda Guerra Mundial, pero que se convirtió en definitivo e importantísimo después de esta. Otro carácter, otro disfraz, venía a superponerse al clásico y al romántico. Y la ciudad, tan bien representada por la arquitectura, es fruto de ello. 

Así pues, con una estructura urbana compuesta por el río, los grandes parques, y la impronta de las poblaciones que iba absorbiendo, extensa y con escasa densidad, apoyada en la arquitectura singular y en la de las parroquias, en las operaciones de microurbanismo (squares, crescents y terraces), caracterizada por tres disfraces sucesivos, clásico, romántico y moderno, la gran ciudad capital de Reino Unido es la más grande e importante de Europa. Y, además, una de las más bellas. Si no la más. Y de las más interesantes y atractivas. Si no la más.