19/7/2019
Opinión

Los avances de la medicina: ¿dónde establecemos los límites?

Los médicos deberíamos ser capaces de no someter al paciente a pruebas innecesarias y de no dirigirle a tratamientos que quizás le aporten más perjuicios que beneficios

Soledad Oliart - 03/06/2016 - Número 36
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Los avances de la medicina: ¿dónde establecemos los límites?
fede yankelevich
En la práctica médica casi todos los días nos enfrentamos a la toma de decisiones que no siempre son fáciles. Como bien sabemos, la medicina no es una ciencia exacta, con lo que la interpretación de los posibles tratamientos y las indicaciones terapeúticas puede ser más amplia de lo deseado. Por suerte, desde hace años la mayoría de los médicos que trabajamos en hospitales intentamos seguir protocolos que han sido consensuados tras estudios/ensayos multicéntricos prospectivos (medicina basada en la evidencia) y que se supone que nos ayudarán a alcanzar la excelencia terapeútica o al menos nos ayudarán a acercarnos a la misma.

Pero esto no siempre es así. Por una parte está la “medicina defensiva”, en la que los médicos, con frecuencia, pedimos más pruebas de las estrictamente necesarias para llegar a un diagnóstico o para descartar la realización de determinada terapia, ya sea médica o quirúrgica. Es decir, en más de una ocasión pedimos pruebas para “quedarnos más tranquilos” o para tener una prueba objetiva que enseñar a familiares o en última instancia a un juez.

Por otra parte, existe la autonomía del médico, que debe ser capaz de tomar decisiones sobre el tratamiento de sus pacientes y qué pruebas necesita para realizarlo, más allá de las guías clínicas, es decir: el médico debe tener capacidad de individualizar en cada caso y debe tener capacidad de establecer una relación de confianza médico-paciente y médico-familia que permita afrontar conjuntamente los problemas a tratar y hacer que el paciente y sus familiares sean capaces de entender a lo que se enfrentan y a lo que se deben someter: Traducir el lenguaje médico que tantas veces resulta ininteligible y tantas veces se usa como escudo.

Además, muchas veces en nuestro papel de médico “sanador” somos capaces de convencer al enfermo y a su entorno de que sigan las pautas que nosotros creemos que deben seguir, y aquí están el peligro y el motivo de este escrito: deberíamos ser capaces de no abusar de nuestra clara ventaja en conocimiento médico y no someter al paciente a pruebas innecesarias, muchas veces invasivas y potencialmente peligrosas o, peor aún, de no dirigirle hacia tratamientos que quizás le aporten más perjuicios que beneficios.

Las preguntas que deberíamos hacernos son: ¿va a cambiar en algo mi actitud terapeútica con esta o aquella prueba?, ¿qué le aporta esta prueba o tratamiento a este paciente?, ¿voy a mejorarle la calidad de vida o simplemente se la voy a alargar?

Si fuéramos capaces de reflexionar seriamente sobre estas preguntas, creo que haríamos una medicina mucho más ajustada, tanto ética como económicamente. Hay que aplicar el sentido común, pero mucho me temo que es el menos común de los sentidos.