20/10/2021
Pero ¿qué broma es esta?

Los empecinados en la hora de las instituciones

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Los empecinados en la hora de las instituciones
Gallardo
Julio Cerón dictaminó: “Cuando murió Franco el desconcierto fue grande: no había costumbre”. Es lo que nos pasa ahora con unos resultados electorales que han roto amarras con nuestra particular versión del turnismo en el Gobierno, servido por dos principales alternantes, asistidos de sus complementarios más o menos deseados o detestables. De ahí nuestra aflicción y desconcierto a partir del pasado día 20 de diciembre cuando, al concluir el escrutinio de los comicios legislativos como en el juego de tinieblas, se hiciera la luz y aparecieran sentados a la mesa del reparto nuevos jugadores con cartas en la mano.
 
Pero estas situaciones políticas con grupos parlamentarios difíciles de sumarse para componer mayorías gubernamentales se han dado en muchos países durante muchos meses, e incluso años, sin que los inversores se hayan puesto en fuga, sin que hayan sido penalizados por la subida de la prima de riesgo, sin que se haya derrumbado el empleo, sin que el comercio exterior haya cambiado de signo, sin que el turismo haya decrecido, sin que el régimen de lluvias se haya alterado, sin que hayan dejado de funcionar un solo día las escuelas o las universidades, los centros de salud o los hospitales, sin que hayan dejado de cobrar con toda puntualidad las pensiones sus beneficiarios, de pagar sus impuestos los contribuyentes, sin que los jueces y fiscales hayan dejado de ejercer sus funciones con la independencia que la Constitución les otorga, sin que los bomberos hayan dejado de acudir a su retén, ni los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado hayan dejado de cumplir con sus deberes como garantes de las libertades públicas, ni las Fuerzas Armadas de mantenerse en estricta disciplina como respaldo de su política exterior.
   
Estamos en otra galaxia distinta de la descrita en los libros escolares donde se afirmaba aquello de “oscuro e incierto se presenta el reinado de Witiza”. Porque dice el artículo 101 de la Constitución que “el Gobierno cesa tras la celebración de elecciones generales” y que “el Gobierno cesante continuará en funciones hasta la toma de posesión del nuevo Gobierno”. O sea, que tendremos por un tiempo un Gobierno en funciones. Es decir, un Gobierno limitado a los asuntos de ordinaria administración pero que, en este caso, dispone de unos presupuestos generales aprobados por las cámaras antes de su disolución y que se encuentra en perfectas condiciones de asegurar la gobernabilidad del país durante ese interregno. El poder no queda en el arroyo, ni nadie tendrá que sacarlo de ahí. Así que se impone hacer de la necesidad virtud, sin ceder de ninguna manera a los temores tóxicos que quieren inocularnos. Un Gobierno en funciones que estará flanqueado por las instituciones en vez de instalarnos en el desconcierto poselectoral va a hacer que suene la hora de las instituciones que, al final, dan la medida de la consistencia de un país.
 
Un mínimo de decencia debería llevar al presidente en funciones de la Generalitat, Artur Mas, y al presidente en funciones del Gobierno, Mariano Rajoy, a dejar de componer la figura del empecinado y tomar la salida dejando que otros candidatos aceptables intenten suscitar apoyos parlamentarios o generar una coalición de gobierno. El sentido político y la dignidad básica debería inducirles a abandonar el mesianismo impostado que les lleva a blasonar de modo incesante como si fueran el camino, la verdad y la vida —la estabilidad, el crecimiento y el empleo— o el Moisés que encamina a Cataluña a la tierra prometida de la independencia.

Sabemos, al menos desde la aproximación a la estrategia del general Beaufre, que hay posiciones morales que se intentan ocupar con la misma contundencia que se ocupan en la guerra posiciones geográficas para prohibírselas al enemigo.  Pero esa pretensión muchas veces inicua debe ser impugnada. Además de que, como Jorge Wagensberg nos enseña, la estabilidad es la propiedad necesaria de la materia inerte, la adaptabilidad es el requerimiento que han de cumplir los seres vivos y la creatividad es el distintivo de la condición humana. Escribe José Luis Sampedro en La vida perenne (Plaza & Janés, 2015) que la tarea del hombre debe ser doble: por una parte, la persecución de una trayectoria consistente en hacerse lo que se es, y por otra, frente a lo imprevisible, adoptar una actitud digna de un ser humano. Pero que no es que sean dos objetivos diferentes, pues solo haciéndose se gana dignidad, y solo dignamente tiene sentido hacerse.
 
En cuanto a la dignidad, Sampedro la entiende como el talante y el comportamiento que dan sentido humano a lo que la vida arroja sobre nosotros, que no podemos evitar la agonía, ni la desgracia, ni el súbito enriquecimiento... ni situaciones en las que hemos de tomar una decisión entre varias posibles. Pero sí podemos afrontar todo esto convirtiendo lo azaroso en algo insertable en nuestra biografía, congruente con lo que somos.
     
Por si acaso, convengamos en que en parte alguna está escrito que Rajoy equivalga a estabilidad, ni que garantice crecimientos o incrementos del empleo. Tampoco que Mas haya adquirido la condición de imprescindible para misión alguna después de tanta y tan absurda declinación. Por eso, que cada uno en su olivo tenga la osadía de declarar que volverá a ser el candidato al gobierno o la Generalitat si de nuevo hubiera que recurrir a las urnas es seguir la senda de “mueran Sansón y los filisteos”. Y vendrán las elecciones que castigarán a los pactistas o a los irredentos, concederán indulgencia o condenarán al ostracismo a los corruptos y sus afines asimilables, proveerán o dejarán vacante la plaza de registrador de Santa Pola. Mientras, los medios de comunicación que tanto han contribuido a armar la polvareda en que perdimos a don Beltrán deberán aplicarse a la tarea de fortalecer el civismo y racionalizar el debate en el espacio público porque la vigencia del sistema democrático del que no pueden insolidarizarse así lo reclama. Es la senda que marca Joaquín Estefanía en Estos años bárbaros (Galaxia Gutenberg, 2015)y Julia Cagé en Salvar los medios de comunicación (Anagrama, 2015), de obligada lectura. La ciudadanía insurgente lo espera. Veremos.