15/12/2019
Economía

Los pecados capitales de la banca italiana

Cuatro razones económicas y dos fechas clave para entender por qué se ha convertido en el problema económico más acuciante de la UE

Pilar Blázquez - 22/07/2016 - Número 43
  • A
  • a
Los pecados capitales de la banca italiana
El BCE ha exigido a Monte dei Paschi reducir en un 30% su cartera de préstamos morosos. Sede central del banco en Siena. GABRIEL BOUYS / AFP / Getty
Los designios de los mercados financieros son cada vez más inescrutables. Tras el viernes negro bursátil que siguió a la confirmación del Brexit, todo apuntaba a que vendría un verano protagonizado por el miedo a una Europa sin Reino Unido. Pero contra todo pronóstico, los inversores han preferido dejar esta incertidumbre en segundo plano y poner el foco sobre un viejo conocido: los problemas de la banca italiana.

Los datos para la alarma aparecen por doquier. El sistema financiero italiano acumula 360.000 millones de euros en activos tóxicos. Esto es el 18% del total de créditos concedidos y el 22% del PIB italiano. La morosidad alcanza el 17% (el triple de la media de la Unión Europea). Tiene una rentabilidad sobre recursos propios del 3,3%, 2,5 puntos por debajo de la media comunitaria. En definitiva, como aseguraba el catedrático de la Universidad de Valencia Joaquín Maudos en un artículo publicado en La Vanguardia: “Es obvio que la banca italiana necesita una reestructuración y un profundo saneamiento que pasa por inyectar capital”. Una advertencia similar lanzó la semana pasada el Fondo Monetario Internacional: “La vulnerabilidad de Italia es extrema”, aseguró el organismo internacional presidido por la francesa Christine Lagarde.

A la banca italiana ya se le cerró la financiación en 2015, cuando el Estado rescató a cuatro bancos pequeños

Lo que ocurre es que esa obviedad lleva sobre la mesa casi desde el inicio de la crisis financiera. Solo en lo que va de año, el índice bursátil italiano que agrupa a sus bancos, el FTSE Italia All Share, ha perdido el 30% de su valor. La banca italiana también vivió momentos de debilidad, allá por 2012, cuando el euro estuvo a punto de romperse y la banca española tuvo que ser rescatada.

A pesar de ello, Italia, la cuarta economía más grande Europa, lleva toda la crisis sorteando con una extraña habilidad sus problemas económicos y financieros. Su deuda pública superó ya en 2008 el 100% del PIB, y desde entonces no ha parado de escalar hasta el 133% actual. Incluso con esa alarmante situación económica, su prima de riesgo casi siempre ha estado por debajo de la española y de la del resto de países de la periferia del euro. La semana anterior al Brexit, sin ir más lejos, Italia todavía era más creíble para los mercados que España.

La continua inestabilidad política tampoco le ha pasado excesiva factura a Italia, ni siquiera en 2011. Aquel año, el entonces presidente de la República, Giorgio Napolitano, apostó por un gobierno de tecnócratas liderado por Mario Monti para sacar al país del inmovilismo, ante la incapacidad de los políticos para formar gobierno. Pero ni en ese momento ni en ningún otro desde 2007 el país transalpino se ha planteado en serio reestructurar su maltrecho sistema financiero.

¿Por qué ahora, y no antes, Italia está en el centro del huracán financiero? Los motivos son diversos. Pero como suele ocurrir en este tipo de cuestiones, no solo con ratios y cuentas de resultados se explica la situación. La política también tiene mucho que ver. Pero vayamos por partes.

1.-El papel del Brexit

“El Brexit ha servido como detonante. Anticipa que habrá menos crecimiento, y eso ha servido para caer en la cuenta de que Italia puede tener más problemas”, asegura Miguel Ángel Bernal, coordinador del Departamento de Investigación del Instituto de Estudios Bursátiles (IEB).

El principal problema al que se refiere Miguel Ángel Bernal es que si la situación económica italiana se debilita, los impagos de las familias podrían dispararse. Si los hogares dejan de pagar sus créditos, los beneficios de los bancos se deterioran y, además, en base a los nuevos requerimientos que piden las normas europeas, las entidades bancarias tendrían que ampliar capital para compensar esos créditos fallidos. ¿De dónde sacarán el dinero?

2.- El grifo para financiar a los bancos italianos se ha cerrado

A la banca italiana, aunque casi no nos hayamos enterado los que vivimos fuera de sus fronteras, ya se le cerró la financiación en 2015. El Estado tuvo que rescatar a cuatro pequeños bancos: Banca Marche, Banca Popolare Etruria y del Lazio, CariChieti y Caja de Ahorros de Ferrara. El problema no hizo demasiado ruido porque apenas representaban el 1% de los depósitos de todo el país y porque todavía no había entrado en funcionamiento la Directiva Europea de Resolución Bancaria. Esta norma prohíbe la ayuda estatal a los bancos en problemas sin que antes, al menos, el 8% del pasivo del banco haya absorbido pérdidas (bail-in). “Eso implica que los accionistas deben perder todo el valor de sus acciones, y los preferentistas y bonistas (especialmente los subordinados) verán recortado el nominal de sus bonos”, explica Alex Fusté, economista jefe de Andbank. Aun así, esos rescates se saldaron con más de 100.000 inversores viendo volatilizados sus ahorros. Incluso se hizo famoso el caso de un jubilado que se suicidó tras perder 110.000 euros, todos los ahorros de su vida.

3.- Las preferentes italianas tienen en jaque al Gobierno

Como no podía ser de otra forma, este caso golpeó de lleno la credibilidad del primer ministro italiano, Matteo Renzi, que fue acusado de ser el instigador del suicido. “El gran problema de todo esto no es el tamaño del agujero financiero de los bancos italianos, que podría ser más o menos manejable. Lo preocupante es que gran parte de toda esa deuda de la banca italiana está en manos de las familias”, advierte Josep Prats, gestor de Abante European Quality Fund.

De manera similar a lo que ocurrió en España con las preferentes, durante los peores años de la crisis la banca italiana se financió con la emisión de títulos de renta fija (bonos y obligaciones) que colocó de forma masiva y no muy ética entre los inversores minoristas. Las cifras varían según las fuentes: mientras unos hablan de unos 60.000 millones de euros de bonos en manos de los pequeños ahorradores, otros aseguran que la cifra podría superar los 200.000 millones de euros.

En cualquier caso, aplicar estrictamente la nueva normativa de resolución bancaria europea implicaría asumir pérdidas para todas esas familias. Un coste político que podría terminar de un plumazo con la carrera de Matteo Renzi.

4.- De la banca de Vicenza a Monte dei Paschi, el contagio ha comenzado

El miedo a que esto ocurra se alimenta cada día con nuevos casos de bancos al borde de la quiebra. En abril de 2016, la Banca Popolare di Vicenza, uno de los más de 500 bancos populares (similares a las antiguas cajas de ahorro españolas) y el octavo mayor prestamista del país, intentó captar 1.500 millones de euros para ampliar su capital, pero apenas pudo cubrir el 7,7% de esa cantidad en los mercados.

Renzi, que tenía claro que no iba a admitir más pérdidas para sus futuros votantes, socorrió la situación creando deprisa y corriendo una especie de banco malo, imitando la medida que tomaron en su momento Irlanda y España. Nació Atlante, con un capital de 4.250 millones de euros que pusieron los grandes bancos italianos.

Desde el principio se supo que la cantidad estaba muy lejos de ser una tabla de salvación y alimentó la teoría del contagio, en la medida en que se obliga a los grandes (no muy boyantes) a salvar a los pequeños.

Goldman Sachs calcula las necesidades de capital de los bancos italianos en 38.000 millones de euros

El último protagonista de este perverso dominó es la Banca Monte dei Paschi. El Banco Central Europeo (BCE) le exige reducir en un 30% aproximadamente su cartera de préstamos improductivos o morosos durante los tres próximos años. “Hay una gran desconfianza. Se espera que tenga que ampliar capital y la duda es qué ocurrirá si no hay nadie en el mercado dispuesto a poner ese dinero”, explica Josep Prats.

El profesor del IEB Miguel Ángel Bernal va incluso más allá. “El verdadero problema está en Unicredit”, asegura. Se refiere al mayor banco italiano y el único que encaja en la categoría de sistémico —es decir, que en caso de quiebra podría contagiar a todo el sistema financiero—. “Este banco tiene casi 47.000 millones de créditos fallidos; esta cifra ha llevado al BCE a exigirle que antes de 2018 la tiene que rebajar en casi 14.000 millones”, advierte Bernal.

En total, Goldman Sachs ha cuantificado las necesidades de capital de los bancos italianos en 38.000 millones de euros.

29 de julio: Los test de estrés

Todas estas dudas latentes podrían materializarse cuando el próximo 29 de julio se den a conocer los resultados del test de estrés que la Autoridad Bancaria Europea, la EBA (por sus siglas en inglés), está realizando a los bancos europeos. Si, como todo el mundo espera, los bancos italianos suspenden la prueba, no habrá más excusas para que comience su proceso de reestructuración. Será entonces cuando llegarán las quiebras, los rescates, el cierre de sucursales… Pero ¿quién pagará esa factura?

Una estrategia política con el Referéndum de octubre como referente

La credibilidad de Matteo Renzi no puede permitirse un episodio de pérdidas masivas entre los ahorradores. Mucho menos teniendo en cuenta que el próximo mes de octubre se enfrenta a un referéndum para apoyar la reforma constitucional que podría convertirse en una cuestión de confianza para el propio primer ministro.

Así que, para poner la venda antes que la herida, el Gobierno italiano lleva meses intentando aplicar medidas. Estas incluyen incentivar un mercado de créditos fallidos, modificar la ley de quiebras para evitar que los procedimientos se demoren (incluso hasta más de 10 años) y, sobre todo, negociar con Bruselas.

El pasado mes de abril, cuando comenzaron los problemas con la Banca Popolare di Vicenza, Renzi decidió huir hacia delante plantando cara a la Unión Europea. Además de la creación del banco malo Atlante, Renzi consiguió hace unos días que la Comisión Europea autorizara una línea de garantías públicas por un importe de 150.000 millones, destinada a servir de liquidez por si se producía una estampida de depositantes presos del miedo. Ahora pide autorización para inyectar 40.000 millones de euros en el sistema financiero italiano a fin de estabilizarlo. Y la prensa británica asegura que ya ha contratado a JPMorgan para la creación de un nuevo banco malo con activos por valor de 50.000 millones de euros.

Las autoridades europeas, con Merkel a la cabeza, han puesto el grito en el cielo. La propuesta de Renzi ataca de lleno a la credibilidad del sistema financiero europeo, ya que pretende saltarse la Directiva de Resolución nada más ser estrenada. “No creo que Europa sea tan inútil como para permitir el estallido de una nueva crisis”, apunta Josep Prats, de Abante.

Entre el todo y la nada, la mayoría de los expertos se decantan por una solución intermedia. La que genera más consenso, según explica Alex Fusté, de Andbank, es la que contempla que la UE autorice una inyección de capital temporal a cambio de un plan de reestructuración creíble. Los bonistas minoritarios quedarían fuera de las quitas, que sí se aplicarían a los institucionales. “Esta solución no solo no sería dramática, sino que tal vez sería muy buena como escarmiento para los inversores institucionales. Es a la vez una forma de aplicar la ley europea y de velar por los intereses de los ciudadanos”, concluye Josep Prats.

Deutsche Bank, el verdadero problema

Pilar Blázquez
Más allá de los problemas que acumula la banca italiana, el principal foco de miedo —aunque en letargo— está en Alemania. El Fondo Monetario Internacional ha señalado al Deutsche Bank como la entidad que mayor riesgo tiene de producir un nuevo tsunami financiero.

Al principal banco alemán le ocurre lo mismo que a la banca italiana: sus problemas son viejos conocidos. Su declive durante la crisis ha sido agudo. Sus acciones cotizan ahora alrededor de los 13 euros, frente a los más de 100 que valían en 2007. La apuesta de este gigante financiero alemán por la banca de inversión ha resultado un desastre para sus cuentas. Los excesos cometidos en los momentos de mayor euforia no paran de aflorar y en los cuatro últimos años acumula, según datos publicados por El País, un gasto en litigios y multas de 12.700 millones de euros. Cerró 2015 con unas pérdidas históricas de más de 6.700 millones de euros, y la reestructuración en la que está inmerso no parece que vaya a dar frutos a corto plazo.

Con todo, lo que resulta realmente aterrador del Deutsche Bank es su inmenso negocio en derivados financieros. La entidad alemana tiene un volumen de 75 billones de dólares en derivados, lo que implica cinco veces el PIB de la Unión Europea y 20 veces el PIB alemán. También representa el 13% de mercado total de derivados en el mundo, que se cifra en torno a 550 billones de dólares. Cualquier pinchazo en estos mercados podría detonar la siguiente crisis financiera, que cada vez parece estar más cerca.