18/7/2019
Internacional

Los peshmerga aprovechan el caos

PKK y su organización hermana siria frenan a Dáesh al tiempo que trabajan por un Kurdistán independiente

Daniel Iriarte - 23/12/2015 - Número 15
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Los peshmerga aprovechan el caos
Los kurdos combaten a Estado Islámico en la cima del monte Zardak, un punto estratégico a unos 25 kilómetros al este de Mosul. J.M. LÓPEZ / AFP / Getty

Cuando en agosto de 2014 los combatientes de Estado Islámico avanzaron desde Mosul hacia el nordeste y se plantaron a apenas 40 kilómetros de Erbil, la capital del Kurdistán iraquí, las alarmas sonaron en Washington. Los kurdos de Irak habían demostrado contarse entre los mejores amigos de EE.UU. en la región, y las autoridades del Kurdistán se jactaban de que en las zonas bajo su control no había muerto jamás un solo soldado extranjero, ni siquiera durante los años más duros de la guerra de Irak. Había que hacer algo.

La coalición internacional liderada por las fuerzas armadas estadounidenses empezó a cooperar intensamente con las tropas kurdas iraquíes, los peshmerga, lo que sirvió para impedir el genocidio que los yihadistas estaban llevando a cabo contra la población yazidí, pero también para apuntalar la incipiente administración kurda en el norte de Irak. De ahí viene la frase, convertida ya en un lugar común por numerosos analistas y políticos estadounidenses, de que “los kurdos son la única fuerza bélica verdaderamente eficaz sobre el terreno contra Estado Islámico”.

Una afirmación que no deja de ser más o menos cierta, pero que ignora los matices y complejidades de la situación. La población kurda de Irak (7 millones de personas--) apenas supone el 12% del total de kurdos en el mundo. La mayoría son ciudadanos de los vecinos Turquía (más de 18 millones) e Irán (entre 8 y 10 millones). En Siria, unos 2 millones de habitantes son de etnia kurda, y existen comunidades significativas en Europa occidental, Rusia y los países del Cáucaso. Son precisamente las milicias kurdas de Siria, las Unidades de Protección Popular (YPG por sus siglas en kurdo), y no tanto las de Irak, las que se han mostrado realmente contundentes a la hora de hacer retroceder a los yihadistas.

Una escalada en la ayuda a los peshmerga podría suponer un desencuentro con Turquía en la OTAN

Suele calificarse a los kurdos como “el mayor pueblo sin estado del mundo”. El deseo de un estado propio siempre se ha contado entre las principales aspiraciones kurdas, y ha alimentado rebeliones constantes contra las administraciones de los diferentes países con minorías kurdas. El sueño estuvo cerca de cumplirse durante la Conferencia de Paz de Versalles, tras la Primera Guerra Mundial: el Tratado de Sèvres establecía un Kurdistán independiente en lo que hoy es la región fronteriza entre Turquía e Irak, que, si bien no incluía todas las áreas de población kurda, era un comienzo. Pero la victoria de los nacionalistas turcos comandados por Mustafá Kemal Atatürk en la guerra de independencia contra las tropas invasoras griegas, que culminó en 1923 en un Tratado de Lausana que enterraba Sèvres, acabó con las esperanzas kurdas. 

La siguiente oportunidad llegó con la Segunda Guerra Mundial: en 1946, tras cinco años de lucha, rebeldes kurdos comandados por Qazi Muhammad establecieron, con apoyo de la URSS, la efímera República de Mahabad en Irán, que no tardó en ser aplastada por las tropas de Teherán. Muhammad fue ahorcado, señalando el triste final que suele acompañar a los activistas kurdos en Irán hasta el día de hoy.

En la moderna República de Turquía, la necesidad de consolidar un nacionalismo unificador llevó a la represión de las identidades minoritarias, especialmente la kurda. Este negacionismo alcanzó su cénit tras el golpe de Estado militar de 1980, cuando se prohibió hablar kurdo por la calle —un veto que no se levantaría hasta 1991— y se llegó a asegurar “científicamente” que los kurdos no eran sino “turcos de las montañas” y su idioma, una “variante corrompida del turco” (en realidad es una lengua indoeuropea emparentada con el persa, sin relación con las lenguas túrquicas).

Bagdad rechaza toda iniciativa que suponga otro paso hacia la secesión de las regiones kurdas de Irak

En 1984 el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) inició una campaña de lucha armada contra el Estado turco, dando paso a un conflicto en el que han perecido alrededor de 45.000 personas, la mayoría kurdos. Creado por activistas de izquierdas, el PKK nació con una ideología marxista y anticolonialista que aspiraba a la creación de un estado que abarcase las regiones kurdas de Turquía, Siria, Irak e Irán. Sin embargo, su líder, Abdulá Öcalan, contaba con el apoyo del régimen sirio de Hafez al Asad, en aquel momento el principal aliado soviético en Oriente Medio y por lo tanto el principal enemigo de una Turquía integrada en la OTAN. Por este motivo, el PKK jamás trató de atentar contra objetivos sirios.

Con el tiempo la guerrilla ha ido moderando sus posiciones, especialmente tras la captura en 1999 de Öcalan, que permanece encarcelado desde entonces: el PKK ha renunciado al marxismo y al secesionismo y promueve el llamado “confederalismo democrático”, una descentralización de competencias estatales dentro de una Turquía donde se respeten los derechos culturales de los kurdos. El PKK cuenta con una organización hermana en Irán, el Partido para una Vida Libre en el Kurdistán (PJAK), surgida en 2004 y que contó con cierto apoyo de la administración Bush, pero que en la actualidad está prácticamente inactiva. 

Asad les quitó la nacionalidad

En Siria e Irak, los respectivos regímenes del Partido Baaz trataron siempre con desdén a las minorías kurdas. Tanto Hafez al Asad como Sadam Husein trataron de arabizar las regiones kurdas de sus países mediante intercambios forzosos de población, enviando árabes pobres al norte mientras desplazaban a miles de kurdos a otras regiones. Asad quitó la nacionalidad siria a miles de kurdos, que de este modo no podían casarse, heredar o ejercer cualquier otro derecho como ciudadanos. Tampoco sus descendientes: en la actualidad, unas 300.000 personas se encuentran en esta situación. Nadie había prestado atención a los kurdos de Siria hasta que EI trató de expandirse por toda la frontera turco-siria. 

Cuando la guerra empezó a asolar el país, las regiones kurdas del norte trataron de mantenerse al margen del conflicto, alcanzando una especie de pacto de no agresión con el régimen de Bashar al Asad. Y aprovecharon el vacío de poder —y las armas abandonadas por las tropas de Asad en su retirada— para empezar a consolidar una precaria administración autónoma, dividida en tres cantones sin continuidad territorial: Afrin, en el oeste, Kobani en el norte, y Yazira, en el este, en la frontera con Irak. Entre las diferentes facciones políticas destacaba el Partido de la Unión Democrática (PYD), la rama siria del Partido de los Trabajadores del Kurdistán, la guerrilla kurda que opera en Turquía. Pero a diferencia del PKK, el PYD no tenía un brazo armado y se limitaba a actuar como partido político clandestino. 

La guerra de Siria lo cambió todo. Se crearon las milicias YPG, en principio para defender los cantones de cualquier enemigo que pudiera surgir. Miembros del PKK, algunos con gran experiencia de combate contra el ejército turco, entrenaron y armaron a los nuevos reclutas. Cuando EI inició su campaña de conquista en el norte de Siria, los combatientes kurdos les recibieron a tiros.

La enconada resistencia de las YPG en la ciudad de Kobani, en la frontera con Turquía, en el otoño del año pasado impidió una capitulación que parecía inevitable, convirtiendo la batalla en un Stalingrado kurdo. Un heroísmo que inspiró a los kurdos de todo el mundo, muchos de los cuales están viajando al norte de Siria para unirse a las milicias kurdas y del que tomaron nota los observadores militares estadounidenses. Washington incluyó a los yihadistas que sitiaban Kobani entre los objetivos de la coalición y comenzó a suministrar armas a las YPG, que a su vez empezaron a marcar objetivos para los bombardeos estadounidenses.

El problema es que la principal potencia militar de la zona, Turquía, considera a las YPG del mismo modo que al PKK: como organizaciones terroristas. En los años 80 y 90 Ankara no tuvo problemas para conseguir apoyo occidental para luchar contra la insurgencia kurda: la represión militar se hizo en gran medida con armamento estadounidense. El Gobierno turco de Erdogan parece considerar a los guerrilleros kurdos una amenaza  mayor que la que supone EI y ha estado actuando en consecuencia.

Procesos de paz fallidos

Aunque los ataques del PKK tienen lugar en suelo turco, las bases guerrilleras se encuentran más allá de la frontera, en los montes Kandil, en el norte de Irak, lo que dificulta las operaciones del ejército turco. Erdogan ha puesto en marcha dos procesos de paz fallidos con esta guerrilla, en 2009 y 2012. El último se rompió este verano, después de que el propio Erdogan se diese cuenta de que un regreso a la guerra podía beneficiar a su partido en las elecciones del pasado noviembre, como así fue.

Pero lo cierto es que han sido el PKK y su organización hermana en Siria quienes han impedido una expansión todavía mayor de EI. Cuando los yihadistas se plantaron a las puertas de Erbil, después de que los peshmerga se viesen obligados a abandonar la defensa de las localidades de los alrededores, una columna de 2.000 guerrilleros del PKK descendió de los montes Kandil, consolidó los diversos frentes en Irak y creó un pasillo en Sinyar que permitió evacuar a miles de yazidíes hacia Siria, salvándolos del exterminio.

Lo que sí hicieron mientras tanto los combatientes kurdos iraquíes fue asegurar su dominio sobre la ciudad de Kirkuk —que se vienen disputando kurdos, árabes y turcomanos—, extendiendo de forma efectiva hasta esta ciudad las fronteras de un futuro Kurdistán independiente. No es ninguna utopía: tras la guerra del Golfo y el establecimiento de una zona de exclusión aérea por encima del paralelo 36, los kurdos iraquíes han trabajado por el establecimiento de instituciones propias alimentadas por el contrabando, primero, y la exportación, después, de grandes cantidades de petróleo.

El pastel era tan jugoso que las dos formaciones políticas kurdas en Irak, el Partido Democrático del Kurdistán (PDK) de Masud Barzani y la Unión Patriótica del Kurdistán (UPK) de Jalal Talabani libraron una sangrienta guerra civil en los años 90. Tras el derrocamiento de Sadam Husein en 2003, el enfrentamiento se saldó con un pacto entre caballeros: Barzani se convirtió en el presidente del Kurdistán y Talabani, de todo Irak. Desde entonces, el Kurdistán es independiente en todos los aspectos salvo de forma nominal.

La decisión de Turquía de ayudar a Erbil a exportar el crudo extraído en territorio kurdo ha alimentado esta tendencia, y la fragmentación de Irak en zonas de influencia a raíz del conflicto actual no ha hecho sino exacerbarla. El presidente Barzani llegó a amenazar con proclamar la independencia de forma unilateral y convocar un referéndum sobre la cuestión, que solo fue cancelado ante las promesas de envíos de armamento y ayuda de Washington.

Así pues, las soluciones no son sencillas. Se espera que los peshmerga cooperen con el ejército iraquí y las milicias chiíes en una próxima ofensiva para recuperar Mosul, pero la alianza no carece de tensiones. International Crisis Group (ICG), un think tank de resolución de conflictos, emitió un informe en el que alertaba contra la tentación de proporcionar armamento en grandes cantidades a los kurdos, asegurando que eso supondría el germen de futuros conflictos. “La asistencia militar está ayudando a convertir a los peshmerga en una amalgama de grupos paramilitares, y cada uno de ellos responde a un líder diferente. Occidente debería asegurarse de que su ayuda promueve, en lugar de minar, la transformación de los peshmerga en un ejército profesional”, afirma Maria Fantappie, analista para Irak del ICG. “La alternativa es arriesgarse a la multiplicación de facciones basadas en personalismos, el recurso a milicias privadas para competir entre sí y con otras facciones iraquíes por la tierra y los recursos”, asegura.

El Gobierno central de Bagdad rechaza de plano toda iniciativa que suponga otro paso hacia la secesión de facto de las regiones kurdas de Irak. Y una escalada en la ayuda a las YPG podría suponer un serio desencuentro con Turquía en el seno de la OTAN. En este contexto, cualquier medida que se adopte en la lucha contra EI debe ser valorada con cautela, mucha más de la que propugnan algunas voces.