18/6/2019
Internacional

Los saudíes financian el yihadismo

El régimen ha invertido 100.000 millones de dólares en adoctrinamiento en los últimos 30 años

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Los saudíes financian el yihadismo
Zona de control de las filmaciones de cámaras en el Centro de Seguridad de La Meca (Arabia Saudí). Ozkan / Anadolu /Contacto

Arabia Saudí pasa por un momento de ansiedad política. Quizá eso es lo que refleja el conteo de decapitaciones públicas: en 2013 hubo 6, en 2014 fueron 80 —o 90, las cifras varían según la fuente—. Este año, a principios de noviembre, parece ser que ya pasaban de 150. Incluso se habla de adoptar otro método de ejecución por la falta de personal especializado en el uso de la espada. Pero tanto si ese termómetro macabro es válido para medir el desasosiego del régimen saudí como si no, el hecho es que las preocupaciones se le acumulan. A las tensiones que se han vivido en el círculo del poder a consecuencia de la llegada del nuevo rey Salmán en enero pasado se suman una serie de graves reveses en política exterior, la desconfianza creciente —y mutua— respecto a los aliados occidentales e incluso, a raíz de los atentados de París, la suspicacia cada vez más extendida entre la opinión pública europea acerca de la extraña relación de Riad con el yihadismo.

¿Es cierto que Arabia Saudí está en el origen del islamismo radical? ¿Qué es lo que pretende con su política exterior y por qué parece chocar cada vez más con Occidente? Para responder a estas preguntas es preciso profundizar un poco en las peculiaridades de ese reino y contemplar los conflictos de Oriente Medio en lo que se podría llamar “el contexto saudí”. La primera peculiaridad que interesa destacar es el sectarismo. Se emplea aquí el término en un sentido estricto. El hecho es que la monarquía saudí es inseparable de su identidad como Estado específicamente suní. Surgió de una alianza entre la familia gobernante de los Saud con el clero wahabita, un nombre que remite a Mohamed al Wahab, un predicador de mediados del siglo XVIII que proponía una lectura especialmente rigorista del islam. A largo plazo, el wahabismo ha resultado un pacto fáustico: ha permitido que un clan sin excesivo pedigrí pudiese ejercer su autoridad sobre las dos ciudades más santas del islam, pero el precio de esa legitimación ha sido el sometimiento absoluto de la monarquía a la autoridad religiosa y su programa radical de expansión de la secta suní.

Irán, la obsesión saudí

Ese sectarismo es, por ejemplo, lo que explica que el chiita Irán sea la obsesión que domina toda la política exterior de Riad, más allá de cualquier consideración de verdadera geoestrategia. Es una hostilidad creciente que no ha tenido más que un paréntesis cuando ambos países compartieron alianza con Estados Unidos en la época del sah Reza Pahlevi. Pero a partir de la revolución jomeinista de 1979 se ha convertido en un juego de suma cero que los saudíes, en consonancia con la teología wahabita, perciben en términos prácticamente apocalípticos.

La obsesión no es mutua. Irán también es una teocracia totalitaria, pero más moderna y no especialmente sectaria. Su política exterior ha sido a veces agresiva, pero no está dirigida principalmente a contrarrestar a Arabia Saudí sino a Israel. Teherán, por ejemplo, no ha tenido inconveniente en apoyar a grupos suníes, como la Yihad Islámica y Hamás en Palestina.
Hezbolá, el protegido iraní en Líbano, es una organización chiita, pero ha buscado siempre alianzas con grupos suníes y cristianos. Y si Irán apoya a Bashar al Asad en Siria no es porque proceda de la secta alauí —una variante del chiismo—, sino porque es un aliado estratégico frente a Israel y una importante ruta de abastecimiento de Hezbolá.

Pero esta guerra no correspondida, si es que se puede llamar así, no es por ello menos real para los saudíes. Desde su punto de vista, todo encaja dentro de su interpretación sectaria: el ascenso al poder de los chiíes de Irak y las manifestaciones de descontento de los de Baréin, el apoyo de Irán y Hezbolá a Al Asad en Siria o la rebelión de los hutis en Yemen, que también practican una variante del chiismo. Todos esos acontecimientos tienen en realidad explicaciones locales y circunstanciales: los chiíes son la minoría mayoritaria en Irak y era inevitable que tomasen el poder después de que Washington y sus aliados derrocasen a Sadam Husein. Y la mayoría chiita de Baréin, discriminada por sus gobernantes suníes, tenía que reclamar sus derechos antes o después. Sin embargo, tal y como lo ven los saudíes, todo esto no puede sino obedecer a un mismo plan para subvertir su autoridad religiosa.

Riad no tolera el desafío de EI. Al fin y al cabo es Arabia Saudí la que pretende ser el verdadero Estado Islámico

Ante ello, la respuesta de Riad ha sido cada vez más agresiva. En 2006 y 2007 financió —o permitió que se financiase privadamente desde el reino— la insurrección suní en Irak. En 2011 ya enviaba sus propias tropas a sofocar las protestas pacíficas de Baréin. En Yemen ha dado otro salto cualitativo: desde marzo está devastando el país con bombardeos para restablecer en el poder a un expresidente impopular. Pero la apuesta más fuerte de los saudíes ha sido Siria, donde han financiado, entrenado y armado a las milicias que combaten a Bashar al Asad, convencidos de que este es el campo de batalla definitivo de la guerra de sectas.

De hecho, esta participación saudí ha condicionado el desarrollo del conflicto sirio en varios sentidos. Aunque la prensa ha exagerado mucho el componente democrático y pacífico de las protestas iniciales de 2011, fue el flujo de dinero y armas desde Arabia Saudí el que las transformó rápidamente en una yihad con un programa sectario de inspiración wahabita. Como había sucedido ya en Irak, esto ha conducido, inevitablemente, a la colaboración con Al Qaeda y sus franquicias y escisiones, incluido, por lo menos en principio, Estado Islámico.

Las semillas del yihadismo

¿Es entonces Arabia Saudí la fuente del yihadismo, como piensan ahora muchos? Es un asunto delicado y requiere una respuesta matizada. La realidad es compleja, y para desentrañarla hay que fijarse en otras dos peculiaridades saudíes: el carácter proselitista de su sectarismo y la fragmentación del poder.

El proselitismo es otro rasgo fundamental de la identidad del Estado saudí —al fin y al cabo, es en parte la creación de un predicador—. No fue, sin embargo, hasta la década de los 60 cuando, para contrarrestar el auge del nacionalismo nasserista —laico y socializante— Riad lo convirtió en un proyecto universal y se entregó a él con entusiasmo. Para ello se valió del boom del petróleo de aquellos años, que le permitió invertir en la construcción de mezquitas en todo el mundo, en la formación de clérigos y en la impresión de materiales didácticos religiosos para consumo de toda la umma, la comunidad musulmana global.

Un informe del Parlamento Europeo de 2013 cifraba en 100.000 millones de dólares, en los últimos 30 años, la inversión saudí en adoctrinamiento —compárese con los 7.000 millones que se calcula que la URSS gastó a lo largo de toda su historia para difundir el comunismo—. El fundamentalismo islámico hubiese existido sin Arabia Saudí —de hecho, variedades como la iraní no le deben nada—, pero es innegable que la difusión masiva y universal de la variante saudí del islam, una de las más radicales e intolerantes, ha sido el caldo de cultivo para el surgimiento del yihadismo.
 

Siria es la gran apuesta saudí, convencida de que es el campo de batalla definitivo de la guerra de sectas

Esa no era, en principio, la intención de los monarcas saudíes, que siempre han tenido razones para temer las lecturas incontroladas de su propia doctrina. La historia del reino está trufada de rebeliones y complots por parte de quienes, tomándoles la palabra a sus reyes, los acabaron considerando a ellos mismos insuficientemente rigoristas. Por no exterminar a todos los chiitas de Al Hasa, por ejemplo, Ibn Saud padeció en 1927 la revuelta de los Hermanos Musulmanes.

El rey Faisal fue asesinado en 1975 por una disputa originada por su decisión de autorizar la televisión. Cuatro años después, una facción extremista interna se apoderó de la Gran Mezquita de La Meca en protesta por la corrupción de los gobernantes. Sin embargo los reyes, prisioneros de su alianza con el wahabismo, no han tenido más remedio que promover una ideología que los legitima y a la vez los amenaza.

Es aquí donde hay que introducir una segunda peculiaridad saudí: la fragmentación del poder. El rey, que ostenta un poder absoluto en ciertas áreas, está obligado a mantener un equilibrio constante con el poder de los clérigos y el de las distintas familias y clanes que constituyen la élite del país. Son individuos poderosos pertenecientes a esta élite quienes han enviado fondos a las organizaciones más peligrosas sin que el Gobierno haya podido o querido hacer demasiado al respecto.

Otras veces es el propio Gobierno el que se vale del yihadismo como herramienta de política exterior, aunque entonces las consideraciones suelen ser más prácticas que piadosas. En ese sentido, Riad no ha tenido escrúpulos a la hora de encender y apagar su apoyo a grupos yihadistas en todo el mundo en función de sus intereses estratégicos. “Arabia Saudí sigue siendo una base de apoyo crucial para Al Qaeda, los talibanes, el grupo yihadista paquistaní Lashkar-e-Toiba y otros grupos terroristas”, escribía la entonces secretaria de Estado de EE.UU., Hillary Clinton, en un cable de 2009 desvelado por Wikileaks. Por otra parte, Arabia Saudí acaba de donar a la ONU 100 millones de dólares para financiar una oficina antiterrorista, y de vez en cuando comparte información con la CIA para desarticular amenazas yihadistas. No es extraño que la prensa se muestre a veces confundida. “Gracias a dios por los saudíes y por el príncipe Bandar”, decía el año pasado públicamente el senador John McCain, uno de los miembros más visibles del lobby saudí en D.C.

Pero ese nombre que mencionaba, el del príncipe Bandar bin Sultán, es precisamente un buen ejemplo de esa constante ambigüedad saudí con respecto al yihadismo. Como jefe de la inteligencia del reino entre 2012 y 2014, se considera al príncipe Bandar el arquitecto de la yihadización de la guerra civil siria, incluyendo el despegue de lo que sería luego Estado Islámico. El exdirector del servicio secreto británico, sir Richard Dearlove, cuenta cómo en cierta ocasión el príncipe le confesó su sueño de ver exterminados a todos los chiíes del planeta. Pero la caída en desgracia de Bandar revela también los límites y peligros de este coqueteo con el yihadismo: el príncipe fue depuesto de manera fulminante cuando uno de sus protegidos, el Estado Islámico de Irak y Siria, se atrevió a anunciar su transformación en califato con el nombre de Estado Islámico. Ese era un desafío que Riad no estaba dispuesta a tolerar. Al fin y al cabo, es Arabia Saudí la que pretende ser el verdadero Estado Islámico.

La traición de Estado Islámico

Riad ya no apoya a EI, pero aún persiste una cierta ambivalencia. Se sumó de mala gana a la campaña de bombardeos encabezada por Estados Unidos, pero se retiró en cuanto vio la oportunidad. Por mucho que los saudíes entiendan que el califato se ha convertido en una amenaza también para ellos, se resisten a colaborar en su destrucción sin antes garantizarse una victoria en Siria. De hecho, la traición de Estado Islámico les ha empujado a una mayor colaboración con los grupos yihadistas rivales como Ahrar ash-Sham y el Frente al Nursa, es decir, con Al Qaeda. También en Yemen, irritados por el fracaso de su campaña contra los rebeldes hutis, han recurrido a las guerrillas asociadas a Al Qaeda que controlan las llanuras del Hadramaut.

No es sorprendente que esta estrategia contradictoria y con objetivos imposibles no le esté dando resultado. Una y otra vez los saudíes ven cómo sus esfuerzos fracasan o se les vuelven en contra. Que Washington y Teherán hayan iniciado un cauto deshielo en sus relaciones les resulta incomprensible y no hace sino acrecentar su paranoia. Mientras, los sucesos de París empiezan a inclinar la balanza de la opinión internacional hacia una resolución rápida del conflicto sirio que conllevaría, inevitablemente, la victoria total o parcial de Al Asad. Una señal ominosa de cómo están cambiando las cosas: tras la matanza de Charlie Hebdo, en enero de este año, el embajador saudí en Francia fue invitado a desfilar en la manifestación de repulsa. Tras los atentados del 13 de noviembre, en cambio, se oyen cada vez más voces que piden examinar el papel de los saudíes en todo esto.

El hecho es que los vínculos financieros que existen entre Arabia Saudí y las élites políticas de Washington, Londres y París —tanto por el petróleo como por las ventas de armas— le garantizan un grueso blindaje, pero no pueden proteger a Riad de sí mismo. Y la combinación de un sistema político irreformable junto a la presión creciente de los acontecimientos se ha vuelto una mezcla explosiva.