19/6/2019
Perfil

Mary Beard. Una guía bajo la superficie

Una de las virtudes de esta erudita catedrática es hacer amena e interesante la historia del mundo clásico

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Mary Beard. Una guía bajo la superficie
Jemal Countess / Getty
Estudiar el mundo clásico —afirma Mary Beard (Much Wenlock, 1955)— nunca será una actividad inerte, por mucho que se califique de muertas a las lenguas antiguas y a las culturas que las hablaron.” Beard aspira a que la sociedad comprenda que lo que se conoce como cultura occidental ha dependido de los siglos de exploración del legado del mundo clásico donde se hallan las raíces de “prácticamente cuanto hoy podemos decir, ver o pensar”.

Es catedrática de Estudios Clásicos en la Universidad de Cambridge y reciente ganadora del premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales, y tiene algo que pocos historiadores tienen: una gran capacidad de crítica y una maestría para hacer interesante y amena la historia del mundo clásico.  Ella misma defendió en una entrevista que le hizo Guillermo Altares la idea de que “la erudición no debe verse comprometida por la divulgación”. Según Beard, cualquier académico debe ser capaz de transmitir sus conocimientos y llegar al público. Lleva 30 años intentándolo no solo con sus libros —El triunfo romano, Pompeya. Historia y leyenda de una ciudad romana, La herencia viva de los clásicos—, sino con sus artículos y críticas en el periódico The Times, en la London Review of Books y en A Don’s Life, un blog no exento de dosis de humor y uno de los más leídos en Reino Unido. Además, ha escrito y presentado dos documentales para la BBC: Pompeii: Life and Death in a Roman Town (2010) o Pompeii: New Secrets Revealed with Mary Beard (2016).

Hija de una maestra y un arquitecto, pasó un verano de la adolescencia ganándose la vida en una excavación arqueológica en la Britania romana. Aquellos días marcarían su vida y su carrera profesional. Después de licenciarse en Artes en el Newnham College de Cambridge (descartó estudiar en el King’s College porque no concedía becas a mujeres), hizo su tesis doctoral sobre Marco Tulio Cicerón, el orador romano.

 “El estudio del mundo clásico —escribe— no solo apunta a descubrir o desvelar el mundo antiguo; su objetivo consiste, además, en determinar y debatir nuestra relación con dicho mundo.”

“Explorar la antigua Roma desde el siglo XXI es como caminar por la cuerda floja”, escribe la historiadora

En El mundo clásico: una breve introducción (Alianza, 2016), Mary Beard y John Henderson reflexionan acerca del Templo de Apolo de Basas, que estaba situado en lo alto del monte Cotilo, en la antigua región de Arcadia, y cuyo friso se encuentra en el Museo Británico. Ninguna guía turística actual dedica mucho espacio a los canteros y operarios que hicieron los edificios antiguos, pero a los autores les asaltan preguntas sobre cómo se construyó y a qué fin pudo servir. “¿Quién se tomó, efectivamente, la molestia de erigirlo en un rincón tan a trasmano? ¿Cómo lo construyeron? ¿Para qué lo construyeron?” Estas preguntas están motivadas por una “curiosidad personal acerca de la historia de Roma, por la convicción de que todavía vale la pena entablar un diálogo con la antigua Roma”. Para Beard, el estudio del mundo clásico supone la aceptación de que existe un abismo que se interpone entre nuestra sociedad y los antiguos griegos y romanos y ser un buen historiador depende, en gran medida, de plantearse preguntas derivadas de la distancia con respecto a su mundo y la cercanía a él. “¿Cómo, y por qué, una pequeña villa corriente en el centro de Italia llegó a crecer más que cualquier otra ciudad del Mediterráneo antiguo y acabó controlando un imperio tan inmenso? ¿Qué tenían los romanos de especial?”

La curiosidad es lo que guio a Beard a las profundidades del mundo clásico para pasarse horas en una biblioteca leyendo a Pausanias —geógrafo e historiador griego del siglo II— o irse a revolver un vertedero de la Antigüedad para conocer la dieta de los romanos. La historia romana exige, según Beard, un particular tipo de imaginación. “Explorar la antigua Roma desde el siglo XXI es como caminar por la cuerda floja, un escrupuloso malabarismo.”

La voz pública de las mujeres

En “La voz pública de las mujeres”, una conferencia que dio en el Museo Británico —publicada en LRB, y en español en Letras Libres, Beard hace referencia a algunos hechos históricos y a episodios de la literatura clásica en que las mujeres vieron su voz ninguneada. Cuenta que el primero de todos fue en la Odisea de Homero, cuando Penélope le pide al bardo que ameniza la espera de sus pretendientes que cante una canción más alegre. Entonces Telémaco, su hijo, le ordena que regrese a su habitación a cuidar del telar y de la rueca, pues “la palabra debe ser cosa de hombres, de todos, y sobre todo de mí, de quien es el poder en este palacio”.

“La salida de tono de Telémaco —escribe— fue apenas el primer ejemplo en una larga lista de intentos bastante exitosos, y repetidos a lo largo de toda la antigüedad griega y romana, no solo de excluir a las mujeres de la discusión pública sino de exhibir esa exclusión. El habla pública y la oratoria no eran solo cosas que la mujer no practicara: eran costumbres y habilidades exclusivas que definían la masculinidad como género.”

“¿Qué se dice de las mujeres que hacen afirmaciones en público, que luchan por lo suyo, que alzan la voz?”, se pregunta. “Son ‘estridentes’, ‘se quejan’ y ‘gimen’.” Beard cree que cuantas más amenazas e insultos reciben las mujeres, más encaja la misoginia y el machismo actual en los viejos patrones del mundo clásico. “No importa mucho qué postura adoptes como mujer, si te adentras en un territorio tradicionalmente masculino, los insultos te llegan de todas formas. Lo que los suscita no es lo que dices, sino el hecho de que lo digas.”

Mary Beard lleva décadas inmersa en una atrevida obra de reconstrucción del mundo clásico. Poco le importa que hasta ahora haya sido una profesión eminentemente masculina, ella es una guía extraordinaria y brillante capaz de hallar bajo las profundidades de la historia las piezas que conforman las evidencias (un fragmento de cerámica o unas pocas letras inscritas en piedra) y darles sentido para seguir manteniendo una conversación con griegos y romanos que no terminará nunca.