14/10/2019
Análisis

No queda nadie en la izquierda polaca

Solo el centro y la derecha se sientan en el Parlamento de Polonia tras las últimas elecciones, un hecho elocuente con causas complejas que indica que la política en Europa Central y del Este no termina de volver a la normalidad

Tomáš Klvana - 19/02/2016 - Número 22
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No queda nadie en la izquierda polaca
Un hombre corre en Cracovia frente a un graffiti del papa Juan Pablo II y un cartel del museo de Karol Wojtyla en su ciudad natal, Wadowice. J. SKARZYNSKI / AFP

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Está la teoría y está la historia. En democracia tenemos derecha, izquierda y centro. La primera se supone que defiende el libre mercado y la mayor libertad personal posible. La segunda apuesta por la intervención del gobierno en nombre de la justicia social. Pero el atractivo de la política es que siempre va unida a una situación concreta, no desconectada de la sociedad.

Así, en Alemania aún hoy la derecha nacionalista es totalmente inaceptable por cuestiones históricas. El hecho de que el nacionalsocialismo de Hitler fuera erróneamente entendido como una dictadura de derechas, basándose en parte en su retórica y en parte en la identificación que la izquierda hizo de ella, determinó la política de posguerra. Los partidos de la democracia cristiana no se identifican con la derecha. Necesitan un adjetivo que suavice los extremos: centroderecha es el nombre apropiado, con mercado social en lugar de libre mercado en las siguientes frases.

De forma similar, aunque los comunistas se llamaban a sí mismos la izquierda, cuando el imperio cayó entre 1989 y 1991 la palabra estuvo manchada durante mucho tiempo. Volvió a la escena política sobre todo como un intento de crear una oposición frente a las fuerzas que lucharon contra el comunismo. 

En los 90 algunos opositores eran antiguos comunistas, otros eran gente a la que le costaba acostumbrarse a los nuevos tiempos y otros, una minoría, desde luego, era una izquierda democrática que sabía lo que ese término significaba.

Los ciudadanos están volviendo a los líderes populistas que prometen proteger “sus valores”

Aun así para triunfar siempre se necesitaba algo más que un programa político de izquierdas con, digamos, más impuestos y programas sociales. En Eslovaquia, bajo el hombre fuerte Vladimir Meciar, estaba el nacionalismo anticheco y antihúngaro. En República Checa estaba la política de repulsión contra la corrupción (legítima) y el resentimiento por la formación del capital y la redistribución de la riqueza en general. Después de 1990 entre los jóvenes y educados era sospechoso ser de izquierdas. 

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La derecha, cada vez más corrupta y vacía, se dio cuenta y tomó ventaja de la situación hace solo seis años, cuando, durante las elecciones parlamentarias en la República Checa, utilizó a jóvenes actores y sus vídeos virales para hacer proselitismo. Por ejemplo, las jóvenes celebridades sugerían a sus colegas, en términos vulgares, que “convencieran a la abuela” para que no votase a la izquierda, ya que la mano izquierda se utiliza para todo tipo de actividades innobles como limpiarse el culo. No estoy de broma.


También hay que entender que la política en Europa Central y del Este se ha vaciado rápidamente de ideas reales y contenido legítimo. Los partidos políticos se llamaban a sí mismos de izquierda o derecha, utilizaban la retórica de la izquierda y la derecha y mucha gente, sobre todo en Occidente, se tragó el anzuelo. Pero cuando llegó la realidad, las decisiones fuera de los focos, no había nada que distinguiera a un supuesto socialdemócrata de un supuesto liberal.

De hecho hay supuestos políticos de derecha que apuestan por un Estado poderoso y por subir los impuestos a las empresas extranjeras, como el primer ministro húngaro Viktor Orbán. El supuesto thatcherista Václav Klaus, ex primer ministro checo, estaba en contra de la privatización de los bancos, ya que su partido se beneficiaba de la cercanía a los directivos de esas entidades. Fue su succesor, el en teoría político de izquierdas Miloš Zeman, quien los vendió a americanos, alemanes, italianos o austriacos.

En Europa Central y del Este, los partidos políticos se han convertido en máquinas oportunistas diseñadas para enriquecer a sus miembros de más alto rango, para hacerlos famosos y poderosos en lugar de organizar los programas y las ideas.

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En 2015 en Polonia, la Alianza de la Izquierda Democrática (SLD), bajo el liderazgo del ex primer ministro y excomunista Leszek Miller, no logró llegar al 8% de los votos necesario para entrar al Parlamento (Sejm). Cometió el error de presentarse como una coalición, pero el problema es que las coaliciones necesitan un porcentaje mayor de votos para acceder al Sejm que los partidos únicos. En cualquier caso, nadie puede negar que esta formación es débil. Muchos liberales de izquierda la abandonaron por la Plataforma Cívica de la ex primera ministra Ewa Kopacz (Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo y ex primer ministro polaco, también pertenece a la plataforma). Y lo que es más importante: Ley y Justicia, el partido conservador nacionalista ahora en el poder, le robó a la izquierda tradicional algunos de los temas que solía liderar.

Con sus discursos de corte populista, durante la campaña electoral Ley y Justicia prometió el cielo a los votantes pobres de las pequeñas ciudades, pueblos y zonas industriales amenazadas por el desempleo. Su programa incluía la promesa de recibir una cantidad de dinero por cada hijo en la familia. También prometieron a los mineros del carbón —cuyo producto se ha vuelto barato y ya no es competitivo en el mercado internacional— que conservarían su empleo. Hoy, pocos meses después de las elecciones, queda claro que el Gobierno no será capaz de cumplir esas promesas y hay un resentimiento creciente contra el Ejecutivo, sobre todo entre los trabajadores industriales que votaron por Ley y Justicia.

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Pero Polonia no es un caso perdido, no. Todo lo contrario. Entonces, ¿cómo pudo pasar esto en un país en crecimiento, importante y seguro de sí mismo? Ambas, la victoria de Ley y Justicia y la aniquilación de la izquierda, se deben sobre todo a factores culturales, no económicos. Polonia disfrutó de un tremendo auge económico durante el mandato del primer ministro Tusk (2007-2014).


Su crecimiento, entre los más impresionantes de la Unión Europea en los últimos 20 años, transformó un atrasado país rural en un próspero y moderno Estado con una creciente red de autopistas, ciudades reconstruidas, trenes, un moderno transporte público y una actitud abierta.

En el pasado gris y aburrida, Varsovia se ha convertido en una próspera metrópolis que acoge negocios internacionales, y el boom inmobiliario ha transformado el skyline del centro de la ciudad. Los checos, que siempre se han sentido superiores en su nivel de vida respecto a los polacos, están asombrados con el progreso de sus vecinos.

Hay, sin embargo, otra Polonia diferente a esta nueva cara cosmopolita. Es la que vive en el este, en el campo, y no parece estar disfrutando de este cambio tan rápido. Es la Polonia que escucha la ultraconservadora y católica Radio Maryja, la que va a misa diaria y atiende a los tradicionales sermones de los curas. Es la Polonia obsesionada con la corrupción que acompaña al éxito del país, aunque en menor grado que en Eslovaquia, Hungría o República Checa. Esta Polonia mira a la UE y ve a un enemigo de la soberanía nacional y de los tradicionales valores polacos. Es por esta Polonia por la que habla Jaroslaw Kaczynski, creador de Ley y Justicia y el hombre más poderoso del país.

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El sociólogo británico Anthony Giddens, cerebro detrás de la reforma del Partido Laborista de Tony Blair, identificó la creciente cultura cosmopolita como una de las fuerzas que definen el momento actual. Dirigidas por las redes sociales, el e-commerce, los viajes y la integración económica, la emergente cultura cosmopolita está arraigada en las grandes áreas urbanas. Esta gente tiende a vivir de forma cada vez más similar: van a restaurantes parecidos, ven las mismas películas en el cine y las mismas series de televisión en Netflix, leen los mismos libros, visitan las mismas webs, saborean el mismo café con leche de soja en Starbucks y tienden a ser liberales abiertos de mente, independientemente de dónde vivan, ya sea en Madrid, Roma, París, Praga, Londres, Nueva York o Seúl. Es la cultura del éxito y la integración.

La UE debería ser respetuosa, pero muy firme en su deber de defender y mantener el Estado de derecho

Giddens cree que este estilo de vida cosmopolita contrasta con el de la gente que vive en zonas rurales, pequeñas ciudades o poblaciones industriales pobres. Si Giddens está en lo cierto, lo que ocurre es que alguien que vive en Bruselas o en Barcelona tiene más en común entre sí que con la gente de pequeños pueblos en Bélgica o Cataluña, situados a solo 70 kilómetros de estas urbes.

La polarización política que vemos en todos los sitios hoy en día, desde EE.UU. hasta Reino Unido o Ucrania, puede que no se deba solo a los temas políticos, sino que se esté incrementando por los culturales. Y es esta otra cultura, la que se opone a las tendencias globalizadoras ejemplificadas por Bruselas, la que está ganando en la Europa Central y del Este en este momento.

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Esa es la razón por la que la tradicional división entre derecha e izquierda es menos importante hoy en Varsovia, Praga, Bratislava, Budapest, Vilna o Riga que la nueva división entre la apertura de mente de los cosmopolitas a favor de Occidente ­—que insisten en la importancia del Estado de derecho y del constitucionalismo­— y las fuerzas nacionalistas xenófobas y ultraconservadoras. Estas últimas no miran a una Constitución, sino a un hombre fuerte que “limpie el desorden”. Algunos de estos líderes están cerca del ruso Vladimir Putin (como el presidente checo Zeman, el primer ministro húngaro Orbán o el eslovaco Robert Fico). Otros, por razones históricas, son antirrusos (Polonia, Letonia, Estonia y Lituania). Pero todos tienden a ser muy críticos con la UE y la globalización.


Los errores del anterior gobierno polaco, su creciente arrogancia, corrupción y torpeza cultural le vinieron bien a Ley y Justicia. Tras un par de décadas sin ideas reales en la política definida por las tradicionales nociones de izquierda y derecha, los ciudadanos están volviendo a la política de la cultura, la tradición y los líderes populistas que prometen proteger “sus valores”. 

Esta tendencia amenaza el Estado de derecho, del que sobre todo Ley y Justicia se ha mofado. El partido ha tomado el Estado por la fuerza con venganza. Su llegada parece una toma de poder hostil. Ya ha modificado la ley para permitir al partido reinar libremente en los ministerios, ha metido a su gente en los consejos de administración de las compañías públicas y considera los medios públicos de comunicación como “propios” para imponer su propaganda. La UE está observando. Debería ser respetuosa para no ofender la sensibilidad nacional, pero muy firme en su deber de defender y mantener el Estado de derecho, a menos que quiera contribuir a una mayor erosión de la democracia liberal en Europa Central.