19/7/2019
Análisis

La ola nacionalista en Europa central

Aunque la pertenencia a la UE es el factor clave de la prosperidad en la región, el antieuropeísmo es el eje vertebrador de un nuevo populismo

Tomáš Klvana - 22/01/2016 - Número 18
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La ola nacionalista en Europa central
Seguidores del Partido Ley y Justicia (PiS) en una manifestación a favor del Gobierno, el 13 de diciembre de 2015, en Varsovia. WOJTEK Radwański / AFP / GettY
Esta es la historia de un niño brillante y con talento, el líder de su grupo, que se enganchó a la droga y ahora tiene problemas. La historia de un país que fue emblema de la exitosa transformación política, económica y social. Pero algo, en algún momento, se torció. Es una historia de Polonia. En realidad, más bien, amenaza con ser la historia de toda la región.

Cuando el comunismo se vino abajo a finales de los años 80, Polonia tenía aproximadamente el mismo PIB que Ucrania, entonces parte de la vieja Unión Soviética. Hoy, el PIB per cápita de Polonia es más de 4,5 veces el de Ucrania. Los dos países son vecinos y comparten muchos rasgos culturales debido a una influencia mutua que se remonta a siglos atrás. Que Polonia haya tenido mucho más éxito en el último cuarto de siglo se debe al simple hecho de que tomó las decisiones políticas correctas, cosa que Ucrania no hizo.

En los años 90, Polonia se dispuso a construir un país democrático basado en el Estado de derecho, una sociedad libre y abierta y una economía de mercado. Se esforzó por integrarse en el mundo occidental y se sumó a la Unión Europea y la OTAN, con lo que se volvió un país geopolíticamente seguro y estable, atractivo para los inversores extranjeros. Ucrania no hizo casi nada de eso y optó por desperdiciar su potencial con un Estado débil, una democracia dubitativa y corrupta y una economía oligárquica.

La transición desde el comunismo tuvo grandes costes, se robó muchísimo durante la privatización


Geopolíticamente, Polonia se convirtió en el líder de la Europa central que se asoció en el grupo de Visegrado, que incluía también a la República Checa, Hungría y Eslovaquia. El nombre procede de la histórica ciudad húngara en la que se firmó el tratado. Visegrado, a su vez, se convirtió en un modelo de éxito político y económico para otros estados excomunistas. Con una población total de casi 65 millones, se convirtió en un área unida a Alemania y otros países occidentales mediante la inversión y potencialmente influyente en la UE.

Aunque la República Checa sigue siendo el país más próspero del grupo y dispuso de una desmesurada influencia gracias a su expresidente Václav Havel, el líder de la región siempre fue Polonia. Muchas veces la política poscomunista se moldeaba a partir de la amistad entre exdisidentes anticomunistas polacos y checos que alcanzaron puestos de poder e influencia en los años 90. Por encima de todo, el faro de la región era volver a integrarse en la civilización y la cultura occidentales. El comunismo, y antes la ocupación nazi, lo habían impedido durante medio siglo; casi todos los indicadores de calidad de vida declinaron en ese tiempo.

Tiempo de ira y resentimiento

Esos excitantes días han terminado. La inspiración y el anhelo fueron gradualmente sustituidos por la ira. Por muy exitosa que fuera la transformación, también generaba sus perdedores: gente concentrada en pequeñas ciudades, aldeas y zonas dominadas por la industria pesada y asoladas por el elevado desempleo. Lo pasaron mal para adaptarse a la nueva era, que valoraba el espíritu emprendedor, la educación, la creatividad y la confianza en uno mismo.

La transformación tuvo costes significativos. O, por decirlo con las palabras más habituales: se robó muchísimo dinero durante la privatización. Eslovaquia y la República Checa, especialmente, destacaron en la creación de políticos corruptos que se asociaban con oscuros negociantes y a veces incluso con el crimen organizado. Viktor Kozeny, el célebre Pirata de Praga que estafó a decenas de miles de personas (incluido el exsenador estadounidense George Mitchell) y refugiado en las Bahamas, es solo uno de muchos ejemplos.

El resentimiento se convirtió en un factor de cohesión y, a principios de los 90, empezaron a crearse partidos políticos que se oponían al nuevo establishment y que llegaron a su plenitud en los últimos 15 años. Ley y Justicia, el partido polaco, es una de sus varias encarnaciones y en la última década ha dirigido su animadversión contra la UE.
En términos racionales, esa evolución es difícil de creer. La pertenencia a la UE es el factor clave de la prosperidad de la región. Pero muchos la ven ahora como una entrometida, un agente opositor a los tradicionales valores polacos (o eslovacos, o checos o húngaros).

El nuevo director de la TV polaca pretende despedir a todos los
empleados y recontratar solo a los aceptables


Jaroslaw Kaczynski en Polonia y antes que él Viktor Orbán en Hungría vieron una oportunidad. Casaron la ira con el creciente nacionalismo y volvieron ambos factores, con todas sus fuerzas, contra Bruselas. La estrategia tuvo éxito en términos políticos: ambos han obtenido mayorías en sus parlamentos y formado gobiernos sin necesidad de aliados, lo cual es muy excepcional en Europa central, caracterizada por gobiernos de coalición de varios partidos. Ambos comprenden también el poder de las instituciones y los medios públicos, especialmente la televisión. Orbán es muy franco en la politización de, literalmente, todo el Estado y en la represión brutal de cualquier cosa que pueda limitar el poder ejecutivo. Sus ataques retóricos contra la democracia liberal y sus estrechos lazos económicos con la Rusia de Vladimir Putin se han convertido en una grave preocupación no solo en el plano regional, sino para toda la UE.

No hay riesgo de que Polonia se acerque en exceso a Putin. Debido a la historia reciente, el odio a Rusia es un valor constitutivo del nacionalismo polaco. A veces raya en la paranoia. Ley y Justicia cree, por ejemplo, que la tragedia en Smolensk —en la que un avión en el que viajaba su presidente, el fallecido Lech Kaczynski, hermano gemelo del actual hombre fuerte Jaroslaw, se desplomó— no fue un accidente de aviación ordinario, sino fruto de un plan secreto de Moscú para deshacerse del antirruso presidente polaco. Por supuesto, no hay ninguna prueba de ello. No importa. El nuevo director general de la televisión polaca, nombrado directamente por un ministro del Gobierno y miembro de la línea dura de Ley y Justicia, pretende despedir a todos los empleados y recontratar solo a los aceptables. Los medios polacos informaron que uno de los criterios para la recontratación era la creencia en la “conspiración de Smolensk” rusa.

Kaczynski tras las bambalinas

En Varsovia, Jaroslaw Kaczynski es el principal actor, pero permanece tras las bambalinas, manipulando la política polaca a través de Andrzej Duda, presidente, y Beata Szydlo, primera ministra. Eso resulta excepcional en un Estado miembro de la UE. Se parece más a la China bajo Deng Xiaoping, el gobernante supremo pero formalmente solo vicepresidente de la comisión militar, que al liderazgo de un país europeo moderno. Y no se trata solo de este método de gobierno comunitario. Además de intimidar a los medios públicos, Ley y Justicia también decidió ignorar una decisión del Tribunal Constitucional polaco porque, como se imaginarán, al partido no le gustan los jueces, que fueron en su mayoría nombrados por el gobierno anterior.

Decenas de miles de polacos se han manifestado contra estas medidas que restringen el liberalismo. Pero en las calles se han producido manifestaciones casi igual de numerosas de partidarios de Ley y Justicia. Miembros de la formación e intelectuales afines, la mayoría conservadores católicos, afirman que Kaczynski es injustamente criticado por hacer solo lo que los votantes le eligieron para hacer, y nada distinto del anterior gobierno liberal. Esto es muy dudoso. Mucha gente votó a Ley y Justicia por numerosas razones y ahora están estupefactos por el desnudo acaparamiento del poder por parte del partido. La popularidad del Gobierno ha descendido. Y aunque el anterior ejecutivo intentó influir en los medios públicos dentro de cierto límite, nunca trató de reescribir las reglas del país para asegurarse su continuada influencia y poder.

Algunos, como Miroslaw Jasinski, el exdisidente católico, director de cine y diplomático nombrado por Ley y Justicia, dicen que el partido solo quiere devolver Polonia a sus raíces católicas polacas. El alborotador ministro de Asuntos Exteriores, Witold Waszczykowski, declaró a un periódico sensacionalista alemán que los valores polacos eran peligrosos para los de Europa, dictados por ateos, marxistas, vegetarianos y ciclistas. Sí, esos ciclistas que mordisquean zanahorias son lo peor…

La Comisión Europea ha puesto en marcha un proceso de supervisión del Estado de derecho polaco que podría llevar a la suspensión de sus derechos de voto en la UE. Ese resultado es muy improbable, porque el Consejo tendría que votar unánimemente y Orbán ya ha anunciado que no le daría su apoyo.

El nuevo evangelio polaco

Ley y Justicia decide deliberadamente librar estas batallas con Europa para movilizar su base electoral. A Orbán le gusta fantasear ahora con el saludable corazón europeo de Visegrado, que representa los verdaderos valores conservadores, enfrentándose a la supuestamente vacía e insulsa Europa occidental. Algunos intelectuales de la región están diseminando ese evangelio, por ridículo que sea. Y algunos miembros del Gobierno polaco, como el ministro de Justicia Zbigniew Ziobro y el propio Waszczykowski, están enzarzándose en una pelea con Alemania comparando sus legítimas críticas a las tendencias autoritarias polacas con —por increíble que parezca— la ocupación nazi. El expresidente de la República Checa Václav Klaus, ahora un gran defensor de la agresión de Putin, quiere orquestar su regreso político presionando para que la República Checa salga de la UE. Suele compararla con la Unión Soviética.

Estos nuevos populistas no van a desaparecer pronto. Con el tiempo les perderá su ambición, pero por el momento, ayudados por la crisis de los refugiados, cabalgarán la ola de nacionalismo y xenofobia antieuropeos. Lejos de ser un corazón saludable, Europa central está demostrando su inmadurez y la debilidad de su cultura democrática. Occidente debería prestar mucha más atención y definir pronto una nueva estrategia si quiere mantener junta a la Unión.