Opinión

Pánico y tapadera

Editorial - 19/08/2016 - Número 47
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La comparecencia de prensa del pasado miércoles 17 de Mariano Rajoy tras la reunión de la ejecutiva del Partido Popular, que supuestamente debía aprobar la aceptación de las seis condiciones que Ciudadanos había puesto para iniciar las negociaciones de investidura, fue una muestra más, quizá la más esclarecedora, de la exasperante manera de hacer política de Mariano Rajoy. La ejecutiva, dijo, no había hablado de las condiciones —imposibles de rechazar— y se había limitado a darle permiso para iniciar unas negociaciones. Mariano Rajoy, pues, no solo incumplió su palabra una vez más, sino que rehuyó las responsabilidades que, quiera o no, tiene después de aceptar el encargo del rey. Su táctica fue, como siempre, postergar un poco más una decisión casi inevitable.

El paisaje para después de esta batalla es desolador si se evalúa el deterioro causado a las instituciones

Mariano Rajoy Tancredo resiste inmóvil, cueste lo que cueste, por supuesto a los demás, su afán de permanecer en la posición. El paisaje para después de esta batalla es desolador si se evalúa el deterioro causado a las instituciones en los momentos en que son más necesarias y la erosión de los valores cívicos que acusan los electores. Recordemos que el candidato del Partido Popular ganó con insuficiencia las elecciones del 20 de diciembre de 2015 y de nuevo las del 26 de junio pasado, en las que mejoró la nota sin alcanzar tampoco los escaños capaces de garantizarle la confianza necesaria de la Cámara.

En la primera ocasión, el cabeza de los carteles populares, después de aturdirnos con el mantra de su victoria, acudió a las consultas del rey, preceptuadas en el artículo 99.1 de la Constitución, para hacer lo que se llama un rajoy, es decir, declinar la proposición de ser candidato a la Presidencia del Gobierno. Pasó entonces el turno al candidato socialista, Pedro Sánchez, a quien el bloqueo cerril de Pablo Iglesias y sus afines de En Marea y En Comú dejó en la evidencia de la derrota, mientras privaba a todos de un gobierno de centroizquierda y prorrogaba la respiración asistida al marianismo. 

La narración continúa diciendo que cuando se cumplieron los plazos fuimos, por segunda vez, pasados por las urnas.  A partir de ahí, el ganador insuficiente Mariano Rajoy ha querido que el dios de la niebla llorara sobre la Carta Magna e hiciera invisibles las obligaciones claras y distintas que incumben de manera irrenunciable a quien es propuesto como candidato, como es ahora su caso. De manera que si en la primera oportunidad declinó, en esta segunda, carente del anterior atrevimiento, intenta elevar la ambigüedad a la enésima potencia aceptando el encargo de manera eventual, como si le cupiera la posibilidad de escaquearse, sin comparecer a la sesión de investidura, en caso de que los apoyos y las abstenciones dejaran de sumar la mayoría que requiere la investidura.

Aclaremos que el texto constitucional para nada consiente semejante figura de aceptación de un candidato a título eventual. Por el contrario, dispone en su artículo 99.2 que “el candidato propuesto conforme a lo previsto en el apartado anterior (99.1) expondrá ante el Congreso de los Diputados el programa político del Gobierno que pretenda formar y solicitará la confianza de la Cámara”. Sin margen de duda, los tiempos verbales empleados para establecer los deberes que incumben al candidato —expondrá, solicitará— son imperativos sin margen para la ambigüedad que buscan instalar con retorcimientos grotescos los asesores a sueldo del PP y del Gobierno de los que es vocera incansable la vicepresidenta para todo en las sesiones de los viernes a mediodía, dedicadas a señalar con insistencia los deberes de los demás y a eximirse con desparpajo de los propios.

El fraude de Mariano Rajoy requiere colaboradores. Así, es taxativo el artículo 170 del Reglamento del Congreso cuando dispone que “en cumplimiento de las previsiones establecidas en el artículo 99 de la Constitución, y una vez recibida en el Congreso la propuesta de candidato a la Presidencia del Gobierno, el Presidente de la Cámara convocará el Pleno”. De nuevo, el tiempo verbal —convocará— es impositivo y a la actual presidenta Ana Pastor incumbe proceder, sin excusa posible, a la convocatoria del Pleno de Investidura, aunque eso le lleve a comprobar que es el partido del que procede el Presidente de la Cámara el que más amenaza el cumplimiento de sus deberes institucionales y del que en consecuencia más ha de defenderse. Sería penoso que la señora Pastor —que ya ha batido todos los récords en diferir la obligada convocatoria del Pleno— confundiera su función institucional y prefiriera dedicarse a tapar las vergüenzas de su antiguo patrón. 

Los kremlinólogos que desentrañan los comportamientos del acampado en Moncloa dicen que su atrincheramiento es consecuencia del pánico que experimenta ante la eventual pérdida de inmunidad que supondría dejar de ser presidente del Gobierno. El temor de Mariano Rajoy se centra en que, junto al camión de la mudanza encargado de retirar los enseres que han añadido notas de hogar a la impersonalidad de las estancias palatinas durante los casi cinco años cumplidos como inquilino monclovita, aparcara un coche celular para trasladarle a Soto del Real donde tantos magníficos colaboradores le han precedido. Con pausas de amplitud semanal, Rajoy se escuda ahora en  la respuesta que le ha pedido a Sánchez. Pero el recurso carece de credibilidad, sus componentes vienen oscilando entre la mansedumbre propia del ganado lanar y el entusiasmo de los palmeros fervorosos. La tapadera es inservible.