18/7/2019
Ideas

Por qué no escribimos como hablamos

La enseñanza de la lengua se ha centrado demasiado en la ortografía, tal vez por eso se ha convertido en un campo de batalla en las redes

Álvaro de Cózar - 11/03/2016 - Número 25
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Por qué no escribimos como hablamos
Suelen estar al acecho, a la espera de ver un error en un mensaje en Twitter o en WhatsApp, o en un artículo publicado en prensa, ajenos al esfuerzo que haya dedicado el periodista en hacerlo. Parece que leen con un afectado disimulo, como si atendieran a lo que se está diciendo, pero en realidad solo aguardan a que se olvide poner una tilde, se confunda una be con una uve o se deje atrás una hache intercalada. Y cuando eso ocurra (y ocurrirá) estarán ahí para descargar toda la furia de los dioses ortográficos a los que representan, señalarán públicamente la falta y harán al infractor arrepentirse de haberse atrevido a manchar con su escritura el idioma. O quizá usted sea uno de ellos. Si es así, se habrá reconocido en uno de los especímenes más impertinentes que circulan por internet, el talibán ortográfico, conocido en inglés como grammar nazi.

Uno de estos talibanes, Hank66, describió su actividad en un artículo de 2009 en la desaparecida publicación digital Soitu: “Cuando localizamos la presa, apenas podemos sofocar un alarido de triunfo, y ya nuestras manos vuelan presurosas hacia el teclado, volcando nuestra santa indignación sobre el maltratador lingüístico. A veces irónicos, a veces condescendientes, a veces pedagógicos, casi siempre antipáticos, enviamos el comentario y, momentáneamente satisfechos, partimos raudos y veloces en pos de otra víctima”.

El primer trol de la lengua

Probablemente el primer talibán ortográfico de la historia fuera el autor del Appendix Probi (Apéndice de Probo), un palimpsesto añadido a la obra Instituta Artium, escrita entre los siglos III y IV por el gramático Marco Valerio Probo. El autor del apéndice —que no fue el tal Probo— debía de ser un tipo educado al que le molestaban sobremanera los cambios que se estaban produciendo entonces en el latín clásico. Por eso dedicó todo el texto a decir cómo se deben pronunciar las palabras que la gente estaba pisoteando: “Ansa non asa; mensa non mesa; vinea non vinia; nunquam non nunqua…”. El patrón es claro, pero sus consejos no cuajaron y casi todo lo que recomendó acabó perdiéndose en favor de las expresiones que usaba el vulgo y que después conformaron parte de las lenguas romances, entre ellas, el español.

“El Apéndice de Probo es un documento interesantísimo —dice Salvador Gutiérrez Ordóñez, miembro de la RAE y coordinador de Ortografía de la lengua española (2010)— porque da una enseñanza para todos aquellos que son puristas de la lengua, para quienes no admiten que cambie y quieren que esta se mantenga de una manera determinada. Pero la lengua cambia, como lo hizo del latín clásico al latín vulgar. Es un ser vivo y eso es imparable.”

El autor del Apéndice de Probo cometió varias ultracorrecciones, es decir, fue víctima, como sus coetáneos, de los cambios que por aquella época ya estaban extendidos. En su afán corrector escribió, por ejemplo, amfora non anpora, cuando en realidad esta última forma se parecía más a la clásica amphora. Más o menos, es como decir ahorabacalado” en lugar de bacalao.

Temer los cambios no es nada nuevo. En las últimas semanas se ha hablado mucho en Francia del acento circunflejo, un asunto que ha generado campañas en Twitter con la etiqueta #JeSuisCirconflexe. La Academia Francesa, el Ministerio de Educación y la Asociación de Editores del país galo están a favor de eliminar este símbolo utilizado para extender la vocal que lo lleva y que suele indicar la pérdida de una antigua ese. The Economist empezaba así un artículo sobre el tema: “Francia afronta unas altas tasas de paro, tiene a los político divididos y aumenta la xenofobia. Pero lo que a los franceses les indigna es un debate lingüístico [el del acento circunflejo]”.

Probablemente, el primer talibán ortográfico de la historia fue el autor del Appendix Probi

Algo parecido ocurrió en Alemania hace unos años cuando, tras una profunda reforma ortográfica, la prensa, con Bild y Der Spiegel a la cabeza, arremetió contra las nuevas normas y se declaró objetora: “Dislexia por imposición estatal”, lo llamó Bild.

Y en España ha habido en los últimos años una fuerte controversia, que todavía perdura, en torno a las nuevas normas ortográficas, en especial sobre la supresión de las tildes en las palabras solo y guion y en los demostrativos. Incluso en el seno de la Academia muchos se han negado a seguir la recomendación de eliminar el acento gráfico con la que únicamente se pretendía simplificar la ortografía y hacerla algo más científica. “El problema del solo era de coherencia — señala Gutiérrez Ordóñez—. La tilde diacrítica nos sirve para distinguir dos palabras, una tónica y una átona. Pero en el caso de solo, las dos palabras, adverbio y adjetivo, son tónicas. Había entrado por equivocación. Así que lo que se pretendió era una regla que fuera uniforme.”

Un organismo vivo

Todos estos cambios generan conmoción. Se puede estar en contra y discutir todo lo que concierne a la ortografía, pero no parece que tenga mucho sentido pensar que esas modificaciones se hacen con afán de destrozar la lengua. Después de todo, lo que hablamos y escribimos no es más que el fruto de una larga historia de horrores y errores, a veces cometidos por los propios académicos. Esas bes y uves que hoy consideramos inamovibles y cuya confusión genera convulsiones no siempre estuvieron ahí. En los primeros años de la Academia, fundada en 1713, sus miembros se pusieron a la loable tarea de poner orden en el caos de grafías que los distintos impresores utilizaban. Además del criterio de uso, es decir, cómo se escribían frecuentemente las palabras, en ocasiones se guiaron por el criterio etimológico. Pero no siempre hallaron la respuesta correcta y cometieron algunas pifias. Dos ejemplos que señala Gutiérrez Ordóñez: bermejo viene de vernículus [gusanillo], que en latín era con uve; y basura viene de versura [acción de barrer, del latín verrere], que también era con uve. “Son confusiones etimológicas propias de la época”, explica el académico.

En el nivel léxico la Academia suele recoger las palabras que el pueblo ha incorporado al habla y lo hace documentando su uso y sus cambios semánticos. La lengua es un organismo vivo y casi todo el mundo ve necesario dar cuenta de esa perpetua evolución. Los cambios, en ese caso, vienen de abajo, el pueblo, y los registran los de arriba, las instituciones académicas. En cambio, la ortografía es uno de los pocos aspectos de la lengua que se modifica en el sentido contrario, desde arriba hacia abajo, o como dice Gutiérrez Ordóñez para entendernos, “por decreto”. Es decir, la ortografía no es el resultado de la evolución natural del lenguaje.
 

Contra la ortografía

Karina Galperín es doctora en Letras y Literaturas Romances por la Universidad de Harvard y profesora de la Universidad Di Tella, en Buenos Aires. Esta argentina ha retomado en los últimos años la provocación que hizo en 1997 Gabriel García Márquez durante el primer Congreso Internacional de la Lengua Española. En aquella ocasión, el autor colombiano sorprendió a todos con su discurso: “Jubilemos la ortografía, error del ser humano desde la cuna, enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y la jota y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que, al fin y al cabo, nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revólver con revolver. Y qué de nuestra be de burro y nuestra uve de vaca que nuestros abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una”.

Galperín no propone abolir la ortografía, sino hacerla más simple y atender a los nuevos retos que plantean internet y las redes sociales. “El español siempre tuvo una resistencia fuerte a escribir demasiado diferente de como pronunciamos, pero cuando en el siglo XVIII se decidió cómo íbamos a uniformar nuestra escritura hubo otro criterio que guio las decisiones, el etimológico, y así nos quedamos con haches mudas que no pronunciamos o con ges que suenan ásperas como en gente o suaves como en gato”, dice la profesora en una provocadora charla en la organización TED titulada “¿Ase falta una nueba ortografía?”.

La doctora se muestra favorable a los cambios introducidos por la Academia en la Ortografía de 2010 y pide paciencia para que la sociedad los adopte. “La incorporación del signo de interrogación de apertura tardó más de un siglo y medio. Normalmente los tiempos de adquisición de ese tipo de cambios son larguísimos y exigen mucha paciencia.” Galperín recuerda una anécdota que le ha leído a Víctor García de la Concha. El expresidente de la Academia contaba que cuando la institución se propuso quitar la hache intercalada de Christo, uno de los académicos reaccionó indignado: “Por encima de mi cadáver”. “El mayor enemigo en todos estos temas —concluye la profesora— es el público educado que no conoce la historia de la lengua.”

Podría verse la ortografía como un conjunto de normas de educación para mantener el orden en determinados ambientes, algo parecido al protocolo que se sigue para comer en un buen restaurante. Puede que no estemos habituados a usar en casa la pala y el tenedor de los cuatro dientes para el pescado, pero por respeto al resto de comensales los usaremos y no se nos ocurrirá utilizar las manos.

Distintos contextos

De la misma forma, al redactar un texto que va a publicarse o un documento que vamos a enviar al jefe, trataremos de emplear un estilo culto y nos preocuparemos por seguir fielmente todas las normas ortográficas. Casi todo el mundo entiende, quizás a excepción de los talibanes ortográficos, que podemos relajarnos un poco al escribir un mensaje de Whatsapp a un amigo o a la pareja, entre otras cosas porque escribimos rápido y hay pulgares enormes que no atinan con las dichosas teclas del móvil.

“Depende de la intención del texto y de a quién vaya dirigido”, señala José Antonio Millán, lingüista y autor, entre otros, de Perdón, imposible. Guía para una puntuación más rica y consciente (RBA, 2005). “No es lo mismo escribir un artículo con pretensiones de seriedad que escribir en Forocoches. Hay niveles distintos en el lenguaje escrito”, señala Millán.

En la misma línea, Andrés Trapiello, autor de la traducción del Quijote al español actual (Destino, 2015), dice que jamás se le ocurriría corregir las faltas de ortografía de determinadas personas que sabe que no tienen un nivel cultural muy alto. “Pero si las veo en un muchacho haragán en el colegio probablemente es porque está desaprovechando una oportunidad, y en ese caso es reprochable. He encontrado faltas de ortografía en todos los escritores del 98 y del 27 y no por eso se me ocurre pensar que escribían mal”, dice Trapiello, que recuerda que Cervantes escribía su nombre con be y con uve indistintamente, sin que pareciera importarle, entre otras cosas porque la norma no estaba fijada entonces.

Señalar el error

Si muchos autores cultos cometen faltas, si se acepta que la ortografía no estuvo ahí siempre, si se entiende que no son más que convenciones, a veces caprichosas y sin un sentido práctico, en fin, si se tiene en cuenta todo esto, ¿por qué esa insistencia en restregarle al otro su error y tacharle de ignorante? ¿No basta solo con corregir educadamente el fallo? ¿De dónde sale la furia de los talibanes ortográficos?

Dejando a un lado la soberbia y otras posibles razones psicológicas, lo cierto es que el talibán de la ortografía—que no es exclusivo de internet pero sí se mueve a sus anchas en ese terreno que permite el anonimato— puede haber surgido por reacción a otro espécimen de la red, el llamado Hoygan. Con este neologismo se llama a los usuarios que, normalmente con un bajo nivel cultural, escriben en los foros con un montón de faltas de ortografía y suelen pedir cosas imposibles. Dos ejemplos sacados de Wikipedia: “Hoygan nesesito saver donde vajar la pelicula de hestar Wars gratis”, “hoygan!!! Nesecito escrivir 1 komedia d cavallería xa mañana, puen aiudar??? Es xa 1 trabaho de clase. Graxcias!!!!”.

Lo que hablamos y escribimos no es más que el fruto de una larga historia de horrores y errores

Este tipo de frases son frecuentes en foros de internet y en las redes sociales. “Ahora todos escribimos continuamente en internet y los errores se ven más”, señala David Martín, profesor de lengua del Centro de Educación de Personas Adultas Ramón y Cajal, en el municipio madrileño de Parla. Sus alumnos no pudieron obtener el título cuando les correspondía por edad y ahora hacen un gran esfuerzo por conseguirlo. “Esa tendencia talibán hace que mucha gente se agobie. Algunos de mis alumnos piensan que si no dominan totalmente las tildes deben calificarse como personas que escriben mal. Enseñamos ortografía pero no creo que sea bueno bajar la nota en los exámenes por esto. Sería una forma de alejar a los alumnos del conocimiento. Al final, para enseñar ortografía lo mejor es enseñar a leer, a escribir y sobre todo a pensar, que es para lo que creo que debe estar la escuela.”

En líneas generales, los escritores y filólogos que han participado en este reportaje están de acuerdo en que la enseñanza de la lengua se ha centrado demasiado en cuestiones como la ortografía, como si esta estuviera escrita en las tablas de la ley, y ha obviado otros aspectos del idioma como su carácter evolutivo. “Falta inculcar el sentido un poco dinámico de las lenguas y de que estas no pertenecen a la Academia”, dice el lingüista Millán.

Lo más razonable es hacer por conocer las normas ortográficas y respetarlas según un buen entendimiento y optar libremente por seguir las recomendaciones de la Academia. Pero si comete un error no sienta vergüenza ni se flagele. Si se encuentra a un talibán ortográfico por ahí, en algún lugar de la red, puede insuflarle un poco de relativismo lingüístico y recordarle que lo que hablamos hoy es fruto de los errores de nuestros antepasados, que las faltas en las que caemos pueden acabar siendo parte de la lengua. En definitiva, que usted solo está siguiendo el guion.