11/11/2019
Opinión

Europa: momentos cruciales

De cómo actúe la UE dependerá el éxito en la lucha contra el yihadismo, la recuperación económica y la recomposición de la cohesión social

Joaquín Almunia - 27/11/2015 - Número 11
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Europa: momentos cruciales
Álvaro Valiño
A raíz de los terribles atentados de París, François Hollande ha solicitado formalmente ayuda al resto de los estados miembros de la Unión Europea, de acuerdo con una cláusula del Tratado de Lisboa. Un Estado fuerte como Francia, miembro del Consejo de Seguridad de la ONU y potencia nuclear y militar reconocida, muestra así sus limitaciones a la hora de proteger la seguridad de sus ciudadanos y perseguir a los terroristas de ISIS. Semanas antes, la canciller Angela Merkel pedía el apoyo y la solidaridad de sus colegas para ordenar los flujos de refugiados procedentes de Siria y de otras zonas en conflicto. El país más poderoso de la UE se ha visto obligado a ello. Y en esos mismos días David Cameron, después de esquivar durante años sus compromisos como dirigente político de la UE, recorría las capitales recabando ayuda para ganar el referéndum y para mantener a  Reino Unido como miembro de la Unión. Todo ello sucede al mismo tiempo, en este otoño turbulento.
 
Por supuesto, los tres mayores países de la UE no son los únicos que se han visto obligados a solicitar ayuda. Años atrás, varios países de la periferia de la zona euro, y algunos de los que se integraron en la Unión en la última ampliación, tuvieron que pedir a sus socios apoyo financiero a cambio de duras condiciones, ante la negativa de los mercados a suscribir sus emisiones de deuda. Y los países responsables de controlar su parte correspondiente de la frontera exterior de la Unión, tanto en el este como en el sur del continente, exigen recursos y medios para no verse desbordados.

En definitiva, los desafíos más importantes a los que se enfrentan los gobiernos europeos —en el ámbito de la seguridad, del control del territorio, de la economía o de la libre circulación de personas— no pueden enfrentarse recurriendo en exclusiva a los instrumentos tradicionales del Estado-nación. Las fronteras, y no solo las del interior de la UE, son demasiado porosas. La información y la comunicación escapan muchas veces al control estatal. Los mercados transmiten sus señales y sus sensaciones en décimas de segundo a todo el mundo.

La respuesta no puede ser el repliegue, la reconstrucción de fronteras interiores o el recorte de libertades


Los gobiernos aparecen debilitados ante el electorado que depositó su confianza en ellos. Muchas promesas electorales se convierten pronto en incumplimientos flagrantes. Y los partidos gobernantes, así como los que forman parte de la oposición pero no renuncian a su vocación de gobierno, dudan cómo responder ante las críticas procedentes del populismo, que acierta al poner el dedo en algunas llagas, aunque luego se descalifica al avanzar soluciones inviables, salidas simplistas y visiones del futuro que recuerdan demasiado a un pasado al que casi nadie quiere regresar.
 
La respuesta ante los límites del Estado-nación para ofrecer soluciones eficaces no puede ser el repliegue, la reconstrucción de las barreras fronterizas en el interior de la UE, el recorte de las libertades o la deconstrucción de los niveles de integración económica conseguidos en los últimos 50  años. El futuro no se alcanza recurriendo a la marcha atrás. Necesitamos, eso sí, volver a analizar las razones de fondo que llevaron a los “padres fundadores” a impulsar el proyecto europeo. Los valores que estuvieron en su origen —la paz, la construcción gradual de un espacio común basado en la economía de mercado, la defensa de la libertad y de un sistema democrático garante de los derechos humanos y de la cohesión social— son los mismos que debemos hacer realidad hoy, en un contexto muy distinto. Lo que hace 60 años podía conseguirse gracias a la coordinación de los gobiernos nacionales exige hoy un grado de integración mayor. La necesidad de compartir soberanía es hoy mucho más evidente para preservar lo que hemos logrado y, sobre esa base, seguir avanzando.
 
Esto es válido para resolver los problemas de la Unión Económica y Monetaria puestos de manifiesto durante la crisis, como reconoce el “Informe de los cinco presidentes” al plantear orientaciones para completar su estructura institucional y mejorar su funcionamiento. También lo es a la hora de extender y profundizar el mercado interior mediante la Unión por la Energía, el mercado único digital o el mercado único de capitales, iniciativas planteadas por la Comisión Europea y sometidas ahora a la consideración del Consejo y del Parlamento Europeo.
 
Pero no hay que reducir la necesidad de más integración a los aspectos económicos. El control de las fronteras exteriores, la adaptación de la legislación sobre el derecho de asilo y refugio, la mejora en la coordinación de los servicios de inteligencia y de las fuerzas y cuerpos de seguridad, el refuerzo de los recursos para la ayuda humanitaria, la cooperación con los países vecinos más próximos a las zonas de conflicto bélico, la acción diplomática conjunta para tratar de poner fin de manera estable a esos conflictos, la definición de una estrategia europea coherente para la relación con Rusia... Las tareas que tiene por delante la UE son ingentes, y en muchos casos urgentes, porque los estados por separado son incapaces de llevarlas a cabo.

Los argumentos en favor de proporcionar un fuerte impulso a la integración europea cobran aún mayor peso desde una perspectiva de medio y largo plazo. El peso relativo de la población europea respecto del conjunto del mundo viene disminuyendo desde mediados del siglo pasado, y según las proyecciones de los demógrafos esa tendencia se va a acelerar

En eso que llamamos “Bruselas” se está jugando una partida cuyo resultado depende de todos nosotros

de aquí al año 2050. La UE no va a ganar población, mientras que sí lo harán Estados Unidos, Latinoamérica y sobre todo África y Asia. En cuanto a la dimensión económica, la pérdida de peso relativo puede ser aún mayor, puesto que nuestro potencial de crecimiento se sitúa claramente por debajo de la media. Si la Unión Europea no da el paso de unificar su representación en el FMI, el Banco Mundial o el G-20, a mediados de este siglo reclamarán nuestro puesto en esos organismos economías que hoy en día parecen minúsculas al lado de Alemania, Francia o Gran Bretaña.
 
Pasar de los deseos a la realidad no va a ser nada fácil. No hay que engañarse al respecto. Las reticencias que son hoy moneda común cada vez que desde las instituciones de la UE o desde alguno de sus países miembros se pide aunar esfuerzos —no digamos cuando lo que se reclama es solidaridad— muestran que la inercia soberanista de los defensores del Estado-nación es muy fuerte. A pesar de que cada vez son más evidentes las limitaciones del ejercicio de la soberanía nacional para la defensa eficaz de nuestros intereses, los gobiernos se resisten a aceptarlo y tratan de convencer a los ciudadanos de que nadie mejor que ellos para ofrecerles al menor coste posible lo que piden, además de protegerlos y representarlos. Por no hablar de quienes intentan aprovecharse de la incapacidad del Estado-nación para amputarle sus funciones y parte de su territorio, argumentando que las soluciones se encuentran exactamente en la dirección opuesta a señalar a Europa como destinatario de la soberanía cedida, ignorando la tendencia hacia la globalización.

Hay que reconocer que la solidez racional de los argumentos en favor de mayores competencias y funciones para el nivel europeo chocan, además de con la inercia soberanista estatal o subestatal, con la falta de aprecio popular respecto de las instituciones de la UE. “Bruselas” no goza de buena fama. Aparece a los ojos de la opinión pública como un entramado burocrático, opaco y exento de mecanismos de control democrático dignos de tal nombre. La mayoría de la gente no entra en detalles, por desconocimiento o por indiferencia, acerca de cuáles son las competencias de la Comisión, cómo se eligen sus miembros o ante quién responden. Ni presta mucha atención a la labor del Parlamento Europeo, cada vez más importante en los aspectos legislativos. Muchos ciudadanos  ni siquiera acuden a las urnas para votar a sus representantes en esa cámara. Y en demasiadas ocasiones se atribuyen a “Bruselas”, o a “la Unión Europea”, decisiones y responsabilidades pertenecientes a los gobiernos nacionales reunidos en el seno del Consejo. Eso sí, muchos políticos nacionales tienen muy bien aprendida la lección a la hora de apuntarse como propios los éxitos colectivos de la UE y endosar a Bruselas las contrapartidas desagradables atribuibles a sus propias decisiones.

Pero siendo consciente de todas estas dificultades, lo soy aún más de lo mucho que nos jugamos en función del éxito o fracaso de la integración europea. En el inmediato futuro, de cómo actúe la UE dependerá el éxito en la lucha contra el terrorismo yihadista, en la acogida de los refugiados, en la recuperación económica y en la recomposición de la cohesión social. En el medio y largo plazo, el avance progresivo de Europa, de la idea de una Europa unida en torno a nuestros valores más queridos, es sinónimo de nuestro propio futuro y del de nuestro hijos. En eso que llamamos coloquialmente “Bruselas” se está jugando una partida muy importante, cuyo resultado depende de todos nosotros.