6/12/2019
Opinión

Putin, el cuervo y el zorro

El presidente ruso ha apostado por un capitalismo a su medida sin libertades públicas, con ambiciones expansionistas y embriagado de nacionalismo

Adam Michnik - 02/10/2015 - Número 3
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Putin, el cuervo y el zorro
Diego Mir
En los últimos 20 años, Rusia ha pasado de vivir en un régimen autoritario a hacerlo en otro pretotalitario en el que su presidente, Vladimir Vladimirovich Putin, ha mezclado tradiciones zaristas y soviéticas en un peligroso y explosivo cóctel molotov. Para Putin el modelo de Estado democrático y liberal es una aberración sin sentido. Desprecia profundamente el mercado y todo lo que este conlleve y considera las libertades una molestia innecesaria. Defiende un capitalismo a su medida, que no lleve aparejados derechos políticos ni de ningún otro tipo. Envidia el modelo chino y su idea de democracia soberana se resume en hacer lo que le da la gana, independientemente de lo que puedan decir la Unión Europea, la ONU o cualquier otra institución de carácter internacional.
 
Su decisión de ocupar Crimea en febrero de 2014 desordenó el panorama internacional, pero le situó en el centro de atención y, en su opinión, devolvió a Rusia al lugar que merecía: el de protagonista en el escenario con todas las luces enfocándole. De manera un tanto simplista se podría decir que la política expansionista de Putin atiende a cuatro razones fundamentales.
 
La primera es su convencimiento de que Rusia es el lugar natural del que nunca debieron salir determinados territorios desgajados de la antigua Unión Soviética y al que deberían volver cuanto antes y sin falta.
 
La segunda es su temor a que la revolución democrática ucraniana produjera un efecto contagio en su país. Nada aterrorizó más al presidente ruso que la sombra de una revolución de color en su propia casa. Para el putinismo la democracia es una enfermedad, un contagioso virus que, ante el riesgo de que pueda extenderse y encontrar acomodo dentro de sus propias fronteras, necesita de una vacuna radical.
 
La tercera tiene que ver con su imagen interna y externa. Putin percibió una cierta sensación de decadencia y frustración en la sociedad rusa. Una sociedad que con la ocupación de Crimea podría levantar las rodillas y demostrar que Europa está llena de perdedores, de líderes débiles preocupados por defender, por ejemplo, los derechos de los homosexuales a los que él tanto desprecia porque los considera contrarios a los valores tradicionales de la ortodoxia cristiana europea, de los cuales se tiene por paladín.
 
La cuarta razón podría achacarse al temor. Un siglo y medio después de la famosa frase “un fantasma recorre Europa”, para Putin otro recorrió la Europa oriental: el fantasma del Maidán. Hasta ese momento su comportamiento internacional era relativamente previsible y no representaba una preocupación especial para el mundo occidental, pero el día que vio al presidente egipcio Hosni Mubarak entre rejas, el presidente ruso entendió que, de no alterar su posición, podría sucederle algo similar.
 
El de Putin es un Gobierno corrupto que atemoriza y roba a sus ciudadanos. En Moscú es popular una satírica adaptación de la fábula de La Fontaine sobre el cuervo y el zorro: tras ver un cuervo en lo alto de una rama con un apetitoso trozo de queso en el pico, un zorro hambriento le preguntó si iba a votar a Putin en las siguientes elecciones presidenciales. Ante el silencio del cuervo, el zorro se presentó como miembro de Rusia Unida, encargado de realizar una encuesta preelectoral para saber con quiénes contar como aliados. El cuervo continuó sin responder, lo que llevó al zorro a reconocer que realmente era miembro del FSB (antiguo KGB) y a amenazarle con talar el árbol y apresarle si no desvelaba su intención de voto. Ante esa intimidación, el cuervo cedió a la presión y abrió el pico para afirmar que su voto iría para Putin, momento en el que el trozo de queso cayó al suelo. El zorro lo devoró con ansias y desapareció ante el desconcierto del cuervo, que se dijo: “¡Seré idiota! ¡Me hubiera dado igual decir la verdad!”

El Ejecutivo de Putin es corrupto y ladrón. Se lleva el queso de los ciudadanos rusos con independencia de si le apoyan o no en las elecciones. Es un Gobierno que, cabalgando a lomos del nacionalismo, ha emprendido un camino de difícil retorno para tratar de reconstruir el imperio ruso, un designio en ocasiones favorecido por las muchas indecisiones de la Unión Europea.
 
Afortunadamente, esa no es la única realidad de Rusia, así como Hitler no era el único rostro de Alemania, ni Mussolini lo fue de Italia. Rusia es un país lleno de conflictos y debates, y no todos sus ciudadanos han sucumbido a los engaños y manipulaciones permanentes a los que trata de someterles su presidente. No todos creen sus afirmaciones de que las democracias occidentales son un peligro mortal para Rusia.
 
A pesar de lo que pregona Vladimir Putin, no es cierto que sus vecinos pequemos de rusofobia. Más bien todo lo contrario. Somos rusófilos, pero antisoviéticos. Como escribió Alexander Herzen, considerado el padre del socialismo ruso, “amamos al pueblo ruso y a Rusia, pero no nos poseen las pasiones patrióticas”. No adoramos a verdugos ebrios de patriotismo y creemos que el pueblo ruso tiene el mismo derecho a vivir en el mundo de los valores europeos que los ucranianos o los polacos. Europa y el mundo necesitan una Rusia independiente, democrática y estable, necesitan una Rusia sin Putin. Y desde las instituciones, desde las naciones y desde la opinión pública resulta conveniente parar esa ebriedad nacionalista ya que, como si se tratara de una bicicleta, cuando deje de tener inercia y empuje, caerá por su propio peso. 

Traducción de Juan Oñate