23/10/2017
Opinión

Putinismo y democratura

Editorial - 30/09/2016 - Número 53
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El partido de Vladimir Putin, Rusia Unida, consiguió el pasado18 de septiembre un triunfo desbordante en las elecciones legislativas de su país y se hizo con tres cuartas partes de los escaños de la Duma, el Parlamento ruso. Que la oposición compareciera en la campaña sin especial relieve y que el índice de participación registrado fuera muy bajo permite una interpretación ambigua que incluiría la posibilidad de concluir también que son muestras de confianza de la sociedad rusa hacia sus actuales gobernantes. Más exacto sería pensar que estamos ante un caso de tirano elegido en las urnas, lo que el profesor Santos Juliá ha dado en denominar autocracia electiva.

Rusia ha dejado de ser el país próspero resultante de los altos precios del petróleo y el gas. Putin y su entorno de leales —que le rodean, prietas las filas, conforme el presidente ruso se ha ido deshaciendo de quienes se atrevían a contradecirle— monopolizan el poder, radicalizando sus prácticas autocráticas para vaciar las instituciones de contenido democrático y eliminar los controles. Así, la Duma ha perdido funciones y todo queda cada vez más en las manos del xenófobo, nacionalista y antiliberal líder. No está solo en esta tendencia: sus homólogos polaco o húngaro, por no hablar de aspirantes a serlo en Francia o Estados Unidos, han abrazado también esta nueva forma de autoritarismo populista.

La impresión es que mientras Putin se mantenga en el poder Rusia seguirá siendo un elemento de inestabilidad para los países de su entorno, que incluyen tanto a los socios de la Unión Europea —cuyas desgracias celebra Putin— como a los de Oriente Medio —que con la guerra de Siria viven momentos inéditos de pánico-. La esencia misma del actual régimen ruso se cifra en prodigar intervenciones exteriores para restaurar un malherido orgullo nacional, pieza separada de las crecientes penalidades de la población. El intento es presentar la vuelta a una fantasmagoría llena de añoranza de los viejos tiempos soviéticos como la alternativa creíble a la democracia occidental.

A ello va destinada la masiva propaganda gubernamental, que asfixia y torpedea a cualquier medio o cualquier ONG que no se atenga a lo dictado por el núcleo duro del exagente de la KGB. Debería prestarse mayor atención al putinismo que en su declinación encubre la decadencia y exalta el culto al líder pero confirma que, si a su debilidad se sumara el afán de desquite, acabaría convirtiéndose en una amenaza  mayor.