23/10/2017
Libros

Retrato de Chile con Sailor Moon

Paulina Flores se presenta con un brillante y fresco libro de relatos que comparten el contexto de la crisis chilena

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Retrato de Chile con Sailor Moon
La escritora chilena Paulina Flores. PalomaPalominos / Seix Barral.
Paulina Flores es tan joven que son las madres de sus protagonistas las que escuchan a Mecano, es tan joven que sus personajes rememoran con añoranza “el último verano de su infancia”, allá por 2010. Paulina Flores es tan joven —nació en 1988— que, según el prejuicio, debería escribir peor. O más torpe. O con más atropellamiento, arrogancia o ansiedad. Paulina Flores es tan joven que, y eso es lo mejor, le quedan muchos libros por delante.

La chilena ganó el premio Roberto Bolaño con el relato que da nombre a su primer libro, “Qué vergüenza”, y que, sin ser necesariamente el más memorable, sirve para hacerse una idea del clima que se instala en el resto del volumen. Encontramos a un padre y a sus dos hijas, buenas intenciones y pésima comunicación. El padre está parado —“cesante” en Chile—, como casi todos los padres de estos relatos, que cabalgan entre la actualidad y el final de la década de los 90, “cuando todo parecía fluir o flotar”, como se dice en otra de las historias, “Tía Nana”, y cuando Flores era una niña.

En casi todos los cuentos se percibe la tensión de clases, pero también algunos cismas de nuevo cuño

En aquellos años, la crisis asiática tuvo repercusiones en Chile y aumentó el paro hasta en un 10%, volviendo a poner en su sitio a aquellos que se habían creído lo del supuesto milagro capitalista de los años de la dictadura. A otros ya ni les alcanzó. El volumen, de hecho, estuvo a punto de titularse Crisis. En casi todos los relatos de Qué vergüenza se percibe la tensión de clases, la antigua, la de siempre, la que divide por ejemplo a los capitalinos cuicos (pijos) de los huasos, pero también algunos cismas de nuevo cuño, más sutiles. En el excelente cuento final, “Afortunada de mí”, que es también el más largo, dos niñas intentan y no consiguen ser mejores amigas. Una, Caro, llamada así por Carolina de Mónaco, vive con su madre soltera y sus abuelos y tiene paga semanal para cosas bonitas y cromos de Sailor Moon. La otra, Nicole, no la tiene, aunque sus padres, que trabajan a turnos distintos y jamás coinciden en la casa, son propietarios y no arrendatarios, como recalca el padre, amargado por un empleo que le consume. La ya precaria relación entre las dos niñas se tambalea cuando la madre de Nicole contrata a la de Caro para hacer de canguro y limpiadora. Las diferencias sociales, en definitiva, serían imperceptibles para quien las viera desde muy arriba o desde muy abajo, pero en su caso resultan definitorias.

Otro niño protagonista, el del cuento “Últimas vacaciones”, también vive un intento de rescate de clase por parte de su tía, que trabaja en un banco, conduce un Kia, veranea en un camping y ha conseguido dejar atrás la pobreza familiar. No es fácil escribir de niños. Hasta al autor más hábil le salen romantizados o pequeños idiots savants, sin lugar para la mezquindad, pero Flores consigue evitar ese peligro tan común. Sus niños son como sus adultos: raros, confundidos y supervivientes. Ella misma ha confesado predilección por el cuento “Talcahuano”, protagonizado por una pandilla de chavales-ninja (se entrenan para serlo) que viven en “una de las poblaciones más pobres de una de las ciudades más feas del país”.

De Lorrie Moore a The Smiths

La autora, que recibió el espaldarazo de Alejandro Zambra (Bonsái, Formas de volver a casa, ambos en Anagrama) cuando acudió como alumna al taller de escritura que impartía este, ha reconocido la importancia que tuvo para ella leer a Alice Munro. Aunque quizá son más notables en sus cuentos las huellas de otra autora que a la que admira, Lorrie Moore. Algunas de sus heroínas, mujeres jóvenes que manejan francamente mal su vida sentimental, recuerdan a las de los primeros libros de Moore, Autoayuda y Pájaros de América (ambos en Salamandra), si bien su estilo no tiene el laconismo cáustico de la estadounidense. La protagonista de “Olvidar a Freddy” se sentía orgullosa de ser “una chica valiente que estudiaba una carrera que no servía para nada y que se iba joven de la casa con un hombre al que apenas conocía, lo opuesto a lo que su madre viviera y deseara para su hija” hasta que el hombre la abandona y la chica se queda a cargo de esa misma madre y se ve convertida en un arquetipo de película mala, la chica que se autocompadece sumergida en una bañera. En un par de ocasiones le falla a la autora esa capacidad para puentear el cliché señalándolo y riéndose de él, como cuando hace del personaje de Cris, el amigo gay del último cuento, una mezcla de todos los amigos gays de la ficción creados para cumplir esa función, la de hacer de contrapunto gracioso, alocado y  pop a la protagonista melancólica. O cuando hace que los niños-ninja de Talcahuano sean, en 1997 y con 10 años, fanáticos de los Smiths, como la propia autora, y se dediquen a traducir con un diccionario las letras del Meat is murder.

Los personajes niños que construye Flores son como sus adultos: raros, confundidos y supervivientes

Cuesta evitar la tentación de buscar elementos generacionales en autores que justamente incorporan a la escritura sus propios referentes. Ahí resulta refrescante encontrarse a personajes que escriben “jajajaja” en sus chats, no porque algo les cause risa sino por deferencia y continuidad, o que reflejan la esquizofrenia del consumo cultural actual, ejemplificado de manera bastante extrema en el personaje de Denise, que aplaca la ansiedad nocturna “leyendo el Antiguo Testamento y viendo porno”. Nada como un pasaje de Ezequiel y 40 segundos de colegialas asiáticas.

Lo próximo de Paulina Flores no serán nuevos relatos sino una novela, según ha explicado en varias entrevistas, y será interesante ver cómo se maneja en las distancias largas.

Qué vergüenza
Qué vergüenza
Paulina Flores
Seix Barral, Barcelona, 2016, 293 págs.