23/6/2017
Libros

El último verano

El debut de Cline es un relato iniciático ambientado en el verano de 1969 con la sombra de la secta de Manson de fondo

AHORA / Aloma Rodríguez - 30/09/2016 - Número 53
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El último verano
Emma Cline. Bill Clegg
La fecha de inicio del largo verano del amor está oficialmente fijada en 1967, con el nacimiento de la contracultura en San Francisco. Aunque el LSD había dejado de ser legal en octubre del año anterior. Empezaba así una ola de amor con la que se pretendía cambiar el mundo usando canciones, drogas expansivas, todo fundado en eso tan abstracto que llamaron amor y que, a fuerza de rellenarlo de casi cualquier cosa, terminó por vaciarse de significado. El verano de 1969 fue un capítulo más de ese verano lleno de sexo, alcohol y psicodelia, pelos lacios y largos y ropa de segunda mano. Al calor de toda una serie de maneras diferentes de ver el mundo y de estar en él (terapias alternativas, vegetarianismo, etc.), también se propició la aparición de un nuevo sectarismo mesiánico. De todos sus exponentes, el más conocido es Charles Manson, que quería ser más famoso que los Beatles y millonario. Fue instigador y partícipe de los asesinatos de siete personas, en dos casas y con un día de diferencia en California, con los que pretendía iniciar una guerra racial en Estados Unidos. Esos son los hechos conocidos, contados hasta la saciedad.

La escritora Emma Cline (Sonoma, California, 1989) también se obsesionó con los crímenes, visitó los foros de internet
La escritora se obsesionó con la familia Manson, buscó en hemerotecas, libros y foros de internet
dedicados a los asesinatos y buscó en hemerotecas y en libros. Uno de los elementos más sorprendentes del caso fue la gran presencia de mujeres en la familia Manson y su participación activa y sádica en las matanzas: Susan Atkins, Leslie van Houten, Patricia Krenwinkel o Linda Kasabian —que no llegó a entrar en la casa en la que fue asesinada Sharon Tate, se quedó en el jardín en estado de shock y luego estuvo a punto de huir en el coche; su testimonio fue fundamental en el juicio y le valió la exculpación— son algunos de sus nombres reales. Cline se sirve de esos acontecimientos en su debut, Las chicas: los nombres están cambiados, hay elementos que han sido deliberadamente eliminados (como el satanismo de Manson o la idea de la guerra racial) y se han conservado otros (las ínfulas musicales de Manson, la vida en comunidad, las drogas y el sexo, no siempre consentido). Se centra en una adolescente que, de manera azarosa, pasa unos meses en el rancho de Russel —el Manson de Cline— justo antes de que se cometan los asesinatos. Sin embargo, aparece primero como una mujer madura, que no tiene trabajo y está pasando unos días en casa de un amigo cuyo hijo adolescente entra en la casa de noche y le da un susto de muerte. El chico la reconoce como la que “estaba en la secta esa”. Ese encuentro trae de vuelta —si es que alguna vez se fue— el recuerdo de sus días en el rancho. Los dos puntos de vista, el de la mujer madura y el de la adolescente, se van alternando a lo largo de la novela.

El tiempo de la indolencia

En 1969 Evie Boyd, la narradora y protagonista, tiene 14 años, sus padres están divorciados (el padre vive con su secretaria veinteañera y la madre se apunta a cualquier nueva moda saludable que le enseñe su gurú Sal —alimentarse de algas, practicar yoga, pintarse los ojos con kohl— antes de empezar a salir con hombres de nuevo) y se enfrenta al hastío del verano acompañada de Connie, su mejor amiga (“Lamíamos pilas para sentir el calambre metálico en la lengua, que según los rumores era la decimoctava parte de un orgasmo”).

Evie está en el verano de la indolencia: en septiembre la van a mandar al mismo internado en el que estudió su madre y lo único que querría es ser mayor, encajar y, tal vez, gustarle al hermano mayor de Connie. Escribe: “Por aquel entonces, yo estaba siempre pendiente de la atención de los demás”. Y un poco más adelante: “Esperaba que alguien me dijese qué había de bueno en mí”. Una pelea tonta la aleja de Connie y la casualidad hace el resto: después de un primer avistamiento de las chicas en el parque (“Volví la mirada por las risas, y seguí mirando por las chicas. Lo primero en lo que me fijé fue en su pelo, largo y despeinado. Luego en las joyas, que relucían al sol. Estaban las tres tan lejos que solo alcazaba a ver la periferia de sus rasgos, pero daba igual: sabía que eran distintas al resto de la gente del parque.”) en el que ve cómo una de ellas enseña un pezón, hay un primer encuentro en la tienda (Evie finge robar papel higiénico para Suzanne, la chica que despierta toda su fascinación). Y otro, el definitivo: las chicas detienen el autobús negro en el que viajan cuando ven a Evie parada intentando arreglar la cadena de la bici y llevan a la chica hasta el rancho. Esa noche se celebra allí una fiesta, queman un coche, toman drogas, Evie escoge un vestido del montón de ropa de segunda mano de Suzanne y termina en el remolque de Russell, donde le practica una felación sin que le dé tiempo a decidir si quiere hacerlo (“¿Cómo había llegado yo hasta allí, a ese remolque, y había terminado en el bosque oscuro sin miguitas que me condujeran a casa?”, se pregunta inmediatamente después). Será solo el principio: a pesar de la perplejidad de Evie, la fascinación es mayor y se queda. No quiere separarse de Suzanne, que la acoge como su protegida. Pasa los días en el rancho, ve a los niños, demasiado grandes para llevar pañales; la comida es escasa; la higiene casi ausente y todos admiran a Russell, del que creen que pronto se convertirá en un cantante famoso. Casi todo lo demás encaja más o menos con lo que sucedió en realidad.

Podía haber confiado más en los temas del libro: la adolescencia, el paso del tiempo y la mirada hacia el pasado

Cline trata de tirar de varios hilos: por un lado, el complejo mundo de la adolescencia, frágil y vulnerable; por otro, la marca que deja haber estado tan cerca de la tragedia. Es también una historia de amor y fascinación, la de Evie por Suzanne, que termina por resultar agotadora y algo repetitiva, tal vez porque el personaje de Suzanne es antipático y demasiado opaco como para entender qué es lo que atrae tanto a Evie. La escritora demuestra una gran habilidad para el juego con el lenguaje y las metáforas —que llenan la novela—, pero en ocasiones suponen un lastre en la narración. También resultan un poco forzadas algunas reflexiones feministas que Cline introduce por boca de la narradora. Todas las chicas de la novela parecen sometidas y necesitar de la aprobación ajena: la madre a su novio, las chicas del rancho a Russel, Evie a Suzanne, Connie a su nueva amiga… A veces da la sensación de que Cline podía haber confiado más en los temas principales del libro: la adolescencia, el paso del tiempo y la mirada hacia el pasado propio. La mezcla de temas y la ambición de abarcarlo todo (el miedo que persigue a Evie toda su vida, el feminismo, la entrada en la vida adulta, el retrato sociológico de una época) no terminan de cuajar en esta primera novela que ya era un éxito antes de haber sido publicada.

Las chicas
Las chicas
Emma Cline
Traducción de Inga Pellisa
Anagrama, Barcelona, 2016, 336 págs.