6/12/2019
Cine

Retrato de una generación (casi) política

La retirada, los tiempos muertos y los personajes a la deriva son algunas señas de parte del nuevo cine realizado desde el 15-M

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Retrato de una generación (casi) política
Fotograma de ‘Pueblo’, de Elena López Riera.
Una fiesta y varios amigos hablando, más bien vociferando ininteligiblemente por debajo de un fondo de música. Una mesa y otros tantos colegas charlando mientras pasa la noche. Parecen escenas encadenadas de una misma película, pero pertenecen a dos largometrajes distintos cuyas tramas están separadas entre sí por casi 40 años de tiempo. La primera situación tiene lugar la noche en la que el PSOE ganó de manera rotunda las terceras elecciones legislativas celebradas en España después de la muerte de Franco. La segunda ocurre durante la noche del 25 de septiembre de 2010, en Barcelona, cuando un grupo de personas ocupó el Banco de Crédito Español en vísperas de la huelga general que se produciría días más tarde. La primera se llama El futuro y la firma Luis López Carrasco, la otra se titula Vida Extra y está dirigida por Ramiro Ledo. Ambas, estrenadas en 2013, son de los primeros retratos cinematográficos de una generación golpeada por la precariedad, perpleja y agotada ante un escenario político y económico sostenido en la corrupción y la incertidumbre.

Protagonistas desorientados

En los cuatro años que van desde el 15-M hasta las próximas elecciones del 20 de diciembre de 2015, cierto cine ha tratado de registrar un malestar social que sale a la búsqueda de ese supuesto cambio, en el caso de que llegue, que podría estar o no gestándose. Hay cineastas veteranos tan distintos entre sí como Sylvain George con Vers Madrid (2013), Basilio Martín Patino con Libre te quiero (2012) o Tony Gatlif con Indignados (2013) que bajaron a las calles a filmar mareas ciudadanas y los gestos del descontento callejero; otros han retratado el drama de los desahucios (Techo y comida, de Juan Miguel del Castillo, o La granja de paso, de Silvia Munt). Pero algunos directores jóvenes, muchos vinculados a la hornada magmática del otro cine español, han optado por otro tipo de relato a la hora de filmarse a sí mismos y su horizonte tanto personal como colectivo. Han construido un relato que se busca en la retirada, en los tiempos muertos, en personajes a la deriva y atravesados por una sensación de parálisis e inacción, como si se encontraran en un estado prepolítico a la espera de una señal para entrar en acción.
 



Desde que los cimientos del cine español están siendo removidos por nuevas propuestas generacionales y estéticas, muchos críticos han querido ver en Vida Extra, El futuro y otras producciones previas sui generis como Gente en sitios (Juan Cavestany, 2013) una idea de ficciones que trabajan lo político, o, como mínimo, poseen “una sensibilidad hacia la situación actual del país, más allá de lo económico”, como corrige con cautela Gonzalo de Pedro, director artístico del Festival Márgenes y crítico de cine. Para Carlos Losilla, comisario del ciclo “Un impulso colectivo” y crítico de cine, a diferencia de la generación de cineastas de la década de los 90, “cuando se jugaba en el terreno de una política más

Los cimientos del cine español están siendo removidos por nuevas propuestas estéticas y generacionales

tradicional y en tono más épico —Aranoa, por ejemplo, hablaba de obreros desempleados como si fueran dioses caídos, y la juventud de Iciar Bollaín parecía un remedo del hippismo—, los cineastas de ahora tratan historias de jóvenes desorientados y de tipos sin trabajo que no hacen reivindicaciones concretas. Simplemente se callan y muestran su desamparo o bien quieren cambiarlo todo, como en el caso de las películas de Jonás Trueba.”


Pueblo - Trailer from Vermut on Vimeo.


Con todo, no es difícil trazar paralelismos en lo cinematográfico entre pasado y presente, Transición y 15-M, y en estos años se han sucedido ciclos confrontando el cine militante de los años 70 con las películas de estos nuevos directores —Memoria del descrédito, organizado en 2014 entre LABoral Centro de Arte de Gijón junto al Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía; o 40 años no es nada (Reflejos y derivas del cine militante español contemporáneo), puesto en marcha por la Asociación DOCMA también en 2014—. Si algo caracteriza a estos nuevos relatos que intentan explicar el presente es la intimidad del confuso y del extraviado frente al agitprop de antaño o los brotes verdes oficialistas, una característica que también une a ejercicios a priori tan dispares como El apóstata, de Fernando Veiroj, Pueblo, de Elena López Riera, y el trabajo de corte experimental Pas à Geneve, del colectivo lacasinegra, el proyecto Nosotros, de Felipe Vara del Rey, u otras aproximaciones al malestar y el desarraigo a través de géneros dispares como el cine noir, como en Berserker, de Pablo Hernando, o la ciencia ficción, como sucede con Sueñan los androides, de Ion de Sosa, o incluso con Crumbs, de Miguel Llansó.

Despertares

En Gente en sitios, una de las protagonistas de esta película coral se golpea la cabeza y cuando levanta el gesto para recuperarse del dolor observa encima de ella la bandera española. Para gran parte de la crítica española, la cinta de Cavestany funcionaba como una radiografía del estado anímico del país. Hoy, tan solo dos años después de que llegara a las salas, puede interpretarse como una de las propulsoras de esa incómoda extrañeza sobre la que giran estas nuevas ficciones. En El apóstata, coescrita entre Fernando Veiroj y Álvaro Ogalla, también protagonista del filme, el personaje principal se autoadjudica la misión imposible de apostatar de la religión católica al mismo tiempo que parece deambular sin descanso pero también sin un objetivo concreto en su día a día: todavía no ha terminado la carrera de Filosofía, entrega sospechosos sobres en puertas ajenas por indicación de su padre y es incapaz de comprometerse sentimentalmente. Cuenta Ogalla que “Gonzalo, mi personaje, está viviendo ese despertar a su conciencia ciudadana, a su toma de control político. Es un buen anarquista, amante de la buena ley, discutida, cuestionada, móvil y conforme a los tiempos. Y su misión de apostatar no solo tiene que ver con dejar de una vez de ser católico, sino que quiere apostatar de su familia”.
 
La deriva de Gonzalo en El apóstata tiene correlación con la del personaje de Rafa en el cortometraje Pueblo, de Elena López Riera, una las escasas representantes patrias en el último Festival de Cannes, donde participó en su Quincena de los Realizadores. Pueblo presenta a Rafa, que acaba de llegar a España después de una temporada en el extranjero, deambulando durante una noche de Semana Santa por un paisaje social y emocional anclado en el tiempo. En El futuro, de Luis López Carrasco, se plantea una fiesta en la que no pasa nada porque tampoco podemos apenas oír lo que cuentan. Explica López Carrasco que la película nació una tarde de septiembre de 2011 cuando uno de sus mejores amigos le llamó para decirle que se volvía a ir de España: “A partir de entonces cada semana despedíamos a algún conocido que se marchaba del país”, recuerda. “La idea era de 2007 y tenía muy claro que quería hacer una película que se desarrollase en una fiesta en la que no se escuchara a nadie, pero a lo largo de 2010 y 2011, inspirado por algunas lecturas sobre la cultura de la Transición, decidí ubicar la fiesta en el 82 para convertir el filme en una crítica ya no tanto a la Transición sino al inicio de la década de los 80, el culmen de ese periodo que creo que inició otra nueva etapa que concluyó en 2011.” 

Contra el realismo tímido 

Carrasco, también productor de Sueñan los androides, subraya que buena parte de estas películas alternativas que buscan en el presente se encuentran entre el documental, la ficción o la vanguardia, y que muchas son deudoras del auge del documental en el cine español desde principios de los 2000, cuando se erradica la estructura de la ley Miró. “En esos años el documental desaparece, prácticamente no existe en la producción española a excepción de El sol del membrillo, de Víctor Erice. ¿Puede la comedia madrileña describir a todo un país?”, se pregunta Carrasco. “Probablemente logre ofrecer una visión interesante, pero no es suficiente.”

“El cambio más notable y que puede ser considerado generacional es el empleo del cine como instrumento con el que relacionarse con la realidad más concreta y palpable, y no ya en los términos de ese realismo tímido practicado por directores en películas como El bola.” A la idea de realismo tímido, concepto acuñado por el crítico Ángel Quintana al hilo de

Gente en sitios propulsó esa incómoda extrañeza sobre la que giran estas películas recientes

una lectura de Princesas (2005) de Aranoa, también se refiere Gonzalo de Pedro cuando habla del creciente compromiso del documental contemporáneo con la cuestión política y en relación con estas ficciones que utilizan recursos narrativos de la no ficción y parecen querer contar conflictos del presente más allá de los tonos emocionales de sus protagonistas.
 
Casi todas están ubicadas en escenarios urbanos desolados, fantasmagóricos o a medio construir, paisajes de vidas arrebatadas por el golpe de la crisis, por ejemplo. “Estos escenarios funcionan muy bien como metáfora del modelo de sociedad que se iba construyendo durante los años de crecimiento económico. En el caso de Sueñan los androides, que tiene lugar en Benidorm, el espacio sirve para efectuar una mirada hacia el pasado y el desarrollo urbanístico del franquismo pero también hacia ese fantasmal futuro que parece que tengamos como horizonte”, indica De Pedro. Berserker, de Pablo Hernando, pasea por escenarios vacíos como telón de fondo. Según Carrasco, es un ejemplo de “un trabajo que pone en escena una estética de la precariedad o de la escasez. Es una película que está en el esqueleto porque habla de personajes que son como esqueletos emocionales, sobre todo su protagonista, un tipo que no consigue unir de manera unívoca los datos de una investigación porque la realidad se impone”.

La realidad atraviesa la ficción 

En Nosotros, Felipe Vara del Rey filma las historias de cinco treintañeros en Madrid en el marco de la campaña electoral y las elecciones del 20 de diciembre. De hecho, mientras se imprimen estas líneas Vara del Rey se encontrará ultimando las secuencias finales (el rodaje acaba el 23 de diciembre) de un proyecto de ficción atravesado por completo por la realidad. Nosotros sigue a Sarah, Suko, Seda, Felipe y María, todos personajes reales, de origen y anhelos muy distintos. Todos interpretan sus vidas y situaciones personales en este escenario pendiente de la actualidad. “Las elecciones ofrecen un arco temporal perfecto: poder ver cómo la historia está pasando no solo delante de nuestros ojos sino también delante de nuestra óptica”, explica el director, que apuesta con este largometraje por un triple salto mortal entre el documental y la ficción “anclado en la veracidad”.
 
El filme de Vara del Rey podría cerrar el autorrelato de los nuevos cineastas confrontando con la realidad a la generación que describe con el fin de provocar un cambio. “Mi intención es hacer una película, no quiero hacer cine político —avisa Vara del Rey—, pero no podemos girarle la cara a al realidad. Quiero hablar de nuestra generación pero sin ambición generacional y he buscado distintos perfiles de situaciones vitales que todos conocemos bastante bien. El filme es sobre las elecciones generales que se van a celebrar pero también sobre la importancia de tomar decisiones. De poner en valor querer cambiar y saber lidiar con la incógnita de no tener ni idea de qué es lo que va a suceder. Venga lo que venga, personalmente creo que nada va a ser igual.”
 
Algunas son películas que reflejan una sensación de pérdida y otras buscan de manera intencionada hacer suya una transformación. Tanto unas como las otras han logrado sacudir un panorama cinematográfico necesitado de ciertos revulsivos. “Sí que ha habido ese giro político, o al menos una toma de conciencia del cine con respecto a la realidad en paralelo a la implicación de la sociedad”, afirma De Pedro. “No sé si son fruto de un momento concreto, si todo esto continuará o desaparecerá si la situación mejora, pero creo que estos trabajos vienen a solventar, al menos en lo cinematográfico, un problema serio del cine español, ese miedo a que las películas dijeran cosas.”