17/9/2019
Internacional

Se busca líder (preferiblemente mujer) que no dé problemas (o sí)

Doce aspirantes optan al puesto de secretario general de la ONU con la presión de que se elija por fin a una mujer y la duda sobre si el Consejo de Seguridad optará por un candidato fuerte o alguien con perfil bajo para remontar una etapa crítica de la organización

David López - 09/09/2016 - Número 50
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Se busca líder (preferiblemente mujer) que no dé problemas (o sí)
El actual secretario general, Ban Ki-moon, deberá ser sustituido antes del 1 de enero de 2017. Andrew Burton / Ron Sachs-Pool / Getty
La elección entre Hillary Clinton y Donald Trump no es la única que se resolverá este otoño en Estados Unidos. En paralelo, aunque con infinita menos atención, Naciones Unidas debe decidir quién sustituirá al surcoreano Ban Ki-moon como secretario general a partir del próximo 1 de enero. Dependerá del Consejo de Seguridad, de sus 15 miembros, pero sobre todo de los 5 permanentes: Estados Unidos, Rusia, Francia, China y Reino Unido. Los mismos que han nombrado desde hace ya más de 70 años al hombre, hasta hoy siempre un hombre, máximo representante de la organización, en un proceso opaco y secreto comparable a la elección del Papa. E incluso más. No hay, siquiera, una fecha prevista para que se produzca ese nombramiento, que podría realizarse entre septiembre y octubre para dar tiempo al elegido a que prepare su mandato y además evitar así que coincida en el tiempo con las elecciones estadounidenses y con un posible negativo efecto Trump si el candidato republicano ganase los comicios.

Este año, sin embargo, la ONU ha buscado un ligero cambio en ese secretismo histórico en la búsqueda de su secretario general. Para ello se ha realizado una convocatoria abierta y la Asamblea General ha organizado desde la primavera encuentros informales, como los han denominado, para escuchar a los aspirantes y su visión de futuro de la organización. “Nunca había tenido que hacer tantas entrevistas para un trabajo”, le confesaba a este periodista recientemente uno de los candidatos.

A lo largo de la historia de Naciones Unidas, los ocho secretarios generales han sido hombres. Hoy la presión para cambiar por fin esa dinámica y que una mujer ocupe por primera vez el puesto parece hacer indiscutible que así será. Otra cuestión es a quién correspondería el sillón según el presunto sistema de rotación geográfica. En realidad no hay nada establecido ni escrito. Ni siquiera unas reglas o una hoja de ruta oficial que digan cómo debe hacerse la elección. El artículo 97 de la carta fundacional especifica que “el secretario general será nombrado por la Asamblea General a recomendación del Consejo de Seguridad”. Y solo está concretado que la votación en el Consejo será “secreta”. Una de las pocas ocasiones en que lo es. A partir de ahí, la carrera electoral es pura especulación y negociación diplomática. Los países de la Europa del Este reclaman que el cargo les corresponde a ellos en este nuevo mandato. Pero el viejo orden de ese bloque del Este forma ya parte del pasado. Así, de la misma forma que la elección de una mujer parece incuestionable, no sucede lo mismo con la necesidad de que sea un representante de esa región del planeta.

Una docena de candidatos

Eso no ha evitado, sin embargo, que entre la docena de candidatos que optan al puesto ocho procedan de los países de la Europa oriental: Vuk Jeremic, serbio, exministro de Exteriores y expresidente de la Asamblea General de la ONU; Miroslav Lajcak, eslovaco, exministro de Exteriores; Natalia Gherman, moldava, también exministra de Exteriores; Srgjan Kerim, macedonio, exministro de Exteriores y expresidente también de la Asamblea; Igor Luksic, montenegrino, vice primer ministro y ex primer ministro; Vesna Pusic, croata, ex viceprimera ministra; Danilo Türk, esloveno, ex primer ministro y exasistente del secretario general para Asuntos Políticos de la ONU; e Irina Bokova, búlgara, directora general de la UNESCO. De ellos, dos destacan hoy como los mejor situados: Türk, aunque sea un hombre, y Bokova, que contaría con el respaldo de Moscú.

A lo largo de la historia de Naciones Unidas ha habido ocho secretarios generales, todos hombres

Pero la rotación geográfica, real, no tiene por qué realizarse hacia esa zona del mapa. Y ahí es donde entran en juego los otros candidatos. Después de tres secretarios generales europeos (Trygve Lie, Dag Hammarskjöld y Kurt Waldheim), dos africanos (Boutros Boutros-Ghali y Kofi Annan), dos asiáticos (U Thant y Ban Ki-moon) y un latinoamericano (Javier Pérez de Cuéllar), cabe la opción de que se equilibre la balanza con un nuevo nombramiento del cono sur americano. La argentina Susana Malcorra y la costarricense Christiana Figueres serían entonces las aspirantes más fuertes. La primera, hoy ministra de Exteriores y sobre todo ex jefa de gabinete de Ban Ki-moon, representaría la línea más continuista en la ONU y podría contar con el apoyo de Estados Unidos, país con el que ha mantenido una relación fluida durante el mandato del surcoreano, y también, por extensión, de Reino Unido, con promesa incluida de dejar cualquier cuestión relativa a las Malvinas al margen. Figueres, por su parte, tiene a su favor que fue la responsable del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de Naciones Unidas que desembocó el pasado mes de diciembre en el histórico Acuerdo de París, uno de los pocos éxitos notables de Naciones Unidas en una de las etapas más grises y anodinas de la historia de la organización. Figueres tendría en su contra la falta de currículum en temas de derechos humanos y paz, pero desde su entorno aseguran que, para contrarrestarlo, “ha hecho bien los deberes”.

La lista de candidatos la completan dos nombres más. El primero, el del portugués António Guterres, ex primer ministro de Portugal y ex alto comisionado de la ONU para los refugiados y, de resultar elegido, el más sorprendente secretario general por ser hombre y europeo. El segundo, el de la neozelandesa Helen Clark, ex primera ministra y administradora del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo y una de las candidatas con mejor perfil. A Clarke le beneficia ser mujer, la rotación geográfica hacia Oceanía y también que contaría ya con el respaldo de Reino Unido —en tiempos de Brexit, la Commonwealth sigue siendo la Commonwealth— y de Estados Unidos.

Hagan juego

A partir de ahí, cualquier quiniela puede resultar acertada. O no. Históricamente los miembros del Consejo de Seguridad no han elegido al candidato que querían, sino que han tratado de que no se eligiera al que no querían. Y todo en el juego, en el equilibrio, de esa Realpolitk entre bambalinas. ¿Qué pesa más, por ejemplo, para un país como España, miembro no permanente y con voto en la elección: la vecindad con Portugal, que Figueres tenga pasaporte español porque su abuelo era catalán o que Nueva Zelanda votó a favor de su entrada en el Consejo?

La clave de todo el proceso es buscar un nombre que no sea vetado, sobre todo por esos cinco miembros permanentes. Un aspirante que no dé más problemas de los que ya se dan a sí mismos ese club de los cinco que dirige el núcleo duro y que es el que prácticamente decide a quién se coloca al frente de la organización.

Manual de un proceso oficioso

Los primeros tres secretarios generales de la organización, Lie (Noruega), Hammarskjöld (Suecia) y U Thant (Burma) fueron seleccionados por el Consejo de Seguridad y sin que hubiera aspirantes. Básicamente decidieron Estados Unidos y la Unión Soviética. Se descartaban mutuamente los candidatos hasta que se topaban con uno al que no tenían ya motivos para desechar. A partir de los años 70 se empezaron a hacer consultas externas, aunque seguía sin saberse qué proceso de selección había ni qué se discutía. Todo lo condicionaba la retórica de la guerra fría. Y así fue, básicamente, hasta 1991. Estados Unidos se negaba sistemáticamente a que saliera nadie de la órbita soviética y China, mientras tanto, apostaba por representantes de países del Tercer Mundo como un gesto (puro simbolismo) de responsabilidad con ese mundo en desarrollo.

El año 1981 fue clave. El austriaco Waldheim quiso optar a un tercer mandato pero China, que ya se había mostrado reacia en los dos primeros, se opuso. Se elaboró entonces un listado de posibles candidatos y se pidió a los países, a modo de sondeo-votación, que dijeran por escrito a quién apoyaban y a quién no. Fue la primera vez que se utilizó este sistema, del que salió elegido Pérez de Cuéllar. Diez años después se concretaría aún más el método utilizando papeles de diferentes colores para los miembros permanentes. Desde entonces este es el manual de instrucciones, siempre oficioso, que se ha utilizado para elegir al nuevo secretario. Aunque en 2006, el año en que fue elegido Ban Ki-moon tras cuatro votaciones, se le dio una vuelta de tuerca más y se añadió una tercera opción de respuesta: no opinión. Los países podían decir a quién sí apoyarían, a quién no y sobre quién, a priori, no mostraban una opinión positiva ni negativa.

Y este es el sistema de votación que supuestamente empleará ahora el Consejo. Con un listado de aspirantes tan amplio, la idea es que vayan haciéndose sondeos —como el primero, secreto, celebrado a finales de julio— que permitan descartar nombres de la lista. Con tantos aspirantes la opción ideal es que se retiren por sí mismos aquellos que no tengan claros apoyos para seguir o que el Consejo pueda establecer un corte a partir del cual se cribe la lista.

Cambiar el rumbo

Sin embargo, más allá de cómo escoja el Consejo a ese secretario general que nombrará después la Asamblea General, la clave está en saber quién será. La ONU ha atravesado estos últimos años una de las etapas más bajas de su historia. Mary Robinson, expresidenta de Irlanda y ex alta comisionada de los Derechos Humanos de la organización, señalaba recientemente en un artículo del think tank The Elders la necesidad de tener un secretario general  “que sea realmente independiente y pueda trabajar de forma efectiva con los grandes poderes en una relación de respeto mutuo”. En ese sentido, Robinson, como han pedido también otras voces críticas con el reglamento actual, aboga por un cambio que establezca un único mandato alargado a siete años en vez de los cinco actuales. De esa manera no condicionaría la necesidad de aspirar a una reelección. “La ONU no se puede permitir tener un secretario general que no pueda o no quiera afrontar los grandes asuntos, como la guerra de Siria o la reforma del Consejo de Seguridad, por miedo a perder una reelección”, añadía.

El proceso de selección es tan opaco y secreto como el de la elección del papa en el Vaticano. O incluso más

Además del cambio de rumbo que necesita la ONU en esta nueva etapa, el nuevo secretario general deberá enfrentarse a partir del 1 de enero a grandes retos que marcan tanto la agenda como los puntos del debate crítico hacia la organización. La Agenda de Desarrollo Sostenible, el nuevo y ambicioso programa que reemplaza al anterior de los Objetivos de Desarrollo del Milenio y la ratificación y aplicación del Acuerdo de París contra el cambio climático marcan esa hoja de ruta para la nueva fase.

Pero en paralelo late, sobre todo, el caso pendiente de la crisis Siria y la incapacidad que ha mostrado el Consejo de Seguridad para alcanzar un acuerdo a pesar de la violación sistemática de los derechos humanos que se produce en el país desde 2011 y que ha desembocado en la mayor crisis migratoria desde la Segunda Guerra Mundial y en un reto de similar envergadura al que se enfrentó la organización tras su creación. Esa incapacidad de Naciones Unidas ante el caso sirio vivió en agosto de 2012 probablemente su episodio más simbólico, cuando el ex secretario general Kofi Annan, que trabajaba como mediador en calidad de enviado especial, dimitió por no contar con los apoyos suficientes. Una herida abierta en la organización que se prolonga ya desde la invasión de Irak en 2003, realizada sin su apoyo, aunque se pretendiera revestirla de legitimidad después y a pesar de que los inspectores de la ONU tampoco encontraron las armas de destrucción masiva que justificaban la guerra.

El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas decidirá ahora a quién coloca como líder frente a estos retos. Si se mantiene la línea continuista y buscan a alguien que no añada problemas, con perfil más bajo, o se opta por un líder fuerte y con carisma que fortalezca también a la organización. Y en este caso, por muy secreta que la votación sea, por mucha oscuridad que rodee al proceso, el Espíritu Santo no podrá ayudar de ninguna manera. Aquí depende todo de otros participantes con menos fe pero más poder.