20/6/2019
Opinión

¿Se puede vencer a Dáesh?

La clave es saber cómo intervenir por tierra sin que Estado Islámico lo presente como un complot contra los suníes y el retorno de las cruzadas

Pascal Boniface - 27/11/2015 - Número 11
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¿Se puede vencer a Dáesh?
Fede Yankelevich
Después de los atentados que causaron 130 muertos en París, Francia tomó la decisión de intensificar los ataques militares contra Estado Islámico. El presidente Hollande ha asumido el papel de comandante en jefe, dificultando así las críticas de la oposición.
 
Los franceses están profundamente sacudidos por los atentados, pero han demostrado una gran dignidad en su reacción. Acaban de recibir la confirmación de que cualquiera puede ser víctima del terrorismo en un gesto de la vida cotidiana: ir a un restaurante, a un concierto, a un partido de fútbol. Pero no han cedido a los demonios de la división al no confundir terroristas y musulmanes (había muchos musulmanes entre las víctimas) y al afirmar su voluntad de no cambiar su modo de vida.
 
A partir de ahora va a haber que acostumbrarse a la amenaza terrorista. Eso quiere decir que no hay que caer en la negación ni en la paranoia. Hay un riesgo terrorista como hay otros (enfermedades, accidentes) que conducen a optar por un comportamiento vigilante, a estar prevenidos, pero no a negarse a vivir.
 
¿Cómo vencer a Dáesh? Estamos confrontados a una doble contradicción. La primera es que sabemos que no podremos vencer a Estado Islámico sin intervención militar terrestre. Pero también sabemos que una intervención terrestre occidental, rusa o iraní chiita no hará más que reforzar a Dáesh. La cuestión es saber cómo intervenir por tierra sin que Estado Islámico lo presente como un complot contra los suníes y el retorno de las cruzadas. Solo se conseguirá si los países sunitas —los del Golfo, Egipto, Jordania, Turquía— aceptan intervenir, puesto que son más legítimos a ojos de los suníes sirios o iraquíes. Pero estamos todavía lejos de llegar a un acuerdo sobre ese punto. La intervención militar terrestre solo pueden hacerla países suníes que tienen los medios, pero tienen que decidirse a actuar y coordinarse. Todo el mundo —los rusos, franceses, iraníes, países del Golfo, Egipto, Jordania

Al atacar frontalmente a varios países, Estado Islámico se ha convertido en una amenaza inaceptable

o los turcos— reconoce hoy que Dáesh es el enemigo principal. Hay, sin embargo, una agenda secundaria que impide que el acuerdo se lleve a cabo. Hay acuerdo en el diagnóstico, pero no para empezar un tratamiento para curar la enfermedad. Para los turcos, la cuestión kurda es central. Privilegian el hecho de contener a los kurdos, que no haya riesgo de secesión, y a sus ojos es un asunto más importante que la victoria sobre Dáesh. Los saudíes tienen miedo de un aumento de la potencia en la región de Irán, más bien expansionista y de quien temen que el acuerdo sobre el programa nuclear le dé los medios para ser más ambiciosos en el plano local. Por su parte, los iraníes quieren seguir controlando Irak, ejerciendo una influencia sobre Siria y, sobre todo, tener acceso a Líbano, ya que Hezbolá constituye el único éxito de la exportación de la revolución. No defienden la reinserción de los suníes en el juego político iraní. Sin embargo, es eso lo que debilitaría a Dáesh. Los rusos quieren mantener a Bashar al Asad, los franceses quieren vencer a Dáesh y deshacerse de Al Asad. La posición francesa con respecto al presidente sirio no es una posición moral (negarse a tratar con alguien que tiene las manos manchadas de sangre), sino una posición de realpolitik. Como EE.UU., Francia cree que el dirigente alauita es casi un sargento reclutador de Dáesh y que mientras esté en el poder, Dáesh seguirá siendo considerado por una parte de la población siria como un recurso contra él.

Así pues, hay que acelerar las consultas diplomáticas para dejar esas diferencias a un lado. Si todos los países implicados consiguen ponerse de acuerdo en el hecho de que Estado Islámico es el enemigo principal y que merece que olvidemos, al menos provisionalmente, el resto de puntos de desacuerdo, la victoria es posible.
 
Se puede pensar que Estado Islámico ha cometido un grave error al atacar a la vez Rusia, Francia, Líbano, Turquía, Egipto y Mali y al amenazar al resto de países porque ha reforzado la voluntad de destruirlo. Si el objetivo de Dáesh era constituir el califato a caballo entre Siria e Irán, quizá podría haber encontrado con el tiempo un modus vivendi con los otros

Falta impulsar una gran coalición para vencer a EI y que los países que la integren dejen sus divergencias a un lado

países. Habría sido una amenaza gestionable para los estados del Golfo, vista su superioridad militar. Los estados occidentales, aunque estuvieran conmocionados por la barbarie de Dáesh, habrían podido resignarse a que esta organización gestionara de hecho un territorio. Geopolitólogos estadounidenses empezarían a hacer valer que, en el pasado, las democracias occidentales habían tratado con los regímenes de Stalin y de Mao, que tenían muchos más muertos sobre su conciencia. Después de todo, EE.UU. se acomodó al régimen de los talibanes en Afganistán antes de los atentados del 11 de septiembre.
 
Pero al atacar frontalmente a varios países, Estado Islámico se ha convertido en una amenaza inaceptable. ¿Había calculado Dáesh que los países afectados tenían demasiadas divergencias como para formar una coalición? ¿Que el efecto de galvanización para los candidatos a la yihad era tal que una nueva movilización sobrepasaría en mucho las pérdidas ligadas a la intensificación de los ataques? Parece que están perdiendo la apuesta. Por el momento, los estados implicados no han caído en las trampas que les han tendido. No ha habido una oleada de islamofobia en Europa como esperaba Estado Islámico. No ha habido —y no habrá— intervención militar terrestre occidental. Falta poner en marcha una gran coalición política y militar para vencer a Dáesh y que los países que la integren dejen sus divergencias a un lado —puesto que Dáesh es la amenaza más urgente a afrontar—, sabiendo que el instrumento militar, para ser eficaz, debe estar al servicio de una solución política.