14/12/2018
Análisis

TTIP, un tratado en punto muerto

Todos los socios de la UE quieren culminar el acuerdo de comercio con EE.UU. porque sirve a sus intereses. La pregunta es qué precio doméstico están dispuestos a pagar

Ekaitz Cancela - 16/09/2016 - Número 51
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TTIP, un tratado en punto muerto
Activistas de Greenpeace cuelgan una pancarta contra el TTIP durante la visita de Obama a Madrid. P. Domínguez / Getty
Una de las grandes paradojas de nuestra época es que Europa, entregada a reforzar su papel central en la gobernanza global, ha acelerado su desfiguración económica y política, que el triunfo del libre comercio como creencia le ha hecho caer en una espiral de reacciones proteccionistas y que el auge de la globalización en la que se enmarca no ha podido contener el desborde traducido en desigualdades económicas y sociales. Lo admitió el G20 en boca de la presidenta del Fondo Monetario Internacional (FMI), Christine Lagarde, hace pocos días en China: “El crecimiento ha sido muy bajo durante mucho tiempo y ha beneficiado a muy pocos”.

Precisamente en esa cumbre mundial, mientras que el líder chino Xi Jinping reivindicaba ampliar los mecanismos multilaterales de comercio e inversión, los dirigentes europeos dejaban pasar su oportunidad de instar al cierre del tratado comercial más ambicioso negociado hasta el momento: el Acuerdo Transatlántico de Comercio e Inversión, más conocido por sus siglas en inglés como TTIP, parece haber entrado en una fase crítica. El ministro de Economía alemán Sigmar Gabriel alertó a principios de septiembre de que las conversaciones habían fracasado “de facto”, a pesar de que “ninguna parte quiera reconocerlo”. Su compañero de filas, el francés Matthias Fekl, iba más allá y anunciaba que solicitará “el fin de las negociaciones” durante el inminente encuentro en Bratislava.

Francia y Alemania tendrán que afrontar este otoño el debate nacional sobre el CETA negociado con Canadá

Lejos del triunfalismo expresado por algunos detractores, el recelo que despierta el TTIP muestra que estamos llegando a un punto de inflexión. Ante la falta de dinamismo presenciada durante los dos primeros años de negociación, sobre todo en el área del tratado sobre “acceso al mercado”, ambos lados deben hacer concesiones difíciles y en poco tiempo. La Comisión Europea tiene un empeño primordial: que la otra parte ceda en el apartado de contratación pública, cuyo mercado, sostiene, se encuentra abierto en un 32% frente al aproximadamente 85% que dice tener al servicio de Estados Unidos.

Es prácticamente imposible que en pleno año electoral los estadounidenses den su brazo a torcer en las disposiciones sobre contratación pública que benefician a sus empresas locales. De la misma forma que Francia no permitirá la eliminación, casi por completo, de los aranceles a la agricultura o que se hagan cesiones en denominaciones de origen. Mucho menos en lo que respecta al delicado sector de la carne, que aún ni está sobre la mesa de negociación. Ocurre que al abismo de problemas técnicos que se trata de superar en las negociaciones hay que sumarle un corto y medio plazo muy marcado por el ciclo electoral intenso que se avecina a ambos lados del Atlántico.

Seamos claros: todos los estados miembros —Francia y Alemania incluidos— anhelan la culminación del TTIP porque sirve a sus intereses. La pregunta es: ¿qué precio doméstico están dispuestos a pagar?

Para entender la oleada de críticas al tratado transatlántico cabe fijarse también en una realidad paralela. El otro gran tratado de comercio que la Unión Europea ha cerrado ya con Canadá —Comprehensive Economic Trade Agreement (CETA)— será debatido en Bratislava para cuestionar su aplicación provisional antes de ser ratificado por los parlamentos nacionales. Si se cumple el calendario, el primer ministro canadiense, Justin Trudeau, firmará el acuerdo el 27 de octubre en Bruselas. Sin embargo, no sería hasta diciembre o enero cuando esta vez los 751 eurodiputados darían su aprobación al acuerdo en el pleno.

No solo una cortina de humo

Este es un tema absolutamente central. Es probable que ni Francia ni Alemania tengan que afrontar el debate doméstico que provocaría la firma del TTIP, pero con toda seguridad deberán hacer lo propio con el CETA este otoño. Un tratado que, como afirmó el mismo Sigmar Gabriel, es —este sí— “equilibrado con los intereses de la Unión Europea”. Es evidente que por un lado se trata de esconder bajo la alfombra la negociación con los estadounidenses, y contentar de alguna forma a las opiniones públicas, para sacar adelante el CETA.

Por otro, aunque se difumine entre sus intenciones, está el servir al interés último de usarlo como marco para negociar después con Estados Unidos. Es casi una carrera lo que observamos a ambos lados del Atlántico, ya que Estados Unidos busca que el acuerdo que negocia con Japón y otros 10 países del Pacífico (Trans-Pacific Partner-
ship o TPP) sirva como el mínimo exigible a Europa. Barack Obama ya ha advertido de que, antes de abandonar la Casa Blanca, el TPP se votará en el Congreso por vía rápida. Llegados a este punto donde se entremezclan impedimentos políticos en los estados miembros y dificultades a la hora de negociar por parte de la Comisión Europea, se plantean varias disyuntivas que no se conocerán hasta después de la cumbre de Bratislava. Existe la posibilidad de que estemos ante el desvanecimiento de las conversaciones, que no el punto y final. Su reactivación dependerá del futuro gobierno de Estados Unidos y de la capacidad de las capitales de la Unión Europea para impulsar el tratado. A pesar de que Angela Merkel se haya mostrado firme en seguir negociando durante los últimos días, ha perdido con el Brexit a su socio más interesado en fomentar los diálogos transatlánticos.

Posibles escenarios

La idea de que las negociaciones del TTIP puedan terminar antes de 2017 no es la más factible, pero quién sabe, la historia nunca toma la dirección que parece más probable. Un compromiso firme y tácito en torno a los elementos clave para continuar negociando en algo menos de un año (recordemos que los cambios de administración implican más o menos nueve meses de pausa) es otra de las opciones. Esto supone un ejercicio de notable perseverancia, aunque no es ninguna cuestión que no se contemplara ya al poco de iniciar las negociaciones.

EE.UU. y la UE quieren marcar las reglas del comercio global, pero no se ponen de acuerdo en cu´ales son esas reglas

En un comunicado del Elíseo de hace pocos días que rebajaba las amenazas del ministro de Comercio, Hollande se inclinó por esta vía. También uno de los candidatos conservadores a las primarias de su partido para presentarse a las presidenciales francesas, el expresidente Nicolas Sarkozy, pidió la suspensión de las conversaciones al menos hasta 2017. “Las negociaciones comerciales europeas deben ser realizadas por la presidencia de la Unión Europea, y no solo por la dirección general de Comercio”, dijo en un comunicado remitido por su partido. Recordemos que según el artículo 207 del Tratado de Lisboa, la política comercial es competencia única y exclusiva de la Comisión Europea. Esto continúa con una dinámica peligrosa: la menor profundización de la integración europea. Politizada hasta la médula, los estados miembros ven en la política comercial la piedra angular de la actual Unión Europea. Un espacio donde airear sus problemas domésticos.

Independientemente del consenso al que llegue la Comisión Europea con los socios en Bratislava, de momento hay algo que parece claro: mientras Washington y Bruselas hablan de mantener la preeminencia del orden liberal occidental en el mundo marcando las reglas del comercio global, se muestran incapaces de llegar a un acuerdo sobre cuáles son esas reglas.

Se trata de una cuestión esencial para Europa, que se haya indiscutiblemente ante la que es su espada de Damocles: el auge y concentración de las naciones emergentes en nuevos bloques comerciales, como el desplazamiento del pivote mundial hacia Asia, amenazan con decapitar su rol de líder en el orden mundial del siglo XXI.