20/1/2018
Literatura

Un dolor concreto

La familia, a veces como prisión y a veces como refugio, fue uno de los grandes temas literarios de la escritora italiana

El último libro que Natalia Ginzburg publicó en vida, Serena Cruz o la verdadera justicia, reconstruye la historia de Serena Cruz, una niña filipina de la que se hicieron cargo los servicios sociales italianos tras detectar graves irregularidades en el proceso de adopción. El debate, en su momento, dividió a la sociedad italiana. ¿Qué era prioritario proteger? ¿El bienestar de la pequeña, que había sido rescatada de unas condiciones de vida miserables y disfrutaba en Italia de una infancia feliz? ¿O el sistema legal, que para atajar posibles casos de tráfico de niños perseguía irregularidades como las cometidas por el padre adoptivo de Serena? Como en todo dilema, ninguna de las dos opciones resulta plenamente satisfactoria. Sin embargo, Natalia Ginzburg no dudó en tomar partido a favor de la familia adoptiva de Serena y en contra de la decisión de los jueces. Para ella, frente a esa indeterminada multitud de niños desconocidos, estaba una niña concreta, con una vida y unos afectos concretos: una niña con un dolor concreto.

Que la septuagenaria escritora se pronunciara con tanta rotundidad resulta revelador. Por un lado, esa preocupación por los problemas de su tiempo y su sociedad indica que se mantenía fiel a un compromiso cívico nacido en su juventud, en los años de lucha contra el fascismo (una lucha compartida entre otros con su amigo Norberto Bobbio, que en el debate sobre Serena Cruz sostendría la tesis contraria a la suya). Por otro lado, la opción que defendió era plenamente coherente con su trayectoria literaria, centrada en su interés por la complejidad del ser humano y las relaciones personales. La suya es una literatura de dolores concretos, de emociones concretas, una literatura que esquiva las grandes abstracciones y se muestra atenta a esas pulsiones íntimas que convierten a los personajes de las novelas en criaturas de carne y hueso.

Utiliza el mismo tono discreto para hablar de las cosas de casa y para informar de los desastres del mundo

Natalia Ginzburg escribía una literatura muy cercana a la vida y se mantuvo hasta el último momento fiel a las dos: a su vida y a su literatura. Su libro central, el que mejor resume su manera de entender ambas, es el autobiográfico Léxico familiar. Los lectores de ese libro recordarán a sus figuras principales: el padre rigorista y atrabiliario en torno al cual orbitaban los otros miembros de la familia; la madre, siempre afectuosa y siempre preocupada; los hermanos, cada uno de ellos con sus particularidades, cada uno perfectamente retratado con unas pocas pinceladas certeras. A todos ellos, más que verlos, los oímos: la reiteración de ese léxico familiar (una jerga privada hecha de expresiones caseras y humoradas características) nos proporciona las claves de acceso a un microcosmos en el que es difícil no integrarse. Esa reiteración, además, impone una cadencia poética que opta deliberadamente por el tono menor, el que mejor se adapta a un territorio literario sostenido sobre la observación matizada y sutil.

En Léxico familiar el relato avanza ensanchándose. Como ondas en un estanque, los círculos que delimitan el espacio narrativo se hacen cada vez más amplios: primero la familia, luego los amigos de la familia, más tarde Turín, después Italia entera... Particular interés tienen los capítulos en los que recrea el ascenso del fascismo, que percibimos primero a través de las protestas del padre, luego a través de las detenciones de familiares y amigos, finalmente a través de la experiencia de la propia Natalia, viuda joven con tres niños obligada a esconderse tras el asesinato de su marido en una cárcel fascista. La Historia ha irrumpido con violencia en sus modestas historias domésticas, y sin embargo lo pequeño y lo grande siguen conviviendo en las páginas del libro con rara naturalidad. Natalia Ginzburg, que fue víctima y testigo tanto de la represión política de los años 30 como de las convulsiones bélicas de los 40, no necesita cambiar de registro para contárnoslas: el mismo tono discreto de voz que utiliza para hablarnos de las cosas de casa le sirve también para informarnos de los desastres del mundo que le tocó vivir. La suya es una poética del susurro.

Léxico familiar es el libro en el que más claramente se percibe el diálogo con el resto de su bibliografía 

He dicho que Léxico familiar es su libro central porque es en el que más claramente se percibe el diálogo que establece con el resto de su bibliografía. Hay textos de Las pequeñas virtudes que perfectamente podrían formar parte de él (textos sobre Cesare Pavese o sobre su marido Leone Ginzburg o sobre el destierro de la familia en los Abruzos), y lo mismo podría decirse de algunas páginas de Todos nuestros ayeres, especie de autobiografía coral sobre la Italia de la ocupación y la Resistencia. En general, toda la obra de la autora bebe de las mismas fuentes de las que se nutre Léxico familiar. No por casualidad, la familia fue uno de sus grandes temas literarios: una institución que unas veces se le presentaba como refugio, otras como prisión y otras al mismo tiempo como refugio y prisión... En ella encontró inspiración para muchas de sus mejores páginas, y a ella dedicó algunas de sus observaciones más certeras. Puede decirse que Natalia Ginzburg siempre escribió sobre familias. Incluso cuando parecía escribir sobre otro asunto, en realidad lo estaba abordando desde otro punto de vista. Le ocurrió, por ejemplo, con su último libro, Serena Cruz o la verdadera justicia, la historia de esa niña a la que primero la miseria de su país natal y luego las leyes de su país de acogida despojaron precisamente de familia.