16/9/2019
Ideas

Umberto Eco, entre Tomás de Aquino y Superman

Muere el escritor, semiólogo y profesor italiano que creía que la intriga subyace a todo proceso de comunicación

Francesc Arroyo - 26/02/2016 - Número 23
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Umberto Eco, entre Tomás de Aquino y Superman
FEDE YANKELEVICH
El protagonista de El nombre de la rosa (1980) es un fraile medieval llamado Guillermo de Baskerville. No hay que rebuscar mucho para darse cuenta de que su autor, Umberto Eco (Alessandria, 1932 - Milán, 2016), que se estrenaba con esta obra en la novela, rendía un doble homenaje: al filósofo Guillermo de Ockham y al detective Sherlock Holmes, uno de cuyos relatos se titula El sabueso de los Baskerville. Hay en la obra un tercer guiño, a Jorge Luis Borges, en otro personaje bautizado como Jorge de Burgos. La historia que cuenta esa primera novela de Eco es la investigación de varios crímenes ocurridos en un monasterio, a la vez que la búsqueda de una hipotética obra perdida de Aristóteles dedicada a la comedia. Aunque tal vez la obra aristotélica no estuviera exactamente perdida, sino que había sido ocultada ante la evidencia de que el humor y la risa pueden acabar siendo corrosivos respecto a las ideas dominantes que intentan imponer los poderosos. Aparecen, pues, todos los elementos que configuran el conjunto de la obra de Eco: la filosofía, la literatura, el sentido del humor, la existencia de conspiraciones, la historicidad, la intriga que subyace a todo proceso de comunicación.

El nombre de la rosa muestra el gran conocimiento que Eco tenía del periodo medieval (al que volverá más tarde con Baudolino (2000), una de sus narraciones más logradas, aunque sorprendiera menos que la primera), al que Eco accedió cuando, tras licenciarse en Filosofía y Letras, se documentó para la redacción de su tesis doctoral titulada El problema estético en santo Tomás (1956), en la que defendía la existencia de un cierto racionalismo en la concepción de la belleza y la armonía tomista.

Toda su obra se mueve en las lindes de Guillermo de Baskerville, es decir, de la filosofía, con especial atención a la estética y la semiótica y a la literatura.
 

Un extraterrestre en Milán

La obra que hizo que empezara a ser leído y sistemáticamente traducido es Apocalípticos e integrados ante la cultura de masas (1964). Se trata de un análisis de la posición que se puede adoptar ante las innovaciones técnicas y estéticas en el campo cultural. Los apocalípticos se empeñan en ver siempre un proceso de degradación, el principio de un fin que, sin embargo, nunca llega. Los integrados, en cambio, reciben cualquier tipo de novedad como el advenimiento del cielo a la tierra. Los primeros rechazan la novedad; los segundos se acogen a ella. En los dos casos, acríticamente. Algunos lectores se escandalizaron ante su tratamiento de las historietas (las de Superman, por ejemplo) como cultura, porque a mediados de los 60 se incluían todas en el cajón de la subcultura, sin atender a sus mecanismos narrativos. Pero eso no evitó que incluyera El viejo y el mar, de Ernest Hemingway, entre las obras típicamente kitsch.

Su obra se mueve en las lindes de la filosofía, con especial atención a la estética y la semiótica y a la literatura

En 1963 había publicado Diario mínimo, que compilaba diversas conferencias y artículos. En 1992 apareció la segunda parte, Segundo diario mínimo. Que sea una compilación de textos dispersos no quita valor a estos volúmenes de piezas breves y extraordinarias. En la primera, Eco imaginaba un extraterrestre que viaja a Milán e intenta explicar, desde criterios más o menos similares a los que emplearía un antropólogo, el comportamiento de los humanos: desde los que cogen el metro hasta los que se desgañitan en un partido de fútbol. Luego imagina un mundo futuro en el que se han perdido no pocas obras literarias pero se conservan algunos fragmentos que los especialistas en poesía se esfuerzan en interpretar imaginando cómo de insigne sería un texto cuyas partes conocidas mostraran una calidad tan notable. Para ello Eco emplea exclusivamente letras de canciones de los años 60. Una vez más, enfrenta los criterios de la cultura académica con los de una pretendida subcultura, mostrando la debilidad de las fronteras. O de los criterios para establecerlas.

Segundo diario mínimo incluye algunas partes fantásticas, siempre con un sentido del humor distante hacia la propia práctica de profesor universitario. Por ejemplo, la propuesta de creación de una Facultad de Trivialidad Comparada en la que se impartirían asignaturas tan actuales como “Fundamentos de aristocracia de masas” o de “Oligarquía popular”, al lado de otras no menos contradictorias: “Instituciones revolucionarias” o “Geografía del Vaticano”. No menos interés tiene la sección “Lamentamos rechazar”, en la que se reproducen informes de lectores de editorial en los que se resumen obras como la Biblia o El Quijote para argumentar por qué, pese a tener aspectos de interés, es mucho mejor no publicarlas.

En los años 60 y 70 Umberto Eco ejerció como profesor en las universidades de Turín, Florencia y Milán, antes de ocupar una cátedra en Bolonia. En estos mismos años colaboró como lector y asesor de editoriales y trabajó en la RAI. En este periodo publicó sus textos académicos más relevantes: Obra abierta (1962), La definición del arte (1968), La estructura ausente, análisis de semiótica en edificaciones orientado al diseño arquitectónico (1968), Tratado de semiótica general (1975) y Lector in fabula (1979).

También pertenece a este periodo Cómo se hace una tesis, técnicas y procedimientos de investigación, estudio y escritura (1977), que fue fuente de inspiración para centenares de doctorandos en la época en que internet aún no existía.

Joyce y ‘Lo que el viento se llevó’

Para Eco, la semiótica analiza los procesos comunicativos. En una entrevista en la Harvard Review of Philosophy afirmaba: “La semiótica general es para mí una forma de filosofía. Para ser honesto, creo que es la única forma aceptable de filosofía hoy. Cuando Aristóteles dice que el Ser es uno pero se dice de muchas maneras, caracteriza la filosofía como una investigación semiótica”. Es decir, una investigación sobre los procesos comunicativos, que implican un mínimo de conocimientos comunes entre los hablantes. Así lo explicaba en La estructura ausente (1968): “En el momento en que yo dirijo a alguien una palabra, un gesto, un signo, un sonido (para que conozca algo que yo he conocido antes y deseo que él conozca también) me baso en una serie de reglas, hasta cierto punto estipuladas, que hacen comprensible mi signo. Una de las hipótesis de la semiótica es la de que estas reglas, o estos signos, existen bajo cualquier proceso de comunicación y se apoyan en una convención cultural”. La existencia de reglas impone límites a la interpretación de los mensajes, ya se trate de narraciones literarias, pinturas o piezas musicales. Contra lo que pretende un posmodernismo radical, no toda interpretación cabe. Por citar un ejemplo suyo: es inviable interpretar Lo que el viento se llevó como una variación de Joyce. Eso no quita para que la obra de arte se configure como una “obra abierta” a la interpretación del lector o espectador. Pero abierta aquí significa que no hay una única posibilidad interpretativa, que siempre queda una nueva visión, un ángulo no visto anteriormente, porque con frecuencia la mirada se halla contaminada de prejuicios transmitidos por la tradición a la que pertenece.

Uno de esos prejuicios es la existencia de asignaturas que, supuestamente, coinciden con la división del mundo en ámbitos diversos. En el caso de las humanidades y en lo que a Umberto Eco respecta, la separación entre filosofía y literatura. Que hay territorios de coincidencia le parecía más que evidente. “Un número considerable de filósofos de nuestro tiempo ha usado creaciones literarias como campo donde tratar problemas filosóficos: hay filósofos que se reflejan en Kafka, en Mann, o en Proust. Usan la literatura como algunos filósofos griegos usaron el mito, una representación problemática y de final abierto de los problemas humanos.”

Tras una afirmación así, parece natural que Eco cruzara una y otra vez los umbrales de la literatura y la filosofía para explorar el mismo territorio siempre. De hecho, si él mismo reconocía que la presencia de temas filosóficos en sus novelas se debía al interés que sentía por esos asuntos, la reflexión metaliteraria es inevitable en alguien que pretende cuestionarse la propia actividad. En el Segundo diario mínimo hay una sección completa titulada “Instrucciones de uso” en la que Eco reflexiona con ironía sobre sus prácticas: cómo presentar un catálogo de arte, cómo escribir una introducción, cómo usar los puntos suspensivos o, más prosaicamente, cómo “reconocer una película porno”, asunto menos fácil de lo que parece a simple vista.

Claridad y belleza

Por sus labores como asesor editorial, Umberto Eco asistía casi todos los años a la Feria del Libro de Fráncfort, la más importante en derechos de autor de las que se celebran en Europa. Eco era habitual de las tertulias nocturnas de editores y lectores de narrativa. Cuenta la tradición que una de esas noches Eco lanzó la broma de que había un autor desconocido que era una verdadera maravilla. Ni que decir tiene que ese autor nunca existió más allá de la tertulia, pero al día siguiente los editores buscaban afanosamente adquirir sus derechos, hasta que el propietario de un importante sello italiano zanjó la cuestión: “Los he adquirido yo”. Umberto Eco recibió en 1987 el premio de la paz que conceden los libreros alemanes y que se entrega, precisamente, coincidiendo con la feria de Fráncfort. Hizo un vibrante discurso en el que defendió el racionalismo frente al auge de lo misterioso e incomprensible. Evocando a Chesterton, recordó que a veces los hombres dejan de creer en dios para pasar a creer en todo.

“La semiótica general, para ser honesto, creo que es la única forma aceptable de filosofía hoy”, dijo Eco

Pero posiblemente lo que más contribuyó a cimentar su fama fue su gusto por la claridad. Ya en su texto sobre Tomás de Aquino asociaba las ideas de claridad y belleza. Luego, en sus textos, ese gusto cervantino por la claridad terminó por convertirse en norma. Las novelas de Eco son para cualquier lector; sus ensayos, también. Como sostiene en sus estudios de semiótica, la capacidad del emisor y receptor del mensaje no es siempre la misma, pero ambos comparten un mínimo dominio de los códigos que les permiten entenderse. Y con estos mimbres tejió su narrativa, cruzando una vez más los géneros. Así, El nombre de la rosa transita entre lo policíaco y la novela histórica; Baudolino (nombre del santo patrón de Alessandria, su localidad de nacimiento) es novela histórica pero de aventuras, al modo artúrico; en El cementerio de Praga (2010) vuelve a la historia, pero esta vez en los siglos de las luces, a los que contrapone lo mistérico con un personaje inspirado en los Protocolos de los sabios de Sión; el asunto de las conspiraciones paranoicas ya lo había tratado en El péndulo de Foucault (1988). La misteriosa llama de la reina Loana (2004) es un ejercicio sobre la memoria y el olvido. Número cero (2015), en cambio, es una reflexión sobre el papel de los medios de comunicación y su capacidad (o no) manipuladora, a la vez que sobre los procesos de redacción de textos. En breve aparecerá una obra póstuma, Pape Satán Aleppe. Crónicas de una sociedad líquida, que agrupa diversos textos escritos para medios de comunicación en los últimos años.