26/6/2019
Literatura

Una grafómana secreta

La escritora argentina Aurora Venturini, autora de una singular obra, murió el pasado 24 de noviembre. Sus novelas y relatos acaban de ser reeditados en España

Ana Llurba - 04/12/2015 - Número 12
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Una grafómana secreta
Aurora Venturini (1922 - 2015) fue una escritora secreta, o casi inadvertida durante mucho tiempo. Publicó en editoriales pequeñas y se autoeditó antes de ganar un premio destinado a obras jóvenes e innovadoras. Fue amiga de Evita, compartió piso con Violette Leduc y paseó por París, donde vivió durante 20 años, con Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir.

Uno.

Bajo el seudónimo Beatriz Portinari (por la célebre florentina idealizada por Dante) contó la historia de Yuna Riglos, una precoz artista con una leve deficiencia psíquica, a caballo de una prosa desbocada en la que se desenvuelven con una candidez perversa los truculentos secretos e intimidades de una familia de clase media baja en la Argentina de los años 40. La novela se llamaba Las primas

Dos.

Un jurado que estaba formado por escritores como Rodrigo Fresán, Alan Pauls y Guillermo Saccomano, entre otros, prestó atención a esa voz radical que salía de un original escrito a máquina con tachones de corrector por todas partes. Así fue como en el año 2007 se le concedió a Las primas el premio de la primera edición del concurso “Nueva Novela” del periódico argentino Página 12. El certamen estaba destinado a premiar una obra de literatura joven, osada e innovadora. La novela fue recibida con elogios unánimes en la prensa, vendió 35.000 ejemplares. En Argentina la editó Mondadori y Caballo de Troya en España, donde, en 2009, recibió además el premio Otras Voces, Otros Ámbitos. Las primas fue también adaptada al teatro y se estrenó en 2010 en el Teatro Cervantes de Buenos Aires. Esa novela la escribió Aurora Venturini cuando tenía 85 años. 

Tres.

Venturini nació en 1922 en la ciudad bonaerense de La Plata. La misma a la que retornó después de dos décadas de exilio en Francia. Era descendiente de inmigrantes sicilianos, dicen que era hincha del club local, Estudiantes de La Plata, y tal como afirmó en el fascinante documental Beatriz Portinari (Fernando Krapp y Agustina Massa, 2012) era amante de los perros y tenía dos arañas, Rebeca y Ariadna, porque “uno tiene los parientes que puede”. Dicen que escribió su primer poema a los cuatro años. Su padre se fue de casa cuando era chica (al igual que el padre de Yuna, la protagonista de Las primas) y solo volvió para echarla cuando se enteró de que era peronista. Después abandonó a la familia de nuevo. También se cuenta que un jovencísimo Ernesto Sábato la cortejó cuando tenía 20 años, pero la madre “lo voló de un plumazo por comunista”.

Cuatro.

Era una grafómana compulsiva. Después de jubilarse, escribía ocho horas diarias, primero a máquina de escribir y después, cuando la artritis se lo impidió, a mano en unos cuadernos, con los que después le dictaba sus historias a su asistente. A lo largo de más de seis décadas de una carrera literaria casi en el anonimato, publicó más de 40 libros en editoriales pequeñas y en ediciones pagadas por ella misma porque “no le gustaba pedir”. Solo tuvo un reconocimiento al comienzo de su carrera, en el año 1948, cuando Jorge Luis Borges, en nombre de la Sociedad Argentina de Escritores, le entregó el premio Iniciación por El solitario

Cinco.

La crueldad que convive en la intimidad de las familias disfuncionales, así como la variedad de personajes femeninos extremos, monstruosos, maltratados, es observada con una mirada cándida e inocente, casi infantil. Es la temática recurrente en la pequeña parte de su obra que ha sido rescatada del olvido, como en Nosotros, los Caserta o las historias de El marido de mi madrastra. Su peculiar estilo se caracteriza por una sintaxis postergada, atragantada. Venturini solía evitar el punto seguido, al igual que Yuna, la protagonista de Las primas. “Estoy loca: si me paro, se me escapan las ideas”, le confesó a la periodista Liliana Viola. Sus peculiares arrebatos poéticos rezuman los coletazos de un neobarroco latinoamericano, como en este relato de Hadas, brujas y señoritas: “Transfigurábanse en estatuillas de cerámica sin apartar los ojos amarillos de los vidrios que dejaban mirar la torrentera y cuando el trueno desbocaba la armonía pluvial, temblaban, cremas de azúcar tenue en copas de postre”. Un estilo tan personal que, como dijoLeila Guerriero en un perfil para la revista Gatopardo, “podía enredarse en las lianas de la lírica como chapotear entre insultos de borracho”. Enrique Vila-Matas la definió como “una loca faulkneriana tras la que se esconde César Aira” y la escritora Mariana Enríquez como “un Kafka soez”. En la obra de Venturini también habita esa “salvaje posteridad” que el poeta Edgardo Dobry le asignó a Osvaldo Lamborghini, así como el candor asilvestrado de la poeta uruguaya Marosa di Giorgio conviviendo con las atmósferas siniestras a las vez que inocentes de los relatos de Silvina Ocampo. 

Seis.

Aurora Venturini se graduó en Filosofía y Ciencias de la Educación en la Universidad Nacional de La Plata y trabajó en el Instituto de Psicología y Reeducación del Menor, donde conoció a Eva Perón. Fue su amiga íntima y hasta la acompañó en su lecho de muerte (en una entrevista a Liliana Viola contó que “la abanderada de los pobres” le pedía que le contara chistes verdes, pero también que le hablara de los presocráticos y la teoría del tiempo de Heráclito). Por su afiliación al peronismo, después de la Revolución libertadora, el golpe militar de 1955 contra Domingo Perón, tuvo que exiliarse en París hasta 1975. Acerca de este particular momento de su vida, al que retorna una y otra vez, recientemente se han publicado dos títulos en un solo volumen: Eva. Alfa y Omega, que relata su amistad con Eva Perón y que esperó años antes de escribirlo, y Pogrom del cabecita negra, publicado en 1992, pero pasaron décadas antes de que tuviera una reimpresión. Ambos textos se articulan como un todo donde el halo mítico de esos dos personajes de la historia argentina del siglo XX, el matrimonio Perón, se enreda con la autobiografía de esta insólita escritora.

Siete.

Al igual que varias generaciones sucesivas de intelectuales argentinos de la primera mitad del siglo XX, Aurora Venturini era francófila. Tradujo y escribió ensayos críticos sobre poetas como Isidore Ducasse, el conde de Lautréamont; François Villon y Arthur Rimbaud. Traducciones por las que recibió la condecoración de la Cruz de Hierro, otorgada por el gobierno francés. Durante su exilio en París, además de doctorarse en Psicología en la Sorbona con una especialización sobre el Test de Rorschach, vivió el auge del existencialismo. Así fue como se codeó con Simone de Beauvoir, de quien dijo que “era una mujer muy sencilla”, escuchó llorar a Jean-Paul Sarte en un cine y sostuvo en una entrevista para la revista Rumbos que “era un hombre silencioso, pero cuando se largaba no paraba: hablaba de sus cosas, de la vida. Nos sentábamos en los jardines de Versalles y me decía que miraba las plantas y empezaba a sentirse mal de la panza: ‘Porque viene la primavera y por lo bajo los árboles se están mezclando. ¿Te das cuenta de que copulan por sus raíces? ¿Te das cuenta de que están vivos y lloran porque los matamos?’ Todas esas cosas me espeluznaban. A él también. Y después no podíamos dormir. Entonces salíamos a cualquier hora y nos quedábamos tomando alguna cosita estimulante hasta el día siguiente”. De esa época Venturini también contó que una mañana se encontró a Albert Camus en el piso que compartió con Violette Leduc en el Barrio Latino: “Ella andaba por ahí, estaba enamorada de un albañil que alguna paliza le dio. Era la mejor novelista francesa de su época”. 

Ocho.

Las primas soy yo. [...], señorita, es mi familia. Nosotros no éramos normales. En casa todas mis hermanas eran retardadas. Y yo también.” Esta paráfrasis flaubertiana con la que, cuando la llamaron para avisarle de que había quedado entre los 10 finalistas del premio Novela en 2007, argumentó por qué su novela merecía ganar dicho galardón es una frase programática que resume la relevancia —también para la teoría literaria— de su obra. Toda su narrativa es indisociable de sus agitadas experiencias a través del siglo XX, en las que la persona y el personaje Aurora Venturini se enhebran con promiscuidad. Esta araña-escritora ha forjado alrededor de su propia biografía una autoficción, una indisociable continuidad entre vida y obra. Nadie sabe a ciencia cierta cuál de las diferentes versiones incongruentes acerca de su padre es la verdadera. O del presunto chófer que la iba a llevar a la entrega del premio Nueva Novela. O de las intermitentes anécdotas de premios que supuestamente le entregó su admirada Evita Perón, como uno de salto ecuestre. 

Nueve.

Gracias a su tardío reconocimiento y consagración internacional, Aurora Venturini vivió una desaforada posteridad aún en vida, como le dijo a Leila Guerriero: “Yo ya había publicado antes 40 libros, pero esto fue una explosión. Ahora acá dicen que soy buena porque lo dicen en Europa. Son repugnantes, mirá. Vivimos en un charco inmundo.” Además, tiene su propio premio en la ciudad de La Plata, el premio Aurora Venturini, que reconoce a novelas breves escritas por autores de la provincia de Buenos Aires. 

Diez.

En una conferencia registrada en el documental Beatriz Portinari, después de compartir la experiencia del accidente doméstico por el que casi se muere expuso su particular relación con la muerte. Le recomendó a la audiencia que “si se les cae el alma al piso, levántenla y vuelvan a ponérsela”. En el mismo documental mantiene una hilarante conversación con un exorcista acerca de su literal y dantesco “viaje al infierno” después del accidente. Dicha experiencia está narrada en Los rieles, un ensayo autobiográfico errático y alucinante: “Morí, caí al reino de los seres oscuros; vi lo que hubiera preferido no ver; padecí quemaduras pavorosas. Grité: ‘No estoy muerta’; regresé. Imponen que mi relato es ardid de escritora. Ojalá”. Aurora Venturni murió el 24 de noviembre de 2015, el mismo mes en que su obra más representativa se reeditaba en España.