18/6/2019
FDL 2016

Wilczek, o cómo salirse de los márgenes

El libro trata de responder a la pregunta de si el mundo encarna ideas bellas

Roger Corcho - 27/05/2016 - Número 35
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Wilczek, o cómo salirse de los márgenes
B. Snyder / Camera Press / Contacto
No es habitual encontrarse con el diagrama del doble pez del Tai Ji en las primeras páginas de un libro de divulgación científica. Y menos aún cuando el autor es Frank Wilczek (Nueva York, 1951), el genio que logró el premio Nobel por descubrir la libertad asintótica a los 18 años de edad, una propiedad de los quarks según la cual la fuerza que interactúa entre ellos es menor cuanto más cercanos se encuentran entre sí.

A pesar de que los charlatanes han encontrado un buen filón en las relaciones entre mística oriental y física cuántica, hay que tener presente que fue Niels Bohr, uno de los padres fundadores de esta rama de la física, el primero en considerar que esos dos peces juguetones consiguen poner imagen a alguna de las paradojas que tienen lugar a nivel atómico. Este anagrama, que acabó en su escudo de armas, parece ser el inspirador del principio de complementariedad de Bohr, según el cual existen aproximaciones a la realidad que son complementarias y perfectamente contradictorias. La realidad no se agota cuando la exploramos desde una única perspectiva. Un fotón puede entenderse como una partícula y también como una onda, y ambas aproximaciones, a pesar de ser excluyentes entre sí, son correctas y válidas. Plantearse la misma pregunta por las ondas provoca que se desvanezcan las respuestas sobre las partículas, y a la inversa. A nivel subatómico, la naturaleza  resulta tan juguetona como esos dos peces en su interminable camino por morder la cola del otro.

La música del mundo

El mundo como obra de arte no se conforma con reivindicar la mística oriental, sino que la ciencia ha confirmado algunas de las intuiciones que enseñaban Pitágoras y su secta: la realidad son números y existe una música que emerge del corazón del cosmos. No por casualidad, los científicos que edificaron la física cuántica encontraron en un libro titulado Teoría del sonido las matemáticas que necesitaban para describir las interioridades atómicas. En el micromundo todo puede adoptar la apariencia de ondas vibrantes como las cuerdas de una guitarra, con sus distintas resonancias. Para Wilczek, un átomo es como un instrumento: “El átomo de hidrógeno, visto como un instrumento musical, es como un gong tridimensional que es rígido en el exterior —lejos del protón— pero más fácil de poner en movimiento cerca del centro”, asegura Wilczek.

Platón debe de ser el pensador clásico que ha recibido más varapalos por parte de los científicos actuales por despreciar la realidad y postular la existencia de un mundo ideal. Wilczek, por el contrario, considera que Platón tenía razón. El libro quiere ser la respuesta a una pregunta que se encuentra nada más empezar con su lectura: “¿Encarna el mundo ideas bellas?”, de la que deriva esta otra pregunta: “¿Es el mundo una obra de arte?”. Son preguntas provocadoras que podría haberse planteado Platón, y que al lector escéptico y de un racionalismo de estrechas miras le pueden parecer síntomas de una mente en declive. Y sin embargo, a medida que avanzan las páginas, la pregunta inicial acaba adquiriendo un sentido sorprendente, así como la inevitable respuesta: efectivamente, el mundo encarna ideas bellas.

En su obra Timeo, Platón aseguraba que la realidad se forma a partir de cuatro tipos diferentes de átomos que se diferencian por adoptar formas geométricas de los llamados sólidos platónicos (excepto el dodecaedro, que sería la forma que tendría el universo en su conjunto). Wilczek sostiene que esto es precisamente lo que enseña la física cuántica: “La materia está realmente hecha de unas pocas clases de átomos. Los átomos realmente existen en un gran número de copias perfectamente idénticas. Las propiedades de los materiales realmente están determinadas por las propiedades de los átomos que los construyen”, explica. Y a partir de aquí, se puede dar un paso más: dado que las leyes de la física cuántica no postulan la existencia de átomos, sino que los átomos son el resultado de aplicar tales fórmulas, se concluye que “los átomos encarnan las ecuaciones”. La realidad es la materialización de ideas matemáticas bellas.

Teoría y realidad

Es habitual que las físicos consideren que las matemáticas no son más que un mero constructo lógico y artificial, un sistema de relaciones vacío que toman prestado como bastimento de sus teorías. “Calla y calcula” es la respuesta que suelen recibir aquellos que cometen el desliz imperdonable de reflexionar, por ejemplo, sobre por qué las matemáticas funcionan. Wilczek, en cambio, considera que este tipo de reflexiones —que tienen un nombre: metafísica— son imprescindibles para superar las teorías actuales.

Para Wilczek, la realidad se edifica sobre dos principios fundamentales. Por un lado está la simetría, de hecho distintas ramas de la física han identificado diferentes tipos de simetrías que se expresan en sus leyes. En segundo lugar está el principio de economía, que impone unas restricciones —espaciales, energéticas o de cualquier otro tipo— que fuerzan a que entidades como las moléculas adopten formas geométricas: la simetría y los recursos limitados dan como resultado que la naturaleza sea bella, una obra de arte.

Una teoría capaz de ir más allá de las teorías actuales, como por ejemplo del modelo estándar —o teoría central, como prefiere llamarla Wilczek por ser un nombre que refleja mejor su importancia como gran hito de la humanidad—, desvelará unas simetrías más profundas y bellas. Si la realidad encarna ideas bellas, el científico puede llegar a dichas ideas dejándose llevar por la belleza.

Newton, otro científico que también se salía de los márgenes, se planteó, en su libro Óptica, una serie de preguntas cuya respuesta —al quedar fuera del dominio de la experimentación— era una reflexión inspirada. Así podría definirse El mundo como obra de arte, un libro tan extraño como apasionante.

El mundo como obra de arte
El mundo como obra de arte
Frank Wilczek
Traducción de Javier Sampedro
Crítica, Barcelona, 2016, 484 págs.