El vals de los adioses

Yo les debo tanto

“Los dejo libres de terminar de hundirse y los privo, en cambio, de decir que es mi culpa”

Martín Caparrós - 12/08/2016 - Número 46
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Yo les debo tanto
MIKEL CASAL

He dudado mucho. No, no se rían ustedes. Ni ustedes, los que temen que vaya a hacerles un Hamlet de jardín. Ni ustedes, que dirán que la duda requiere inteligencia. No he dudado sobre la decisión de partir: me es ineludible. Una institución puede mentir: para eso existe. Una institución puede decir que ella no era ella cuando dijo lo que dijo, y que por eso ahora dirá otra cosa. Nuestro partido puede —y debe— decir que estaba mal conducido cuando se negaba a aceptar la solución que los grandes poderes nacionales le piden; yo no puedo decir que lo estaba cuando lo decía. Así que, para que puedan ustedes sostener lo insostenible, mi decisión de partir se cae de madura. Pero les dije que he dudado mucho y, de nuevo, no les he mentido. He dudado mucho sobre cómo irme y, al fin, me he decidido. 

Soy hombre de pocas palabras y, en general, pensadas de antemano. Muchas veces, pensadas por otros. Yo sé que eso, a veces, me ha dado fama de inteligencia parca. Yo sé que muchos de ustedes creen que me quedé con una posición que no me correspondía: que me dejaron el coche para que lo aparcara y, en lugar de traerles las llaves, me lo llevé por esos caminos del Señor. Yo sé muchas más cosas que las que parece y por eso dudé si irme en silencio, como ustedes querrían, o hacer de mi partida mi momento. Y, lo siento por ustedes, ya me han callado demasiado. O, peor, me han hecho hablar.

“Entré a este partido con 21 añitos, fresco, maleable, todo por aprender y salgo a los 44 hecho y deshecho por ustedes”

Son ustedes los que me formatearon para esto. Si soy lo que soy es porque ustedes son lo que son, porque somos lo que somos. Entré a este partido con 21 añitos, fresco, maleable, todo por aprender; salgo de su conducción a los 44, hecho y deshecho por ustedes. Si puedo parecer una marioneta cuyos hilos se enredan, se lo debo. Si puedo parecer un producto en la lógica del mercado, un figurín creado para que los electores más tímidos puedan decirse “ah, este es un señor serio y solvente y amable y decidido”, se lo debo. Si soy esa caricatura de señor serio y solvente y todo eso, si soy el candidato ideal para hacer de político joven en una serie mala, se lo debo. Si he degradado la idea de la sonrisa, si he convertido la sonrisa en un eslogan de campaña, se lo debo.

Si no sé hablar sin que parezca que estoy repitiendo el guion que un comité pensó y repensó y aprobó para mi, se lo debo. Si me paso mucho más tiempo pensando en cómo superar las zancadillas de los compañeros que las asechanzas de la crisis, se lo debo. Si he convertido la política en un juego de conspiraciones, si he usado incluso las voluntades de los militantes como un elemento más en ese juego, se lo debo. Si propongo políticas mirando receloso para atrás para adelante para los costados, temeroso de quién pueda ofenderse, se lo debo. Si consulto cada jugada importante con esos que representan o dicen que representan a los que cortan el bacalao, se lo debo. Si he conseguido olvidarme de qué significaba la palabra obrero y recuerdo demasiado qué quiere significar la palabra español, se lo debo. Si he tenido tantos problemas para distinguir la izquierda y la derecha, se lo debo. Si parece que mi ambición fuera mayor que mis posibilidades, se lo debo. Si he hecho de la prudencia mi mayor audacia, del miedo mi valor, de la repetición mi innovación constante, de la duda mi única certeza, se lo debo.

Sí, les debo tanto. Algunos de ustedes dirán que mi deuda es impagable: que he llevado el partido a sus peores resultados. Pero quiero empezar a pagarla: me voy, los dejo libres de mentir, de decir sí donde hemos dicho no, de permitir lo que dijimos combatir, de aliarnos con lo peor de este país que dice ser un reino para olvidar que es una selva. Los dejo libres de terminar de hundirse y los privo, en cambio, de decir que es mi culpa. Aunque no quieran reconocerlo, les resulté muy útil: pudieron susurrar, una y otra vez, a los periodistas que los pelotean tanto como para preguntarles si querían o no que los citaran, que el partido naufragaba por mi culpa. Ya no podrán: tendrán que hacerse cargo. Yo, por ahora, me hago cargo de lo que me toca: nunca pude hacerme con el partido, nunca pude deshacerme de él. He sido su producto, he sido su desecho. Ahora me voy; buscaré un trabajo decente, intentaré hacer algo que sirva para algo. Será difícil: no tengo la costumbre. Quise ser presidente; quizá yéndome consiga serlo alguna vez, aunque no sea de España.

Hasta aquí hemos llegado. Pedro Sánchez se despide de ustedes. Cuando ustedes se despidan de sí mismos algo habrá cambiado en este país tristón, repantigado, acomodado en unas zapatillas que le quedan grandes. Me despido, saludo, disfruto de mi mutis por el foro. Si este, mi discurso final, los sorprende, no se inquieten: pueden decir, como siempre, que no lo he escrito yo.