16/9/2019
Internacional

Colombia. “Votaré sí para saber qué es la paz”

Los colombianos se juegan a una sola carta en el plebiscito del 2 de octubre el final de medio siglo de conflicto armado con las FARC

Alba Tobella - 02/09/2016 - Número 49
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Colombia. “Votaré sí para saber qué es la paz”
Un mural en El Paulo pide el cese al fuego de las FARC. C. Escobar Mora / EFE
A primera hora de la mañana siguiente a que el Gobierno de Colombia y los líderes de la guerrilla de las FARC anunciaran el final de las negociaciones de paz, Rafael Antonio Vargas cojeaba por el centro de Bogotá, con un periódico gratuito en la mano y una gorra del Real Madrid, buscando conversación. “Yo no creo en esos acuerdos publicitados ayer desde La Habana. Los colombianos no sabemos nada de las negociaciones”, decía Adelmar Panesso, un abogado jubilado con la mirada perdida. “Yo tengo una postura muy distinta”, interrumpió Vargas con los ojos brillantes: “No sabemos qué va a pasar, porque no conocemos la paz. Hay que darle una oportunidad. Yo votaré sí para saber qué es la paz”.

Levantadas en armas en 1964 como una rebelión campesina, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia son parte de la vida cotidiana del país, que lleva décadas amaneciendo con noticias de secuestros, masacres y atentados. “Oportunidad” es la palabra que utilizó Humberto de la Calle, el jefe negociador del Gobierno, el día del acuerdo final. “Lo único que nos debemos es dar paso a una nueva oportunidad de vida”, dijo en su discurso, que pronunció con la cara tensa de quien pide un favor a millones de personas. “No debemos limitarnos a celebrar el silencio de los fusiles. Lo que realmente importa es que se abren caminos”, decía desde la capital cubana, donde lleva cuatro años debatiendo con los líderes guerrilleros.

“Es preocupante el poco entusiasmo de los colombianos con el acuerdo”, dice un analista

El 2 de octubre los colombianos decidirán si apoyan o no el acuerdo que el Gobierno de Juan Manuel Santos y los rebeldes cerraron en La Habana el pasado 24 de agosto.

“Sí, sí y mil veces sí”, exclamaba Natalia Travesedo, una estudiante de Derecho, antes de entrar a su primera clase del día. “Se me hace injusto como persona. Aunque no soy yo la que pone los hijos, la guerra nos afecta a todos. Si le podemos poner fin a algo tan feo, ¿por qué no hacerlo? El momento es ahora y hay que aprovecharlo.”

Aunque la idea de vivir la promesa de un país mejor y con menos armas predomina en la capital, todavía hay muchos lugares donde abunda el rencor y la desconfianza. Para el analista Frederic Massé, el plebiscito es un “autogol” del Gobierno, que no está obligado jurídicamente a someter los acuerdos a consulta popular. Santos, recuerda, se comprometió a refrendar los acuerdos como gesto político al principio de los diálogos, en 2012, cuando lo acusaban de haber iniciado las conversaciones con la guerrilla sin el apoyo de la ciudadanía.

Una pregunta sin matices

Para que los acuerdos de paz queden aprobados, al menos el 13% de la población —más de cuatro millones de personas— tiene que decirle sí a una pregunta que no acepta matices: “¿Apoya usted el acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera?”. Una pregunta que los opositores al proceso, encabezados por el expresidente Álvaro Uribe, consideran que deja impunes los crímenes cometidos por la guerrilla.

Un sondeo publicado el día del acuerdo final muestra una ligera ventaja del sí (32,1%) frente al no (26,9%), mientras que más de uno de cada cuatro colombianos se abstendría en el voto. “Es preocupante el poco entusiasmo de los colombianos con el acuerdo de paz. Aunque algunos están eufóricos, las encuestas aún muestran dudas. Es atípico”, explica Massé. “Puede ser falta de información, pero hay razones de fondo para este descontento. Sobre todo en lo relacionado con la justicia transicional, el sueldo a los guerrilleros y la participación política de los rebeldes.”

Según lo pactado, los guerrilleros que no hayan cometido crímenes de lesa humanidad y contribuyan a la verdad de los hechos quedarán libres de penas. Además, los acuerdos garantizan escaños para las FARC en el Congreso y en el Senado y un ingreso del 90% del salario mínimo mensual (unos 200 euros) para los guerrilleros durante dos años.

“Nada justifica permitir la elección de Timochenko (comandante jefe de las FARC) al Senado o a la Presidencia. Nuestra democracia les dio todas las oportunidades y prefirieron seguir con el asesinato”, afirmó Uribe un día después de conocer la fecha del plebiscito. Desde julio, el expresidente encabeza una “resistencia popular” por el no y trata de canalizar a quienes creen que “los antiguos secuestradores” van a gobernar Colombia.

“El Gobierno dijo mentiras innecesarias como que no iban a pagar un sueldo a los guerrilleros, en lugar de aceptar que iban a pagar algo. Eso afectó a la credibilidad del proceso y hace que algunas personas estén dudando si van a ir a votar”, opina Massé. Santos ha reiterado que no tiene un plan B si pierde la consulta popular. En ese caso, se convertiría en el cuarto presidente en tratar de cerrar el conflicto con las FARC —después de Belisario Betancur en 1984, César Gaviria en 1991 y 1992, y Andrés Pastrana en 1999—pese a ser el único que habría llegado a un acuerdo con la principal guerrilla del país.

¿Y si gana el no?

“El escenario más probable si gana el no es un lento retorno a la guerra”, especula Kyle Johnson, analista del International Crisis Group, ante la falta de alternativas explícitas del Gobierno. “No va a ser posible llegar a otro acuerdo porque políticamente el país atraviesa un momento muy difícil y no va a estar claro el papel de la comunidad internacional en Colombia, que se ha comprometido a apoyar los acuerdos”, afirma. Massé matiza la postura y considera que la idea del todo o nada en el plebiscito funciona como amenaza. “Si gana el no, entraremos en un periodo de profunda incertidumbre, pero no me parece tan automático el retorno a la guerra, sobre todo porque muchos líderes de las FARC han dicho que no quieren volver a las armas.” Otra duda sería el papel que la comunidad internacional tendría en el proceso.

De perder la consulta, Santos sería el cuarto presidente en tratar de sellar la paz con la principal guerrilla

También en territorio fariano, donde el Estado solo ha estado presente a través del Ejército, el pacto es un alivio. “Estoy muy contenta”, exclama por teléfono Angélica Mazo desde El Orejón, una aldea de Antioquia, en el norte del país y en una de las zonas con más minas antipersona. Allí, los campesinos viven de cultivar coca y extraer base, el material con el que se produce la cocaína. Hace un año que los habitantes de esas montañas no ven combates entre el Ejército y la guerrilla, desde que empezó un programa conjunto de desminado humanitario entre el Gobierno y las FARC.

“Ahora vivimos más tranquilos”, dice Mazo. “Lo que nos preocupa es que con la coca sabemos que tenemos un ingreso cada dos meses, pero con frijol o café se necesita mucho y además es muy difícil sacarlo de aquí por la dificultad de las carreteras.” Y por esa misma razón, esta campesina no sabe si va a poder votar en el plebiscito: son dos horas de camino hasta la cabecera municipal. “Nosotros sabemos lo que oímos en la radio o vemos en televisión y en el papel el acuerdo se ve muy bonito. Lo que no dejo de pensar es quién va a quedar en estos territorios que dejan las FARC.”