25/9/2020
Series

Algo huele a podrido en Escandinavia

Empieza el tiempo de pactos y, como sucedió durante la campaña, muchos mirarán a ese oasis político llamado Escandinavia. Sin embargo, la región tiene tantos problemas como maneras de mostrarlos en la pequeña pantalla

Algo huele a podrido en Escandinavia
Un fotograma de la serie danesa 'Borgen'. DR FIKTION
Los nacionalistas catalanes califican a su tierra como “la Dinamarca del sur”; Albert Rivera repite una y otra vez que su proyecto de país es “ser como Dinamarca, no como Venezuela”; Suecia pervive como Tierra de Promisión del Estado del bienestar para unos socialistas que siguen añorando la figura paternal de Olof Palme; Podemos se vanagloria de haber publicado “el programa electoral más leído de la historia”, imitando el catálogo de muebles de una multinacional sueca; y el PP utiliza el sistema educativo finlandés para atizar a docentes y alumnos españoles.

Dinamarca, Suecia, Finlandia, Noruega… En un mundo arrasado por la crisis, son la aldea de Astérix donde el Estado del bienestar parece resistir a los envites de la austeridad económica, la Disneylandia de los servicios públicos. Precisamente uno de ellos, el de la radiotelevisión pública, laminado y desprestigiado como está en España, ha producido uno de los grandes fenómenos audiovisuales de principios de siglo: el de las series de televisión. Producciones en lenguas con apenas 5,5; 9,5 y 5 millones de hablantes (danés, sueco y noruego, respectivamente), financiadas y emitidas por las cadenas estatales, son vistas y disfrutadas en todo el mundo, con un éxito que ha provocado la venta de sus argumentos para su posterior remake estadounidense.

Estas series beben de un rica tradición de literatura noir nacida en Suecia y convertida ya en fenómeno

A la cabeza está Borgen (DR: 2010-2013), serie danesa sobre una política que se convierte en presidenta del gobierno del país pese a que su partido es la tercera fuerza más votada. Sin embargo, el relato que articula Borgen es la excepción que mantiene esa idea de Arcadia feliz y civilizada escandinava que persiste en el argumentario de nuestros políticos. Ficciones televisivas nórdicas como Bron/Broen, Bedrag o Okkupert plasman otras visiones que evidencian inquietantes grietas en el modo de vida nórdico. En lo que constituye un magnífico ejemplo de sinergia entre las industrias culturales de un país, todas beben de una rica tradición de literatura negra, nacida en los 60 en Suecia con la pareja Maj Sjöwall y Per Wahlöö, continuada por su compatriota Henning Mankell (cuyas narraciones ya han sido objeto de varias adaptaciones televisivas, tanto en inglés como en sueco) y convertida en fenómeno de grandes superficies comerciales gracias al éxito planetario de Stieg Larsson y su chica milenarista a la que le gustaba jugar con mecheros y bidones de gasolina. Sjöwall y Wahlöö, confesos marxistas, dieron al subgénero del Nordic Noir su inefable componente de denuncia social, a la manera de Raymond Chandler o Dashiell Hammett.

Esa es una de las notables características de las series de televisión escandinavas. Según Eva Novrup Redvall, la gran especialista del Nordic Noir televisivo, la cadena pública danesa (DR), desencadenante de la moda televisiva escandinava, considera condición esencial para la producción de ficciones seriales televisivas su naturaleza de “doble relato”, esto es: “Historias que no solo sean entretenidas, sino que planteen grandes cuestiones éticas y sociales”. Entre los temas de controversia que protagonizan las series se encuentra la presencia de la mujer en puestos de poder, la inmigración, la corrupción política (aunque en España nos parezca mentira, también la sufren los países nórdicos) o el auge de la ultraderecha. O lo que es lo mismo: echar un vistazo a sus series es sentarse a mirar los problemas de su sociedad y descubrir que ni somos tan distintos y que el norte de Europa no es el ejemplo de una sociedad ideal.

El enemigo interior

Como en Millennium, la trilogía de Stieg Larsson, casi todas las series de televisión escandinavas recientes tienen como telón de fondo la destrucción del Estado del bienestar y/o su crisis por el auge de la extrema derecha. En la primera temporada de El puente (Bron/Broen, DR/SVT: 2011-), la policía debe enfrentarse a un asesino autodenominado Terrorista de la Verdad que pretende llamar la atención de la opinión pública sobre cómo se está desmantelando la protección social a los más desfavorecidos. En la sueca Bla Ögon (Blue Eyes, SVT: 2015), el clima político del país se ve convulsionado ante el nacimiento de un partido ultranacionalista y de una célula terrorista de ultraderecha.

Son retratos ficcionales poco amables que reflejan la estupefacción ante una realidad que va avanzando amenazante: el partido Demócratas de Suecia obtuvo en las últimas elecciones generales, celebradas en septiembre de 2014, un porcentaje de casi el 13% de los votos, provocando una de las mayores crisis de gobernabilidad del país, solventada por un acuerdo in extremis del Ejecutivo rojiverde, que gobierna en minoría, con la Alianza, una agrupación de cuatro formaciones de centro-derecha. En Dinamarca la agrupación conservadora Partido Popular Danés, acusada por muchos de ser un partido de extrema derecha, se convirtió en las anteriores elecciones europeas de 2014 en la opción más votada (logrando el apoyo de casi el 27% de la población con derecho a voto), mientras que en los comicios generales de hace un año logró ser la segunda fuerza política del país, con un 21% del sufragio. Esta situación no ha sido pasada por alto por los creadores televisivos. Así lo ve Alex Haridi, creador de Bla Ögon, tal y como confesó al portal especializado NordicNoir.tv con motivo del estreno de la serie en Reino Unido: “La ancianita agradable que se siente a tu lado en el autobús puede albergar ideas realmente fascistas. Esa es nuestra verdadera pesadilla”.

El enemigo exterior

Paradójicamente, gran parte del éxito de las series escandinavas se debe a la emisión de sus producciones por otro país tan impermeable a la influencia externa en los últimos tiempos como Reino Unido. La historia del Nordic Noir hubiera sido muy diferente si Tony Blair no hubiera reducido el presupuesto de la BBC con la renovación de la Royal Charter en 2007, impidiendo al operador público competir con la Sky de Murdoch y obligándola a buscar productos más baratos que las series estadounidenses. Así fue como consiguió emitirse The Killing (Forbrydelsen, DR: 2007-2012), y su sorprendente éxito (¿una serie criminal danesa en casa de Agatha Christie?, ¿una serie subtitulada en la patria del todopoderoso y universal idioma inglés?) dejó en unos números paupérrimos de audiencia a la glamurosa Mad Men de AMC. Desde entonces, la BBC ha servido de puente para las producciones nórdicas y, quien más quien menos, ha intentado que su país repitiera el éxito de la protagonista Sarah Lund (y de sus jerséis de lana, que causaron furor entre los televidentes).

Desde la emisión de The Killing, la BBC ha servido de puente para las producciones nórdicas

Los 90 millones de coronas que costó Occupied (Okkupert, TV2: 2015) la convirtieron en la producción más cara de la historia de Noruega, pero también en la más polémica, hasta el punto de que casi provoca un conflicto diplomático. Occupied es un ejercicio de política-ficción ideado por el exitoso novelista Jo Nesbø: Rusia decide invadir Noruega con el objetivo de proseguir la extracción de los combustibles fósiles que el gobierno de Los Verdes pretende prohibir. Sobrevuela aquí no solo el terror a que el país se someta a la influencia política que ejerce Vladimir Putin, sino también la actitud euroescéptica de una país que ni quiso ni quiere entrar en esa Unión Europea que, en la ficción, permite la invasión por razones económicas. Los motivos que Nesbø esgrime sobre qué le condujo a crear un relato tal parecen confirmar el miedo ante la amenaza de que su modélico y envidiado sistema de vida esté en peligro en un mundo globalizado: “El problema de Escandinavia es que creemos que todo va a seguir siempre igual. Debemos aprender de otros países. Solo hay que fijarse en la Yugoslavia de los 90, que era un país democrático en la buena senda y fue llevado a una guerra civil por Slobodan Milosevic en apenas seis meses”.

Tras su estreno en octubre de 2015, la Unión Europea no dijo nada, pero la embajada rusa envió una protesta formal al Gobierno noruego en la que lamentaba “que en el 70 aniversario de la victoria en la Segunda Guerra Mundial, los autores hayan olvidado la heroica contribución a la liberación del norte de Noruega de la ocupación nazi y hayan decidido, en la peor de las tradiciones de la guerra fría, asustar a los espectadores noruegos con una inexistente amenaza del Este”.

El enemigo global

Las guerras ya no son internacionales, sino planetarias. Las enciclopedias cuentan que el Programa de Naciones Unidas para el Medioambiente se firmó en Estocolmo en 1972 y desde entonces la sensibilidad ecologista no ha dejado de crecer en el área de Escandinavia: son pioneros en el uso de la bicicleta como medio de transporte, con Copenhague a la cabeza de las mejores ciudades para este tipo de desplazamiento; adeptos de la agricultura orgánica, y Noruega y Suecia figuran entre los 10 países con más conciencia verde según el Índice de Desempeño Ambiental, con Finlandia y Dinamarca muy cerca en el ranking. Una preocupación extrema con todo lo que tiene que ver con la degradación de la naturaleza que, en las ficciones televisivas, se traduce en relatos que critican el capitalismo salvaje, practicado en un vicio muy familiar en nuestras latitudes: la constante especulación y recalificación de terrenos naturales. No faltan los ejemplos: en el thriller Follow the Money (Bedrag, DR: 2016) se descubre que energías limpias como la eólica están controladas por tipos muy sucios; en Jordskott (SVT: 2015) el mensaje ecologista alcanza tintes fantásticos cuando la protagonista, una policía, descubre que el caso de desapariciones de niños que está investigando está ligado a un bosque en peligro de ser talado, motivo del conflicto entre vecinos y una multinacional.

Midnight Sun (SVT/Canal+: 2016), ambiciosa coproducción francosueca que se estrena este otoño, retrata un choque de culturas en el Ártico entre una urbanita policía parisina (Leïla Bekhti) y su compañero sueco de origen lapón (Gustaf Hammersten). En su presentación en París en el reciente festival Séries Mania, uno de sus creadores, Björn Stein, puso de relieve el mensaje ecologista de la serie, encarnado en la agonizante etnia protagonista: “Los suecos sabemos más de los indios del Oeste que de los samis”.

El enemigo de al lado

Tal vez lo más sorprendente de las series escandinavas es descubrir que, a pesar de considerarlos una sociedad abierta y libre de prejuicios, las relaciones entre cada uno de los países de la zona se nutren de recelos. Así lo refleja Bron/Broen, cuyo punto de partida fronterizo —un cadáver aparece sobre el puente de Oresund que une Dinamarca y Suecia: de abdomen hacia abajo está en Dinamarca y tronco y cabeza, en Suecia— sirve de excusa para que descubramos sus peculiaridades nacionales: el policía danés es, a ojos de los suecos, el clásico chapuzas del sur con cierta tendencia a la vagancia; la agente sueca es una eficiente profesional con el dudoso atributo de la gente del norte de carecer de cualquier tipo de empatía hacia el resto de seres humanos. El puente de Oresund se presenta como un artefacto narrativo destinado a mostrar que aquello que debería unirnos en realidad nos separa.

Como la realidad siempre supera a la ficción (escandinava), en los últimos meses el puente mutó de metáfora en desoladora noticia: ese prodigio de la ingeniería se convirtió en un reflejo de la vergonzante manera de tratar el problema de los refugiados cuando Suecia decidió restringir su tráfico para impedir su entrada a principios de año, los mismos a los que los daneses decidieron requisar todas sus pertenencias al entrar en el país. Cuando se rodó la primera de sus (hasta la fecha) tres temporadas su protagonista, Sofia Helin, ya lo advertía: “En los 70, éramos inocentes, pero hemos perdido esa candidez. La sociedad se ha convertido en un lugar mucho menos idealista y todo depende del dinero que tengas en tu bolsillo”.