26/5/2017
Opinión

Aquí no se fía

El resultado estaba ya en el marcador antes de que comenzara el partido, pero había que jugarlo

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Aquí no se fía
fede yankelevich
Frente al “ser o no ser, esa es la cuestión”,  en la versión canónica de los traductores de Hamlet, ha surgido el “ser o no ser, de eso se trata”, que prefiere alguno de los modernos. En nuestro caso, fijada la convocatoria para los días 30 y 31 de agosto y 2 de septiembre, lo que estaba en juego por parte del candidato era “presentarse o no presentarse a la investidura”. Sucedía, como tantas veces en política, que no había salida limpia. Cualquiera de las dos opciones, la de dar la espantada o la de comparecer sin los votos suficientes, ofrecía inconvenientes y auguraba daños. El pronóstico era que el candidato a presidente del gobierno sería embestido más que investido. Porque la embestida es lo que está pautado en un debate en el que el aspirante queda emplazado ante los restantes portavoces de los grupos parlamentarios que le adelantan críticas y le reclaman concesiones antes de ofrecerle su voto favorable.

Pero en este caso todo venía atado y bien atado. A favor quedaban 170 escaños —los del PP (137), Ciudadanos (32) y Coalición Canaria (1)—. Todos los demás aparecían comprometidos en contra. De modo que a falta de 6 para la mayoría absoluta, cifrada en 176, y perdida la esperanza de mermar los votos en contra, trocándolos en abstenciones o ausencias, de manera que resultaran inferiores en número a los favorables, la suerte estaba echada. El resultado estaba ya en el marcador antes de que comenzara el partido, pero había que jugarlo. En el palacio de San Jerónimo se regsitraba el ambientazo de las grandes ocasiones. La pugna por las acreditaciones había alcanzado temperaturas de incandescencia. La tribuna de prensa estaba al completo con los sospechosos habituales más los paracaidistas que se dejan caer cuando se barruntan acontecimientos.

El pronóstico era que el candidato a presidente del gobierno iba a ser embestido más que investido

La gran noticia del martes día 30 había sido que el líder del Partido Popular, Mariano Rajoy, propuesto por su majestad el rey como candidato a la Presidencia del Gobierno, quien solo había aceptado el encargo a título eventual, reservándose hacerlo de manera efectiva solo para el caso de que encontrara los apoyos parlamentarios necesarios, anunciaba su decisión de comparecer conforme a lo preceptuado en el artículo 99.2 de la Constitución, que obliga a exponer ante el Congreso de los Diputados el programa político del gobierno que se pretende formar y a solicitar la confianza de la Cámara. Cuentan los más próximos al diestro de Pontevedra que anduvo considerando durante semanas la posibilidad de dar de nuevo la espantada, como ya hiciera al declinar en la Zarzuela el primer encargo que quiso hacerle Felipe VI tras las elecciones del 20 de diciembre.

La primera intervención del candidato Mariano Rajoy tuvo la virtud de aburrir a todos y de mostrarle desganado, reiterativo, autocomplaciente, como si estuviera presentando las cuentas anuales a un congreso de odontólogos. Ni siquiera galvanizó a sus propias filas y sembró el desconcierto de Ciudadanos, sus compañeros del pacto. Fueron 80 minutos plúmbeos que los portavoces populares intentaron disculpar garantizando espectáculo para el día siguiente cuando tuviera que moverse en las réplicas a los portavoces de los demás grupos parlamentarios. Pero la lectura de Rajoy estaba cerrada a cualquier interacción, se alejaba de la función clorofílica que a partir de los elementos ambientales y con el concurso de la fotosíntesis hace del carbono materia viva y permite que la energía solar se vuelva químicamente utilizable, según pondera Primo Levi en el capítulo “Carbono” de su libro El sistema periódico, que es ahora de necesaria lectura.

El primer turno del miércoles día 31, a las 9 de la mañana, estaba asignado a Pedro Sánchez, que se dejó ir por la senda de la hemeroteca para poner a Rajoy frente a sus gracietas de marzo que ahora le resultaban de plena aplicación. Sánchez se defendió de las presiones, se revistió de coherencia, adoptó como estribillo “el mal gobierno”, hizo una descripción de los recortes que han mermado los pilares del Estado del bienestar, enumeró el destrozo de las instituciones instrumentalizadas al servicio de intereses partidistas, mencionó el daño a las libertades y terminó recordando que el deber del candidato era sumar apoyos y que los socialistas excluían prestárselo ni siquiera en el plano inclinado de la abstención porque no le consideraban de fiar.

La primera intervención del candidato Rajoy tuvo la virtud de aburrir a todos y de mostrarle desganado

Salió después a la tribuna Pablo Manuel Iglesias para erigirse en el único decente de los 350 diputados. Marcaba de modo permanente diferencias. Señalaba que ellos no buscaban la respetabilidad brindando deferencias a los poderosos, que a ellos no se los compraba, que Podemos era indudable. Es decir, que dejaba a todos los demás chapoteando en la indignidad. Se empeñaba en no dejar títere con cabeza. Enseguida se apropiaba de la gente, que pasaba a ser “nuestra gente”, hacía un guiño a los uniformados mencionando la  falta de chalecos antibalas, acuñaba la expresión de “caídos de la clase media”, desacreditaba a Ciudadanos etiquetándolos de filial naranja del PP, la emprendía con toda la galería al completo, retrocedía hasta Cánovas, terminaba con Adolfo Suárez, se valía de las puertas giratorias para enlodar a Felipe González, Elena Salgado y tutti quanti. Todos quedaban en falta, sin olvidar los editoriales dictados por Cebrián. El único elogio sin tacha lo dirigía  al general Julio Rodríguez, que por dos veces consecutivas ha ido en las listas de Podemos en posiciones desfavorecidas que le han dejado fuera del Congreso. En ese momento se enorgullecía de modo incesante hasta terminar encendido y puño en alto. En resumen, su intervención pretendía apropiarse en exclusiva de posiciones morales para prohibírselas a los demás.

Bajo esos estímulos subió a la tribuna el candidato y tuvo la mejor intervención del día. Empezando por decir a Pablo Manuel que nada tenía contra la exhibición del puño en alto, siempre que no fuera obligatorio. Hizo un pasaje por Grecia para dar cuenta de la situación del país que gobiernan los afines a Podemos y mostró su desconcierto por que se hubiera citado a Manuel Azaña a propósito del derecho de autodeterminación. Volvió entonces a la tribuna Pablo Manuel Iglesias y vimos algunas ráfagas de una versión distinta del líder, ajena al tono mitinero, con intentos de aproximación fuera del sectarismo incandescente por el que se había estado deslizando. Algunos veían ahí atisbos de que en España pudiera amanecer la concordia. Entendido, continuará.