16/9/2019
Análisis

Artur Mas: el mesías gafe

Está siendo abandonado por quienes le acompañaban en su singladura, conscientes de que el único que llegó a Ítaca fue Ulises

Francesc Arroyo - 22/07/2016 - Número 43
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Artur Mas: el mesías gafe
Artur Mas. Alex Caparrós / Getty
Hace años, cuando Artur Mas (Barcelona, 1956) era consejero de Política Territorial, recibía al personal de forma atildadamente burguesa: ni siquiera en mangas de camisa. Cuando se abría la puerta de su despacho ya tenía abrochada la chaqueta. Era la imagen de la pulcritud. Solo desentonaba la sonrisa. La forzaba, pero se le notaba que no estaba a gusto en el mundo, quizás porque el mundo tardaba en reconocer que era el futuro “rey Arturo”, para decirlo en expresión de su biógrafa Pilar Rahola, un día su rival y hoy su palmera entusiasta. De aquel Mas apenas queda un gesto que sigue culpando al mundo por no reconocerle como el mesías catalán que Jordi Pujol no pudo ser por sus pecados andorranos.

En marzo, Mas comió con empresarios. Alguien le preguntó si haría  autocrítica. “¿Más autocrítica que el paso al lado?”, replicó. Omitió que ese paso fue impuesto por la CUP. Y por una mala lectura de los resultados de las elecciones, tras las que explicó en castellano, catalán, francés e inglés que el independentismo había ganado sin que lo hubiera hecho. De aquella ficción derivan hechos posteriores que él percibe como una conjura universal.

Hay dos teorías para explicar su trayectoria: que es un pésimo analista y que todo lo que toca acaba mal

Hay dos teorías para explicar su trayectoria. Una sostiene que es un pésimo analista porque decide con información defectuosa. En su descargo, esto se debería a que tiene un equipo más proclive al elogio que a la verdad. En su debe: él ha formado el equipo prefiriendo la fidelidad al mérito. La otra teoría sostiene que es gafe. No importa la decisión que tome: acabará fatal.

Mas lo ha tenido todo de cara. Y no le ha ido mal: empresario, concejal, diputado, consejero y presidente del gobierno catalán y de un nuevo partido que le ha producido, escrito por él, las mismas sensaciones que tener un hijo. Nunca, sin embargo, ha culminado con éxito proyecto político alguno.

Empezó a trabajar en la administración pública como director general de Promoción Comercial (1985) y secretario general del Departamento de Comercio (1988). Que era un joven prometedor lo percibieron especialmente Lluis Prenafeta, secretario hoy procesado del gobierno de Jordi Pujol, y Marta Ferrusola, esposa del presidente y empresaria a su sombra.

Como buen liberal, mantuvo un pie en la administración pública y otro en la empresa privada: figuró en las listas municipales de CiU al tiempo que proyectaba la diversificación empresarial de la firma Tipel (familia Prenafeta). Para sintetizar: Tipel quebró, dejando impagado un crédito oficial de 2,4 millones de euros, y CiU no consiguió la alcaldía de Barcelona. Pero Mas hizo amigos: Jordi Pujol Ferrusola, también llamado Junior; Artur Suqué, empresario vinculado al caso Casinos, episodio confuso de financiación de CDC (archivado sin sentencia).

Cegada la vía municipal hasta que los socialistas fueran capaces de inmolarse (lo conseguirían en 2011), Mas se convirtió en 1995 en diputado autonómico y consejero. Fue capaz de no enterarse de que su padre tenía una cuenta en Liechtenstein (regularizada aprovechando una amnistía fiscal) ni de que la familia Pujol disponía de cuentas en Andorra. A decir de Pasqual Maragall, tampoco se enteró de la existencia, supuesta, de comisiones del 3% para el partido. Y eso que estuvo en sitios idóneos para ello: Política Territorial es el departamento que más licita; Economía controla las cuentas, incluidos los desvíos presupuestarios; la jefatura del gobierno lo vigila todo.

Su máximo logro fue perder las elecciones de 2003 en favor del Tripartito presidido por Maragall y más tarde en 2006, esta vez con José Montilla como presidente.

En 2010 Mas logró ser presidente del gobierno catalán: había llegado a la cima. Solo podía ascender a los cielos o despeñarse. Optó por lo primero y consiguió lo segundo. Enfrentado al PP más antiautonomista, decidió que la gran manifestación del 11 de septiembre de 2012 le daba alas para convertirse en el fundador de la República Catalana. Él, que había sugerido que la independencia era un anacronismo, la abrazó y adelantó las elecciones convencido de que iniciaba el paseo hacia la gloria. Los dioses ciegan a quienes quieren perder. Cegado, Mas consiguió pasar de los 62 diputados de 2010 a solo 50. Para seguir en el gobierno aceptó el abrazo de Esquerra. Fue el abrazo del oso.

Puigdemont tiene criterio y ha conseguido que el congreso de la regeneración se haga contra el propio Mas

Lanzado a la carrera, Mas ideó un remedo de referéndum. Solo votaron los convencidos, pero la Fiscalía (con un togado al frente, designado por la mayoría absoluta del PP) aprovechó para mostrar que Mariano Rajoy es hombre enérgico y con opinión sobre algo más que el fútbol. Le abrió un proceso que se arrastra sin horizonte por los tribunales. Mas vio de nuevo el cielo abierto: lo convertían en mártir. Envidó el resto y convocó nuevas elecciones. Serían plebiscitarias y mostrarían al mundo que tenía el apoyo de Cataluña. Nuevo despeñe. La coalición Junts pel Sí obtuvo los mismos diputados que CiU había cosechado en 2010 y ni sumando los votantes de la CUP superó el independentismo el 50% de los votos emitidos. No importó: Mas anunció al mundo que los 72 diputados en el Parlament formaban una mayoría hacia la independencia. Nuevo error: esa mayoría no sirvió ni para investirle presidente. Tuvo que ceder el puesto a Carles Puigdemont.

En el discurso en el que anunciaba “un paso al lado” explicó que él, y solo él, había forzado un pacto que sometía a la CUP; él, y solo él, había decidido que su sucesor fuera Puigdemont; él, y solo él, haría renacer a Convergència. Ya no tiene ni al partido. En la formación del nuevo ha perdido todas las votaciones: desde el nombre hasta la estructura dirigente, más afín a Puigdemont que a él. Empieza a sentir la soledad: la CUP puede estar dividida, pero no sometida, y Puigdemont tiene criterio propio y ha conseguido que el congreso de la regeneración se haga contra el propio Mas.

Artur Mas, amante de imágenes marineras, está siendo abandonado por quienes le acompañaban, conscientes ya de que en la Odisea el único que llegó a Ítaca fue Ulises. Todos sus acompañantes sucumbieron por el camino. Y algunos piensan que Mas no viaja a Ítaca sino a Avalon, isla a la que se retiró el rey Arturo junto al hada Morgana. Un cuento medieval en el que no hay hadas.