14/10/2019
Internacional

Bolivia y la pirámide truncada de Evo Morales

El presidente ha fracasado en el intento de unir su legado a un proyecto energético faraónico que le ha llevado a su nivel mínimo de popularidad

Bolivia y la pirámide truncada de Evo Morales
Una mujer aimara vota durante el referéndum para la reforma consitucional de Bolivia celebrado el pasado 21 de febrero. MARTIN ALIPAZ / EFE

Durante la década que lleva en el poder, Evo Morales ha convertido a Bolivia en un país de renta media (concretamente de ingresos medianos bajos, según la terminología del Banco Mundial), con un crecimiento del 5% anual; ha multiplicado por cuatro el salario mínimo; ha ampliado drásticamente la cobertura de servicios básicos como electricidad, agua potable y saneamiento; y ha conseguido que la UNESCO declare a Bolivia libre de analfabetismo. Sin embargo, en su mandato también ha descuidado las políticas de sanidad y género (la tasa de mortalidad materna y la violencia machista están entre las más altas de América Latina), ha legalizado el trabajo infantil, no ha sabido poner coto a la corrupción en su partido, ha sufrido escarnio público por desmanes en su vida privada (en las últimas semanas ha sido atacado con la historia de un hijo ilegítimo) y ha perdido el apoyo de los grupos indígenas y movimientos ambientalistas. Esta falta de sintonía con las que fueron sus bases revela una de las paradojas del gobierno de Morales: mientras que en el escenario internacional Bolivia es el gran adalid en la defensa de los derechos de la Madre Tierra y de los pueblos indígenas originarios, sus políticas nacionales pasan por la construcción de grandes infraestructuras en espacios protegidos, permitir la degradación de parques naturales en favor de eventos deportivos o impulsar la energía nuclear por delante de las renovables.

Catapulta hacia una nueva era

En la tradición aimara, de la que viene Morales, cualquier acción que pueda molestar a la Pachamama (la Madre Tierra) acarrea consecuencias. Es por este motivo que los pueblos indígenas del altiplano realizan sacrificios simbólicos para ahuyentar el mal tiempo cuando labran sus campos y también cuando van a levantar un edificio o iniciar una nueva actividad que amenace con ofender a la diosa. A pesar de todo, Evo Morales no cree que un reactor nuclear vaya a incomodar a la Pachamama, ya que durante meses ha defendido la limpieza de la energía nuclear y su capacidad para catapultar a Bolivia hacia una nueva era. El viaje hasta esa dimensión cuesta 2.000 millones de dólares y se emprendería con apoyo técnico ruso. Aunque ahora el proyecto haya quedado en el aire, el mensaje político sigue vigente: “Bolivia va a ser el centro energético de Sudamérica”, decía el presidente. ¿Podrá ser esto cierto?

Durante la década que lleva en el poder, el líder aimara ha convertido a Bolivia en un país de renta media

Bolivia es uno de los países más pobres del continente. De acuerdo con las estadísticas nacionales, un 40% de la población vive bajo el umbral de la pobreza y una de cada cinco personas no cuenta con suministro eléctrico. Sin embargo, el potencial energético del país andino es enorme. A las exportaciones de gas, que han contribuido a reducir significativamente las diferencias sociales en los últimos 10 años, hay que sumar las posibilidades que existen para explotar la energía eólica, la solar y la hidroeléctrica.

En el altiplano, a 4.000 metros de altura sobre el nivel del mar, el sol irradia con tanta fuerza que los paneles solares convencionales se ven sobrepasados. Al igual que ocurre con la hidroeléctrica, esta fuente de energía está claramente infrautilizada: el potencial estimado de la energía solar en Bolivia es de 40 gigavatios, pero apenas produce un 2% de lo que consume el país. El Gobierno tiene previstas varias plantas hidroeléctricas para aumentar el suministro a la red en más de 1.000 megavatios. La energía eólica sigue prácticamente sin explotar. Y a estas tres fuentes habría que añadir la nuclear.

La estrategia del MAS (Movimiento Al Socialismo, el partido que encabeza Morales) pasa por convertir el país en el enchufe al que se conecten Brasil, Perú, Chile, Paraguay y Argentina, casi todos ellos con más población y capacidad económica que Bolivia, y traducir este intercambio en capital político. Con los ingresos obtenidos en el mercado energético, el país andino buscaría seguir mejorando las condiciones de vida de su población, ampliar su mercado interno y luchar frente a Chile en las cortes internacionales por recuperar la salida al mar. En realidad, es una evolución de lo que el Gobierno ha estado ejecutando en los últimos 10 años, en los que con las ventas del gas nacionalizado a Brasil y Argentina ha podido profundizar en las reformas sociales. La estrategia de diversificación que propone Morales parece acertada para luchar contra la caída de los precios del gas, que amenaza con afectar fuertemente a la economía nacional cuando toque renegociar los contratos de exportación.

El fin de la bonanza

La Fundación Aru, un instituto de investigación con sede en la ciudad de La Paz, advierte que el crecimiento económico, que se ha mantenido entre el 5% y el 7% en los últimos años, caerá significativamente en los próximos ejercicios. “Los años de bonanza se están acabando,” dice Paul Villarroel, investigador líder de la fundación. “Necesitábamos haber diversificado nuestra economía con los beneficios obtenidos.”

Villarroel no está solo. Son varios los expertos en Bolivia que apuntan en la misma dirección. Javier Aliaga, director del Instituto de Estudios Socioeconómicos de la Universidad Católica de La Paz, señala que la promesa de Morales es una hipérbole: “Las fotos en los periódicos en las que el presidente sale posando delante de turbinas eólicas no reflejan la realidad. Invertimos muy poco en renovables.” Entre las energías limpias, la hidroeléctrica es la que más aporta al Estado, con un 30% del suministro a la red. “Su aporte podría estar ya en el 60% —apunta Aliaga—, pero en lugar de eso, alentamos la producción de gas, porque es lo que tenemos más a mano. Es la solución más fácil. ” Existe un riesgo evidente a medida que merman las reservas de gas: si se terminan, la caída del país será dramática.

La venganza de la Pachamama

Otro de los recursos naturales en los que confía el equipo de Morales para apuntalar la economía boliviana es el litio, un elemento químico indispensable para fabricar, entre otras cosas, baterías de teléfonos móviles, ordenadores y coches eléctricos. Se calcula que las reservas del país rondan las nueve millones de toneladas y la mayoría se encuentra en el salar de Uyuni, una de las mayores reservas naturales de América.

Ningún otro lugar en el mundo cuenta con tal cantidad de litio. Para comenzar a explotarlo, Bolivia debería olvidarse una vez más de los derechos de la Madre Tierra. El año pasado Morales cerró acuerdos con transnacionales mineras por valor de 600 millones de dólares, un paso que Javier Aliaga mira con escepticismo. “Es cierto que poseemos las mayores reservas del mundo, pero en Chile también existe un gran cantidad de litio. Aquí los depósitos están bajo un lago de sal, mientras que allí la extracción es más sencilla. Además, Chile tiene salida directa al mar, así que la exportación resultará más barata.”

Adalid internacional  de los derechos de la Tierra, impulsa en su país la energía nuclear antes que las renovables

Los críticos, como Javier Aliaga, consideran que el proyecto del litio es, como el de la planta nuclear, mera propaganda política. Un solo reactor, opinan, no haría al país competitivo en el mercado internacional y tampoco apuntalaría el consumo interno, donde la demanda industrial es muy baja comparada con países donde el sector secundario es mucho más importante, como China, Alemania o Japón. Por último, está el rechazo de los activistas ambientales y de los pueblos indígenas a la explotación de la Madre Tierra, porque por muy serio que fuera el proyecto de Evo Morales, la Pachamama clamaría venganza.