18/11/2019
Internacional

El supermartes de la ira

El republicano Trump y el demócrata Sanders apelan al voto emocional frente al racional. “Yo también estoy enfadado”, repiten

Dori Toribio - 26/02/2016 - Número 23
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El supermartes de la ira
Los demócratas Bernie Sanders y Hillary Clinton en un debate en la Universidad de Wisconsin. WIN MCNAMEE / GETTY
Este supermartes no es como los demás. La gran cita electoral de las primarias estadounidenses, en la que este año votan 12 estados el 1 de marzo, está envuelta en incertidumbre. La carrera se augura larga, ajustada y plagada de sorpresas, especialmente entre los republicanos. Cuanto más reñidas están las cosas, más negativa y sangrienta se torna. 

Si en 2008 se hablaba de esperanza (hope) y cambio (change), en 2016 solo se habla de ira (anger). De la ira real, la que sienten muchos ciudadanos con la clase política, y de la ira electoral, la que abrazan los candidatos que han sacudido estas primarias desde los extremos ideológicos: Donald Trump, Ted Cruz y Bernie Sanders. La lógica electoral hace meses que saltó por la ventana. Nadie se atreve ya a hacer pronósticos.

El podio de la batalla republicana ha quedado reducido a una lucha de tres: el favorito, Trump; el ultraconservador senador de Texas, Cruz; y el senador de Florida, Marco Rubio, el más tolerado por el establishment, con una narrativa de inmigración y sueño americano muy similar a la de Barack Obama en 2008.

Trump llega al 1 de marzo con tres victorias consecutivas y rotundas: New Hampshire, Carolina del Sur y Nevada, donde ha roto su techo electoral con más del 40% del voto y ha sido el preferido de los hispanos, pese a sus consignas antiinmigrantes. A estas alturas podría ser imparable. En los iniciales caucus de Iowa quedó el segundo. Este es el mismo recorrido que siguieron hacia la nominación republicana Ronald Reagan, George H. W. Bush y John McCain. Pero él lo ha hecho contra todo pronóstico.

Rubio se pelea por el segundo puesto de la carrera con Cruz, a quien el partido republicano detesta

Fue en Carolina del Sur donde la campaña de Trump se consolidó a lo grande. Por primera vez muchos entendieron que esto no es una broma, y que Trump es el favorito para ganar la nominación presidencial republicana. Consiguió arrasar en un estado sureño de maneras elegantes, con un alto porcentaje de voto afroamericano y peso evangelista. Y lo hizo pese a culpar a George W. Bush del 11-S, amenazar con demandar a Cruz, defender el aborto y pelearse con el papa. “Carolina del Sur es donde ha muerto el civismo político”, sentenció la analista de CNN, Donna Brazile. Ya no hay límites. Jeb Bush anunció esa misma noche su retirada, admitiendo que no son buenos tiempos para políticas de moderación. El abrupto fin de su dinastía política demuestra que el dinero ya no lo es todo y que el partido está en una profunda crisis.

El gran beneficiado de su marcha es Rubio. Muchos creen que podría ser el candidato de consenso, lejos de los extremos. Se pelea por el segundo puesto de la carrera con Cruz, a quien el partido republicano detesta, y se postula como la alternativa realmente conservadora a Trump. Ambos, Rubio y Cruz, comparten ambición y origen cubano. Y aseguran que llegarán hasta el final de las primarias. Cruz tiene dinero, red de base y mejores perspectivas a corto plazo.

El 1 de marzo, 12 estados (Alabama, Alaska, Arkansas, Colorado, Georgia, Massachusetts, Minnesota, Oklahoma, Tennessee, Texas, Vermont y Virginia) y un territorio de ultramar (Samoa Americana) acuden a las urnas con 565 delegados en juego, algo menos de la mitad del total necesario (1.237) para hacerse con la nominación presidencial republicana. Es el día en que más delegados se puede ganar del ciclo electoral. Trump tiene ventaja, según los sondeos, en siete de esos enclaves. Pero Cruz conserva el liderazgo en los SEC, los seis grandes estados de la conferencia sureste (con más peso electoral), incluida la joya del supermartes: Texas, con 152 delegados. 

Gane quien gane este 1 de marzo, la carrera continúa porque nadie tiene todavía suficientes delegados, que se reparten de manera proporcional al número de votos obtenidos por estado. A partir del 15 de marzo, estas primarias entran en la fase del todo o nada y se acelerará el recuento. El partido republicano está en un cruce de caminos, y para evitar quebrarse en una guerra civil ideológica debe encontrar un candidato que unifique el voto y detenga el ascenso de Trump. La pregunta es quién.

“Si no es político, mejor”

El multimillonario despierta fascinación. Su popularidad, dominio mediático y discurso del miedo funcionan. El grueso inicial de su base votante es gente sin título universitario. Y ha sabido ganarse después a independientes y minorías raciales y religiosas. Trump paga la campaña de su bolsillo gastando infinitamente menos que sus rivales, lo que para muchos es signo de independencia. Su éxito empresarial convence a los que creen que puede aplicar su capacidad de gestión al país. Les promete “hacer América grande otra vez.” Y es el único outsider de verdad. En estos tiempos de hartazgo con la clase política, ese argumento vale oro. “Quiero un presidente fuerte y firme. Y si no es político, mejor”, confesaba Anne, una jubilada, en un mitin de Trump en Virginia, entre los vítores de entusiasmo habituales en sus eventos electorales.

Es la misma intensidad que se respira en los actos de su rival demócrata, el senador de Vermont Bernie Sanders, que también empezó siendo el candidato improbable y ha acabado revolucionando las primarias. Es curioso cuánto tienen en común los dos nombres que han puesto en jaque a las dinastías políticas consolidadas, decantando la balanza del voto emocional frente al racional y generando oleadas de entusiasmo.

Trump y Sanders nacieron en Nueva York en los años 40, hijos y nietos de inmigrantes europeos. Carecen del apoyo de las cúpulas de sus partidos y desprecian las grandes estructuras de recaudación electoral. “Ambos atacan una clase política que dicen está tomada por intereses especiales”, explica Juan Carlos Hidalgo, analista del Instituto Cato. Llevan la bandera del malestar popular y prometen luchar contra el declive del estadounidense medio. Mientras sus rivales repiten “entiendo que estéis enfadados…”, Trump y Sanders optan por conjugar la primera persona del singular: “Yo también estoy enfadado.”

Así han obligado a los dos grandes partidos a enfrentarse a sus grietas ideológicas y aseguran ser los únicos que de verdad dicen lo que piensan, aunque lanzan promesas de brocha gorda que sería muy difícil poner en práctica. Especialmente las económicas. “Sanders apela a un discurso de lucha de clases y redistribución de la riqueza, vía promesas de servicios gratuitos para generar simpatías”, apunta Hidalgo. “Trump también es populista. Su mensaje consiste en azuzar a las masas identificando enemigos externos que, según él, son corresponsables del declive de Estados Unidos: japoneses, chinos, mexicanos… Todo esto unido a una clase política que no sabe o no quiere defender los intereses del pueblo.” Pero obviamente es más lo que separa que lo que une a Trump y a Sanders.

El magnate republicano construye un mensaje con proteccionismo nacionalista, racismo, sexismo y odio, sin experiencia política ni base ideológica definida. Ha sido demócrata, independiente y ahora republicano. No importa. El 48% de republicanos dice que quiere una cara nueva de fuera de la política, mientras que el 70% de los demócratas prefiere a un candidato con experiencia. Sanders tiene una sólida trayectoria de varias décadas en política. Y una carta potente: la humildad y la autenticidad.

Ante la pregunta “¿cuál es el candidato más honesto?”, un 84% de los votantes de los caucus de Nevada optó por el senador de Vermont, frente al 11% de Hillary Clinton. Ese es el gran punto débil de la exsecretaria de Estado. Muchos aún no confían en ella, ni en la superioridad de los eternos Clinton.

El 1 de marzo, 12 estados acuden a las urnas con casi la mitad de los delegados para la nominación en juego

 Hay demócratas que se resisten a su vuelta a la Casa Blanca. La cabeza les dice que es la mejor opción, la más sólida, preparada y realista. Pero el corazón les arrastra a Sanders, el senador de 74 años, gruñón, despeinado, que se autodefine como socialista y promete extender la revolución política. Empezó esta carrera más de 20 puntos por debajo de Hillary Clinton. Y acabó arañando un empate técnico en la primera cita de los caucus de Iowa y una victoria poderosa en New Hampshire, con el voto de jóvenes y mujeres.

A partir de ahí, las victorias quedaron en manos de la ex primera dama. Y así dicen las encuestas que ocurrirá el supermartes, en el que para los demócratas hay 1.004 delegados en juego, de los 2.383 que hace falta para ganar la nominación.

Sanders tiene ventaja en las primarias de su estado, Vermont. También en Massachussets, Colorado y Minnesota. Pero Hillary tiene en el bolsillo la mayoría de estados sureños, de mayor peso electoral, con un amplio respaldo del voto afroamericano, que ha sabido ganarse en las últimas semanas forzando su acercamiento al legado de Obama.

Para muchos el camino hacia la nominación presidencial de Hillary ya está consolidado. Pero eso no resta mérito a Sanders, que ya ha llegado muy lejos y ha abierto posibilidades infinitas en el futuro demócrata. “Algún día podría ganar otro Sanders, posiblemente más joven y menos blanco”, apunta el economista Thomas Piketty en Le Monde.

Sanders ya tiene lo que quería cuando lanzó su campaña: avivar unas primarias que parecían una coronación inevitable, introducir la desigualdad social en la agenda electoral, escorar el discurso de Hillary hacia la izquierda y despertar la energía política de los jóvenes. Ese entusiasmo no se traduce en participación récord como está ocurriendo en las primarias republicanas, pero no conviene subestimar el ardor por Bernie, plasmado en su eslogan “Feel the Bern”. Un político que no es como los demás, ni tiene miedo a enfrentarse a los gigantes.